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003

last update publish date: 2026-03-02 06:38:32

〚KATERINE〛

Él está frente a mí, su mano extendida con esa seguridad que parece imposible de ignorar. Su presencia es magnética, tan intensa que por un instante olvido la música, el humo, las luces y hasta a mis propias amigas. Mis ojos no se despegan de los suyos, y siento cómo algo dentro de mí se tensa y se estremece al mismo tiempo.

—¿Bailas? —me dice con esa voz grave, controlada, pero cargada de algo… provocador, como si supiera exactamente lo que me produce.

Dudo por un instante. Mis escoltas están cerca, vigilando cada movimiento, cada palabra. Pero algo en la forma en que él me mira, en cómo su mano me espera, me hace inclinarme hacia adelante y aceptar. Tomo su mano y él me guía suavemente hacia la pista de baile. La música late a nuestro alrededor, y de repente siento que todo el club desaparece. Solo somos él y yo, y cada paso que damos juntos es un diálogo silencioso.

Su cuerpo se mueve con firmeza y seguridad, y yo me dejo llevar, sintiendo cómo su cercanía provoca un cosquilleo eléctrico en cada fibra de mi cuerpo. Mis pensamientos comienzan a dispersarse, y por un segundo, solo quiero que este instante no termine nunca.

Pero entonces percibo algo. No es la música, no es el calor de sus manos sobre mi cintura, ni el sabor dulce de su perfume. Son los hombres a nuestro alrededor. Hombres moviéndose de manera que me resulta familiar, demasiado atentos, demasiado… rígidos. Mis escoltas.

Él siente mi tensión. Puedo verlo en su ceño apenas fruncido, en la manera en que aprieta ligeramente mi mano, como si me anclara a él mientras evalúa la situación. Y entonces me susurra, justo cerca de mi oído:

—Veo que hay varios hombres pendientes de ti… —su voz es baja, pero cargada de intención—. Eso solo significa una cosa. O eres muy importante… o muy peligrosa.

Mi respiración se detiene por un instante. Lo miro, sorprendida y un poco nerviosa. ¿Cómo…? Mi corazón late con fuerza, mezclando miedo y adrenalina.

—Créeme —respondo, intentando soltar una risa ligera—. No soy para nada peligrosa.

Su sonrisa se curva en algo oscuro y seguro.

—Entonces eres alguien importante.

Me quedo mirándolo, congelada. Mi mente da vueltas: ¿qué le digo? ¿Qué se supone que debo hacer ahora? Pero antes de que pueda responder, él agrega, con una calma peligrosa:

»Tranquila, esta noche no estás obligada a decirme quién eres. Esta noche somos simplemente dos personas que quieren divertirse.

Mi cuerpo responde antes de mi mente, y siento un cosquilleo, un fuego que me recorre la columna vertebral.

—No sé por qué presiento que tú sí eres peligroso —le digo, casi sin pensar, mientras nuestras caderas se mueven al ritmo de la música, y siento la firmeza de sus manos, la seguridad de sus pasos.

Él inclina la cabeza hacia mí, con una sonrisa ladeada que no revela demasiado, pero que es suficiente para que mi corazón acelere.

—Porque lo soy —dice.

Es un comentario tan simple, tan directo, y sin embargo, despierta algo dentro de mí. Miedo, curiosidad… algo que mezcla deseo con la adrenalina de lo prohibido. Me pregunto qué tan peligroso puede ser, y un escalofrío recorre mi espalda solo de pensarlo.

—Por Dios —susurra, y el temblor de su voz es casi tangible—. Quiero irme contigo a otro lugar, a solas. Quiero tenerte solo para mí.

Me detengo un instante:

—No te conozco… —le digo, con la voz apenas un susurro entre la música—. ¿Cómo podría confiar en ti? ¿Cómo podría confiar en un hombre que me dice que es peligroso?

Él me observa, y en su mirada hay una mezcla de desafío y respeto, como si entendiera completamente mis dudas.

—Yo tampoco sé quién eres tú —responde—. Solo sé que eres alguien que… —hace una pausa, como buscando las palabras correctas—… alguien que está bien cuidada.

