La traición: El juego del millonario

La traición: El juego del millonario

last updateLast Updated : 2026-10-01
By:  Zuly CarpUpdated just now
Language: Spanish
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Richard Ruiz lo tenía todo: el control de la cadena hotelera más prestigiosa de Venezuela, poder, respeto y una esposa a la que creía fiel. Pero un sobre anónimo y una visita al hotel Coral Beach destruyeron su perfecta realidad. Su esposa no solo se acostaba con un joven gigoló, sino que planeaba su muerte para quedarse con su fortuna. Rachel Rojas era una humilde empleada que creía en el amor verdadero. Pasó tres años construyendo un futuro junto a Raymundo, su prometido, sin imaginar que él la usaba como pantalla mientras se convertía en el amante de la esposa de su jefe. Cuando Rachel descubre el plan para asesinar a Richard, decide salvarlo. Lo que comienza como una alianza desesperada para destruir a los infieles se transforma en un juego peligroso. Richard le ofrece un trato que ella no puede rechazar: fingir ser su nueva y apasionada amante para arrebatarles hasta el último centavo y arrastrarlos a la miseria. Entre lujos, mentiras y caricias que queman más de lo debido, la línea entre la venganza y el deseo real comenzará a borrarse. Ellos querían pagarles con la misma moneda... pero el precio del engaño podría costarles el corazón.

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Chapter 1

1- Amargo sabor de la traición

POV de Richard Ruiz.

Planeaba una segunda luna de miel con mi esposa, ella quería ir a Hawaii.

Mientras hablaba por teléfono, alguien tocó la puerta de mi oficina.

Era la chica del café, apenas y la miré, me asomé al ventanal mientras hablaba con el agente de viajes.

Cuando volví a mi escritorio vi la taza de café humeante. Al darle un sorbo noté un papel debajo del platillo.

Más amargo que mi matutino café sin azúcar, fue ese maldito anónimo que encontré.

“Su esposa tiene un amante. Vaya ahora mismo al hotel Coral Beach y compruébelo usted mismo”.

El impacto fue tan fuerte que mis dedos soltaron la taza y el líquido mojó unas carpetas que contenía los balances trimestrales de mi empresa.

No me importó el desastre. El pecho se me oprimió, me negaba a creerlo.

Marqué el número de Raiza, mi esposa con la mano temblorosa, albergando la absurda esperanza de que me respondiera con su tono risueño.

Apagado. La fría voz de la operadora me generó cierta sospecha.

Sin perder un solo segundo en conjeturas inútiles, bajé al estacionamiento privado del edificio y subí a la parte trasera de mi vehículo.

Le ordené a mi chofer que condujera a máxima velocidad a ese hotel. Todavía mi mente batallaba para darle el beneficio de la duda.

Quería creer que se trataba de una broma de mal gusto, una extorsión de algún enemigo empresarial envidioso de mi éxito.

Como dueño de una de las cadenas hoteleras más prestigiosas de Venezuela, estaba acostumbrado a los golpes bajos, pero esto calaba mi fortaleza.

La realidad, sin embargo, estaba a punto de darme la gran bofetada de mi vida.

Al llegar al lujoso vestíbulo del Coral Beach, me acerqué a la recepción con el rostro rígido.

—¿Cuál es la habitación de la señora Raiza Ruiz? —No saludé.

—Lo siento, señor. No podemos dar esa información —respondió la recepcionista, con una sonrisa.

Su hermetismo desapareció al ver un grueso fajo de billetes sobre el mostrador. La codicia superó rápidamente las políticas de privacidad del hotel.

La mujer tecleó en la computadora, buscando en la base de datos.

Me indicó el número de la suite, ella se había anotado usando su apellido de soltera, Ricaurte.

Raiza, la mujer a la que le había sido fiel durante cinco años de matrimonio, la misma a la que había rescatado de una vida de carencias y a quien le cumplía hasta el más ridículo de sus caprichos, me estaba pagando de la peor manera.

