ログイン—Remus, no volveré a repetírtelo: debes casarte con Maya.
Mostré mi descontento enseñando los colmillos y negué de inmediato con la cabeza.
No estaba dispuesto a contraer matrimonio con una mujer que no amaba y que, mucho menos, conocía.
—Por favor, hijo… —murmuró mi madre—. Es tu responsabilidad con la manada.
Aparté la mirada y caminé unos pasos por la estancia como un animal enjaulado. Mis manos se cerraron en puños mientras trataba de contener el impulso de transformarme.
—No lo haré —dije finalmente.
El silencio que siguió fue incómodo.
Mi padre, el Alfa de la manada, permanecía sentado en el gran sillón de madera tallada que dominaba la sala. No había levantado la voz ni una sola vez, pero su presencia bastaba para llenar el espacio.
—No te lo estoy pidiendo —susurró con voz baja, pero firme—. No es un favor.
Volví la cabeza hacia él.
Los ojos de mi padre eran duros como la piedra y demostraban un control absoluto de la situación.
Después de todo, era el Alfa de la manada gris del norte.
—Es una orden, Remus.
El aire pareció tensarse entre nosotros.
—Ese matrimonio sellará la alianza con la manada del este —continuó—. Es un acuerdo que lleva años gestándose. No lo arruinarás por un capricho juvenil.
Mi mandíbula se tensó.
Mi problema estaba muy lejos de ser un capricho.
Si mi padre supiera.
Si supiera que cada noche que desaparecía no era por rebeldía… sino por ella.
Por Nalire.
—No puedo —dije con la voz más baja.
Mi madre me miró con angustia.
—Remus…
Pero mi padre ya se había puesto de pie, con la mirada clavada en mí.
—Lo harás —dijo, dando un paso hacia mí—. Porque no eres solo mi hijo.
Dio otro paso.
—Eres el heredero de esta manada y debes cumplir con tu responsabilidad.
Sostuve su mirada sin retroceder, aunque en mi pecho el nombre de Nalire ardía como una herida abierta.
—Pero… —intenté defenderme.
Entonces mi padre alzó una ceja con astucia.
—¿O me vas a decir que ya has establecido un mate bond?
Un lazo de pareja.
Las palabras de mi padre cayeron como una piedra en el centro de la sala.
Sentí que el aire pesaba en mis pulmones.
Durante un segundo demasiado largo, no respondí.
No pude.
Porque la imagen de Nalire apareció en mi mente con una claridad dolorosa: su piel bajo la luna, su aroma, la forma en que sus dedos se aferran a mí como si el mundo desapareciera cuando estamos juntos.
Pero no hay marca aún.
No hay vínculo oficial.
Solo deseo y peligro.
—No —respondí finalmente.
La mentira supo amarga en mi lengua.
El Alfa me observó con detenimiento, como si intentara arrancarme la verdad de los huesos.
—Entonces no hay nada que te impida cumplir con tu deber.
Apreté los puños.
Mi madre dio un paso hacia mí.
—Hijo… Maya será una buena Luna y la manada del este es fuerte. Este matrimonio traerá estabilidad y paz.
Paz.
Casi quise reír.
Porque lo único que sentía en el pecho era una guerra.
—No la amo —dije con la voz baja pero firme.
Mi padre soltó un suspiro pesado.
—El amor no es necesario para gobernar una manada —dio media vuelta y caminó hacia la ventana.
La luna llena iluminó su silueta y supe lo que venía incluso antes de escucharlo.
—Tienes tres lunas —continuó— para aceptar tu destino —se giró lentamente—. O aceptarás las consecuencias.
El silencio volvió a caer sobre la sala.
Sentí el peso de cada palabra hundirse en mi pecho.
Porque mientras mi padre hablaba de alianzas yo solo podía pensar en cómo volver a verla.
A Nalire.
Mi padre se dirigió hacia la puerta.
—Maya llegará mañana al amanecer —dijo sin mirar atrás—. Pasará un tiempo con la manada antes de la ceremonia.
Levanté la cabeza de golpe.
—¿Aquí?
—Aquí —respondió—. Es lo apropiado para la futura Luna de la manada.
La palabra se clavó en mi pecho.
Luna.
Mi madre juntó las manos con nerviosismo.
—Es una buena oportunidad para que se conozcan —añadió con suavidad—. Maya es una joven muy educada.
Apreté la mandíbula.
No quería conocerla.
No quería escuchar su voz, ni sentir el aroma de su piel, ni verla ocupar un lugar que ya pertenece a otra en mi corazón.
