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El vacío

ผู้เขียน: Karerina
last update วันที่เผยแพร่: 2026-05-29 01:30:47

Luego de aquella sensación de deseo que se instaló por todo su cuerpo, una sensación terrible de vacío se apoderó de ella.

Permaneció inmóvil frente a la ventana, sujetando la cortina entre sus dedos mientras sus ojos recorrían el jardín tratando de encontrarlo. Sin embargo, él no estaba. Había desaparecido y con él, su estabilidad emocional.

Anastasia apartó lentamente la mirada, molesta, confundida. Durante todo ese tiempo jamás había sentido algo semejante.

Se alejó con rapidez de la ventana y giró la silla hacia la entrada de la habitación. Clavó la mirada en la puerta sintiendo el extraño deseo de salir por primera vez de su dormitorio. Quería bajar y correr a verlo. Sin embargo, algo la detuvo. No sólo fue el hecho de no poder hacerlo con sus propios pies sino la reacción que tendría aquel hombre al mirarla.

¿Qué podía sentir por ella sino, compasión y lástima?

Anastasia sólo era una hermosa chica postrada en una silla de ruedas. Esa era la verdad, la única verdad.

Se llenó de ira, de frustración y de impotencia. Todo era su culpa. Ella era la verdadera responsable de lo ocurrido aquella tarde en las caballerizas.

Se recostó contra el espaldar de la silla y cerró los ojos apenas un instante. Pero entonces, la imagen de él volvió a su mente. La manera en que se quitó la camisa. El brillo del sudor deslizándose por su abdomen. La facilidad con la que sus brazos levantaban peso.

Dios.

Sintió aquel calor emergiendo de sus entrañas otra vez. Un calor lento y extraño que nacía en su entrepiernas y subía hasta encenderle el rostro.

—Basta… —murmuró para sí misma.

La puerta se abrió suavemente.

Anastasia giró el rostro de inmediato, recuperando aquella expresión fría y distante que utilizaba con todos. Clara entró sosteniendo la bandeja con el vaso de agua y el frasco de pastillas.

—Le traje sus medicamentos. Doña Gisela me ha dicho que estaba algo agitada.

—No es cierto —replicó aunque sabía que sí lo estaba—. Siempre exagera todo. Lo sabes.

La empleada dejó la bandeja encima de la mesa de noche y tomó el lote de pastillas.

—Ten.

La pelirroja tomó las pastillas y bebió el vaso de agua por completo.

—¿Dónde está? —preguntó con voz firme.

—Si se refiere a su madre, acaba de salir con su padre.

Anastasia apenas asintió.

Intentó tomar el libro que descansaba junto a ella, fingiendo interés. Pero terminó hablando antes de poder evitarlo.

—¿Cómo se llama el nuevo jardinero?

Clara levantó la vista lentamente.

—¿El nuevo jardinero? —preguntó la mujer con demasiada calma.

Anastasia asintió, sabía que había cometido un error al dejarse llevar por un impulso.

—Sebastián.

—¿Cuántos años tiene? —preguntó intentando sonar indiferente.

—No lo sé exactamente. Veinticinco quizá.

—¿Mi padre lo contrató?

—Sí. Dicen que trabajó antes en otra hacienda importante. —explicó la sirvienta—. Es muy apuesto ¿no lo crees?

Anastasia no le respondió, en realidad no estaba escuchando. Estaba imaginando nuevamente aquellas manos cubiertas de tierra. Aquella espalda amplia bajo el sol. Aquella mirada oscura levantándose lentamente hacia su ventana.

—¿Quieres que abra más las cortinas? —preguntó Clara.

Y por primera vez en muchísimo tiempo, Anastasia estuvo a punto de decir que sí.

—No, no hace falta —contestó con aparente frialdad.

—Bien, entonces vendré luego a traer su almuerzo.

Apenas se quedó sola, una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Sebastián… —susurró como si al nombrarlo pudiera poseerlo.

Condujo hacia la ventana, y por tercera vez, se asomó. Pero todo seguía igual, el jardín prolijamente arreglado y él, ausente.

—¡Joder! —exclamó con enojo.

¿Por qué se sentía de aquel modo?

¿Qué tenía aquel extraño que lograba desatar en ella sensaciones tan intensas con sólo verla?

A sus dieciocho años de edad, Anastasia seguía siendo virgen. Algo poco inusual para una chica de su edad en esos tiempos.

Mas… no era por su propia voluntad que había logrado mantenerse siendo virgen, ni porque soñara llegar al matrimonio para entregarse a alguien. No.

Realmente había una razón muy poderosa, previa a su accidente. Ella, se había enamorado de André Braxton. Él, era su profesor de equitación, doce años mayor que ella y “felizmente” casado.

Aunque jamás se lo dijo abiertamente, Anastasia había aprendido a interpretar cada una de sus miradas y aquella peligrosa delicadeza con la que la ayudaba a bajar del caballo. Durante meses, vivió aferrada a la absurda esperanza de que algún día Andrés dejaría de verla como una niña y finalmente se entregaría a él.

Sin embargo, eso nunca sucedió. A pesar de sus esfuerzos, la hermosa y adinerada joven, no logró seducirlo.

—¿Qué demonios te pasa? —se increpó a sí misma con visible molestia.

Había prometido no volver a recordar su pasado. Aunque sabía que era algo difícil, por no decir absurdo hacerlo. Cada que miraba sus piernas inmóviles, revivía aquel momento.

Tomó el libro que reposaba encima de la consola y lo abrió al azar. Con lentitud hojeó, una a una las páginas, intentando distraerse y no pensar. Mas, no lo logró. Cerró entonces, abruptamente el libro y lo abandonó donde estaba.

Llena de frustración, se llevó ambas manos al rostro y frotó sus ojos como si con ello, pudiera borrar su realidad. El rostro de André apareció de forma inesperada e inevitable en su memoria reviviendo inexorablemente aquel momento…

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