Decidí no subir a la habitación; no quería armar un espectáculo público. Me quedé dentro del auto, esperando en las inmediaciones del hotel.

Media hora después, la cabeza me empezó a hervir de rabia. Los vi salir. Ella se aferraba al brazo de un sujeto que no pasaba de los veinte años; un muchacho con aspecto de modelo de pacotilla.

Mi esposa acababa de cumplir treinta años la semana pasada. Yo le llevaba apenas dos años de diferencia, estaba en la flor de mi vitalidad y de mi poder financiero, y aun así, ella había preferido cambiarme por un gigoló.

Saqué mi teléfono celular y capturé varias imágenes nítidas.

Necesitaba pruebas irrefutables. Mi abogado se encargaría de que Raiza se marchara de mi vida exactamente como la recogí: Con lo puesto.

—Llévame de inmediato a mi oficina. —Mi voz no se quebró, aunque por dentro sentía un nudo asfixiante en la garganta.

Tres horas más tarde, gracias a la eficiencia de mi equipo legal, el acuerdo de divorcio estaba redactado y listo en mis manos.

Cuando regresé a la mansión al caer la tarde, mi esposa me recibió en el vestíbulo principal con una sonrisa hipócrita y los brazos abiertos.

Esquivé su rostro con frialdad cuando intentó plantarme un beso en los labios.

Un asco profundo me llegó a la garganta al imaginar que esos mismos labios infieles habían estado recorriendo el cuerpo de otro hombre horas antes.

—Mi amor, has llegado temprano —comentó ella, fingiendo una total normalidad mientras acomodaba su cabello.

—Me voy de viaje de negocios, nos vemos en un mes —respondí con frialdad, subiendo las escaleras.

Ella me siguió hasta la habitación, yo traté de ignorarla, mientras preparaba una maleta.

A ella no le pareció extraño mi repentino viaje; estaba demasiado acostumbrada a mis ausencias supervisando los hoteles del interior del país.

Lo que su mente no alcanzó a prever, fue que antes de salir de la oficina, yo había ordenado la activación remota de un nuevo sistema de cámaras de seguridad ocultas.

Me dirigí a un lujoso apartamento que poseía a las afueras de la ciudad.

Una vez allí, encendí mi celular y abrí la aplicación de monitoreo en tiempo real.

Lo que vi superó los límites de mi tolerancia. Ella no había perdido el tiempo. Había invitado al amante y a toda su familia.

Mi mansión estaba invadida por un clan de ocho personas de aspecto vulgar: los padres del gigoló y sus cinco hermanos.

Los vi a través de la pantalla tomando mi licor más caro, en mi piscina infinita y vaciando los alimentos de mi refrigerador.

Se movían por los pasillos con una familiaridad tan descarada que me dio la certeza de que no era la primera vez que aprovechaban mis viajes para instalarse allí.

Con razón los estados de cuenta de mis tarjetas de crédito reflejaban montos tan exagerados y absurdos en los últimos meses.

Sentí una espina clavada en la mitad del pecho. Respiré profundamente, para calmarme un poco.

En ese estado de alteración me podía dar un ataque cardíaco y ella se quedaría con todo. Gozando con el amante del fruto de mi trabajo.

Cuando estuve más tranquilo llamé al banco y congelé todas las extensiones de las tarjetas de crédito de mi esposa, desvinculando cualquier gasto de mis cuentas principales.

Pocos minutos después, mi teléfono empezó a vibrar con insistencia. Era ella, obvio que el primer intento de pago había rebotado.

No deseaba hablar con ella, pero tampoco ponerla sobre aviso.

Descolgué la llamada. Sus gritos histéricos me taladraron los oídos.

—¿Por qué congelaste mis tarjetas, Richard? ¡Pasé una terrible vergüenza!

—¿De verdad quieres que te diga la razón?

—¿Qué te pasa? Tú nunca me hablas así, papacito.

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