—No cambiará nada —murmuré.
Mi padre se detuvo en el umbral.
—Eso está por verse.
La puerta se cerró con un golpe seco.
El silencio quedó suspendido en la sala.
Pasé una mano por mi rostro, tratando de ordenar el caos que rugía dentro de mí.
Tres lunas.
Y ahora… Maya.
Como si el destino estuviera decidido a cerrarme cada salida posible.
Mi madre me observó con tristeza.
—Ella tampoco pidió esto, Remus.
Estaba entre la espada y la pared, entre el amor o el deber.
Tenía que tomar una decisión, y pensar en qué sería lo mejor para Nalire.
La amaba, eso era cierto, pero huir significaba un acto de traición, por lo cual podríamos pagar con nuestras vidas. Yo, como heredero del Alfa, y ella, como miembro de la familia real de la manada blanca, seríamos condenados a muerte.
¿Lo mejor sería huir o aceptar nuestros destinos?
(...)
En mi forma de lobo podía correr a grandes velocidades, trepar con facilidad y escabullirme sin levantar sospechas.
Aquella noche, con la luna apenas visible entre las nubes, me camuflé lo mejor posible para reunirme con Nalire, como cada noche.
Cuando llegué a nuestro punto de encuentro, mi corazón latía con fuerza ante la incertidumbre de lo que nos esperaba. Tenía que tomar una decisión, aunque en lo más profundo de mí ya la había tomado.
Recordé entonces el día en que la conocí.
Ella era solo una cachorra curiosa que se perdió en el bosque y terminó llegando hasta este mismo lugar: la frontera entre la manada del norte y la del sur. Yo también era un cachorro juguetón y no dudé en invitarla a correr conmigo, con una inocencia que, con los años, se transformó en algo más.
En deseo.
En pasión.
En amor.
Nalire era mi otra mitad. La que ocupaba cada uno de mis pensamientos. Si no existieran las rivalidades entre nuestras manadas, podría marcarla y convertirla en mi Luna.
La Luna de la manada gris del norte…
Pero aquello no era más que una ilusión, porque el norte y el sur jamás podrían unirse. Mucho menos por un romance juvenil.
La rabia nubló mis pensamientos ante la injusticia de nuestros destinos y, en un momento de debilidad, regresé a mi forma humana. En un instante permití que mi lobo se retirara y dejara paso al hombre, más racional… o al menos eso intentaba creer.
Entonces supe lo que tenía que hacer.
—Perdón por la tardanza.
Me giré hacia aquella voz suave.
Y cuando sus ojos encontraron los míos, mi cuerpo reaccionó al instante.
—Nalire —susurré—. Tenemos que hablar.
El amanecer encontró a la manada envuelta en una tranquilidad que hacía semanas no conocíamos.La guerra había quedado atrás y parecía que hubiera sucedido hace décadas.Los guerreros reparaban los daños causados por el ataque, las curanderas atendían a los últimos heridos y, por primera vez desde que llegué a este lugar, las risas de los niños volvían a escucharse entre las cabañas.Se podía respirar la paz. Me detuve frente a la entrada de la cabaña que me habían facilitado. Todavía me costaba llamar hogar a aquel sitio, porque lo sentía como una estancia pasajera. De cierto modo, sabía que luego de que la guerra terminara, yo tendría que volver a buscar mi lugar en el mundo. Y ese lugar tal vez me estuviera esperando en el norte, junto a los lobos grises. Durante toda mi vida había pensado que pertenecía a Manhattan, a aquella ciudad ruidosa y siempre despierta. Sin embargo, bastaron unos meses para comprender que nunca había sido así.Mi lugar siempre había estado aquí, en un p
El silencio llegó de manera tan abrupta que resultó casi irreal.Después del estruendo de la batalla, del barro removido y de los aullidos que habían sacudido el pantano durante lo que parecieron horas, el bosque volvió a respirar con normalidad.Permanecí inmóvil al lado de mi Alfa. Aunque mi respiración seguía acelerada, el miedo comenzaba a desvanecerse. Gamaliel permanecía en su forma de lobo. Su enorme pecho subía y bajaba con lentitud mientras recorría el bosque con la mirada, evaluando los daños. La rabia había desaparecido de sus ojos. Ahora solo quedaba una calma, como el arcoíris después de la tormenta. Los últimos miembros de la manada del sur se internaron entre los árboles, cargando a sus heridos. Ninguno volvió la vista atrás.Habían perdido frente al nuevo Alfa, y lo peor, es que el bosque no olvidaba. Pronto se correría la voz y todos sabrían que el heredero había nacido. Remus se acercó a nosotros en completo silencio, con cautela. Se detuvo frente a Gamaliel y, tr