Un escalofrío recorre mi espalda, pero esta vez no es miedo: es la sensación de que, incluso en medio del caos y del riesgo, el control está parcialmente de mi lado.

»Si algo te llegara a pasar —continúa, acercándose apenas un poco más, como midiendo mis reacciones—, si yo te llegara a hacer algo, ¿quien crees que tiene todas las de perder? Y aun así… estoy dispuesto a arriesgarme para sacarte de aquí.

Su audacia me deja sin palabras, y a la vez me provoca. Mi mente, siempre cauta, se pregunta: ¿Es esto lo correcto? Sé que no, pero deseo hacerlo.

—Ajá… ¿y qué haríamos después? —le pregunto, con un dejo de sonrisa traviesa, intentando mantener el control de la conversación—. ¿A dónde me llevarías?

Él inclina la cabeza hacia un lado, sus labios apenas curvados en una sonrisa llena de misterio:

—Si tú quieres, te puedo llevar a las estrellas… donde tú quieras. Tú solo pídeme lo que quieras, y yo te lo daré.

No puedo evitar soltar una pequeña risa, divertida y sorprendida por su descaro:

—Vaya… eres todo un hombre complaciente.

—Por una mujer tan hermosa como tú, cualquiera —responde, y su mirada se adentra en la mía, intensa, calculadora.

Pero en medio de todo el juego y la atracción, mi sentido común me recuerda que estoy frente a un hombre desconocido y peligroso. Mi corazón late rápido, pero mi mente no deja de cuestionar: ¿hasta qué punto puedo dejarme llevar?

Él nota mi duda inmediatamente. La intensidad de su mirada se suaviza, como si quisiera calmar mis temores sin perder el juego de seducción:

—Tranquila —susurra, su voz bajando aún más, cálida y protectora—. No voy a hacerte daño. De hecho, no voy a hacer nada que tú no quieras que haga. Y… la mayoría de las cosas que vamos a hacer, te van a gustar.

Mi corazón se detiene por un instante. La frontalidad de sus palabras me asombra, pero al mismo tiempo me atrae de una manera que no había experimentado antes. Es descarado, directo… y eso me provoca algo inesperado: morbo, curiosidad, deseo.

Miro a mi alrededor, buscando algún escape visual.

Mis escoltas, como siempre, están alertas, sus ojos calculando cada movimiento de los presentes. ¿Como puedo escapar de allí, sin que ellos lo noten?

—Tranquila —susurra, como si pudiera leerme la mente—. Yo me encargaré de ellos. Tú solo haz lo que yo te diga.

Es imposible no estremecerse. Mi mente, aunque alerta, comienza a rendirse ante la intensidad de su mirada, ante la seguridad que proyecta y la promesa de libertad contenida en sus palabras.

Nuestros cuerpos se mueven al ritmo de la música, pero cada paso está cargado de tensión, de electricidad. Puedo sentir el calor de su respiración, la fuerza de sus manos en mi cintura, la forma en que su torso se acerca al mío. Cada segundo es un juego peligroso entre control y rendición.

Él inclina la cabeza hacia mí, y su aliento cálido roza mi oído.

—No tenemos mucho tiempo —susurra—. Debemos hacer esto bien.

Lo miro, mis ojos fijos en los suyos, tratando de procesar la seriedad en su expresión. Por un instante, siento que todo mi mundo se reduce a este hombre frente a mí. ¿De verdad lo dice en serio? ¿Realmente planea sacarme de aquí? Mi corazón late con fuerza, mezclando miedo y emoción.

—¿Qué… qué quieres decir con “hacerlo bien”? —pregunto, tratando de mantener la calma, aunque mis manos tiemblan levemente.

Él sonríe, una sonrisa cargada de seguridad que hace que mi respiración se acelere sin que pueda evitarlo.

—Di que necesitas ir al baño —me dice, con suavidad pero con esa autoridad que no admite discusión.

Lo miro, un poco incrédula y cauta.

—¿Y qué vas a hacer tú? —susurro, mi voz apenas audible, mezclando curiosidad y un toque de temor.

—Solo haz lo que te digo —responde, con esa calma que me desarma—. Nos vemos en quince minutos.

Y con eso, se separa de mí y se aleja entre la multitud.

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