—¡Gamaliel!Mi grito se perdió entre los rugidos que estremecían el pantano.Intenté nuevamente abrirme paso entre los lobos del sur, pero uno se interpuso en mi camino. Me lancé contra él con todas mis fuerzas y lo obligué a retroceder varios metros. Apenas cayó al suelo, otro ocupó su lugar con el único fin de debilitarme. No buscaban matarme, solo mantenerme lejos del nuevo Alfa, y eso me aterraba mucho más que cualquier daño físico que me pudieran propinar. Necesitaba estar con Gamaliel, había algo dentro de mi pecho que tiraba en su dirección. Volví la vista hacia él y pude ver que cinco lobos lo rodeaban, intentando contenerlo. Sin embargo, cada vez que uno lograba acercarse, él respondía con una fuerza salvaje que ninguno parecía capaz de resistir.Era evidente que su cuerpo luchaba por puro instinto, pero su lobo ya sabía exactamente qué hacer.Un nuevo rugido profundo nació en su pecho. Era una orden directa que se extendió por el pantano como una onda invisible.Los guerr
Todo ocurrió demasiado rápido.Los primeros cuerpos chocaron con una violencia brutal. El pantano, que minutos antes había sido el escenario de una ceremonia sagrada, se convirtió en un campo de batalla. El barro salpicó en todas direcciones mientras los aullidos llenaban el bosque.Vi a Remus lanzarse sobre el Alfa del sur sin dudarlo. Sus fauces buscaron el cuello de su rival, obligándolo a retroceder varios metros.Al mismo tiempo, el resto de la manada respondió con el ataque. Los guerreros del norte cerraron sus filas, formando una barrera entre los atacantes y nosotros.Nos estaban apoyando. Defendiendo a Gamaliel, el Alfa prometido por la pofecía. —¡No los dejen pasar! —rugió uno de los Betas.Por otra parte, la manada de la periferia fue liderada por Remus y Marcella, quien se mostraba firme y dispuesta a defendernos. El sonido de los colmillos chocando, de las garras rasgando la tierra y de los gruñidos de dolor terminó por mezclarse en un solo estruendo.Busqué a Gamalie
No sabía cómo ayudar a Gamaliel. La razón me decía que tenía que dejarlo vivir la transformación solo, sin intervenir. Por otra parte, mi instinto gritaba que me acerque a él, que lo ayude. Su figura humana se encontraba recostada sobre el suelo, temblaba con fuerza y estaba en posición fetal. Me acerqué con pasos lentos, pero seguros. Una vez que estuve a pocos centímetros de él me senté a su lado sobre mis patas traseras y acerqué mi hocico a su rostro. Pasé mi lengua por su fría piel y eso lo hizo reaccionar. Abrió los ojos y el reconocimiento inundó sus ojos. Parecía mirarme como siempre, como si yo fuera la misma chica que hace unas horas lo había llevado hasta el río para vivir nuestros últimos momentos de normalidad. Y la misma que hace unos meses lo había salvado de la muerte con esa loba del sur que lo había atacado en Manhattan. —No te resistas al lobo —hablé en el lenguaje de la mente. Gamaliel intentó responder con una sonrisa. Entonces ocurrió algo. Un grito agudo
Nunca había visto reunidos a tantos lobos.El bosque, normalmente silencioso, estaba ocupado por decenas de miembros de la manada del norte. Algunos permanecían en su forma humana, otros descansaban convertidos en lobos, atentos a cualquier movimiento. Nadie levantaba la voz. Las conversaciones eran apenas murmullos que el viento se llevaba antes de que pudiera distinguir alguna palabra.Gamaliel se encontraba a unos metros de mí.Vestía una camisa oscura y unos pantalones sencillos. Tenía los hombros tensos y la vista fija en el enorme círculo de piedra dispuesto en el centro del claro. Alrededor de él, los ancianos de la manada terminaban de preparar el ritual con ramas de sauco, cuencos de agua y ceniza.No parecía asustado, pero ya habíamos conversado de esto hace horas en el río. Sabía con certeza sobre sus miedo e inquietudes. Me acerqué despacio hasta quedar a su lado.—¿Listo? —pregunté en voz baja.Tardó unos segundos en responder.—Creo que ya es tarde para arrepentirme.No







