LOGIN111Han pasado los años, y la vida finalmente les da una tregua. El aire que se respira en la casa de campo es tranquilo, lleno de risas y sonidos cotidianos que Jazmín alguna vez pensó que jamás volvería a escuchar. El sol de la tarde entra por las ventanas, tiñendo de dorado la madera clara del suelo, mientras Leo y su hermana pequeña, Emma, corren descalzos por el jardín, persiguiendo una pelota que termina en el estanque una y otra vez.—¡Leo! ¡Dile que deje de mojarse los zapatos! —grita Jazmín desde la terraza, sosteniendo una taza de café humeante.—¡No puedo controlar a un torbellino, mamá! —responde el niño entre risas, intentando atrapar a su hermana antes de que vuelva a saltar al agua.Nate los observa desde una hamaca, con el libro abierto pero olvidado sobre el pecho. Sonríe al ver a sus hijos. El cuello de su camisa deja ver parte del tatuaje que cubre las cicatrices que el fuego le dejó. No lo esconde, no lo niega. El diseño, un fénix estilizado que emerge entre líneas
110.Tres días después del incendio, la habitación del hospital huele a desinfectante y calma fingida. Nate permanece recostado en la cama, rodeado de aparatos que controlan cada signo vital. Sus párpados se mueven apenas, pesados, hasta que logra abrirlos despacio. La luz blanca del techo lo ciega un poco, parpadea varias veces, desorientado. Siente dolor en el hombro, la espalda y el cuello, pero lo ignora.Lo primero que brota de sus labios, roncos por la intubación previa, no es una queja, sino una pregunta.—¿Dónde… dónde está mi esposa? ¿Dónde está mi hijo?Su voz suena débil pero firme, cargada de urgencia. La enfermera que está junto a él, revisando vendajes, se sorprende al verlo consciente.—Señor, por favor, no se esfuerce —dice mientras acomoda las gasas sobre las heridas aún frescas de su espalda y cuello.Nate vuelve a insistir, más fuerte esta vez.—Mi esposa… y mi hijo. Quiero verlos.La enfermera titubea, pero justo en ese momento la puerta se abre. Jazmín entra con u
109El silencio de la habitación es denso, apenas roto por el pitido rítmico de las máquinas y el murmullo lejano del hospital en plena actividad. Jazmín sigue inconsciente, inmóvil sobre la cama blanca, con el rostro pálido y el cuerpo cubierto por moretones que hablan de la violencia del fuego. Junto a ella, en otra camilla, Leonardo reposa con un suero conectado a su pequeña mano. Su respiración es tranquila, como si su sueño fuera profundo, ajeno al horror que los había rodeado horas antes.Poco a poco, el ceño de Jazmín se frunce, sus labios se mueven en un murmullo apenas audible y sus pestañas tiemblan. Un suspiro tembloroso escapa de su pecho antes de que abra los ojos con dificultad. La claridad de la habitación la obliga a parpadear varias veces, desorientada. Un dolor sordo recorre sus costillas cuando intenta incorporarse.—¿Dónde…? —susurra, con la garganta seca.Una enfermera que estaba revisando las constantes de Leonardo se apresura hacia ella.—Tranquila, señora Luthe
108Jazmín estaba en calma, esperando el momento justo.Connie contaba el dinero con una sonrisa arrogante, confiada, sin notar que Jazmín no estaba atada del todo. Las esposas, puestas al frente, le daban una falsa sensación de control.De repente, Jazmín se acercó a Leo y, en un susurro cargado de urgencia, le dijo:—Leo, cuando te diga que corras, lo haces. ¿Entiendes?El niño asintió, con los ojos grandes de miedo y dolor.Connie, distraída, seguía contando billetes, sin percibir el peligro que se acercaba.De un impulso feroz, Jazmín se levantó con rapidez, golpeando con fuerza a Connie mientras gritaba:—¡Corre, Leo! ¡corre!El pequeño no dudó ni un segundo. A pesar del malestar que lo oprimía en el estómago, saltó del lugar y echó a correr por el camino de tierra.Su corazón latía con fuerza mientras dejaba atrás a su madre, decidido a buscar ayuda.—¡Mocoso del infierno, vuelve aquí! —gritó Connie con furia, levantándose tambaleante—. ¡No te vas a escapar!Pero Leo no se detuv
107Jazmín se encontró con Jenny en un estacionamiento apartado, la secretaria llegaba con cuatro maletas negras de cuero, pesadas y firmes en sus manos.—Aquí está el dinero, señora —dijo Jenny con la voz entrecortada, evitando mirarla directamente.Jazmín asintió sin decir palabra, su mandíbula apretada, las manos temblorosas al tomar las maletas.—Gracias, Jenny. Ve a casa, descansa.—¿Esto es seguro? —preguntó Jenny, con los ojos vidriosos por la preocupación.—Lo será para Leo —respondió Jazmín con voz firme, fría—. No me importa nada más.Los ojos de Jenny se llenaron de lágrimas y no pudo evitar soltar un sollozo.—Vuelvan sanos y salvos, por favor —rogó, mientras se limpiaba las lágrimas con la manga—. Sé que todo esto es por el rescate de Leonardo... Y eso me parte el alma.Jazmín sólo pudo asentir, sin fuerzas para hablar.Minutos después, ya en el asiento del copiloto de una camioneta negra blindada, Jazmín respiró hondo intentando calmar el torbellino en su pecho.Un hombr
106Jazmín caminaba con paso rápido, sin mirar a nadie. La policía le hablaba, Nate intentaba alcanzarla, pero ella no se detenía. A simple vista parecía una madre destrozada que solo quería apartarse para respirar… pero Nathaniel la conocía demasiado bien.Al principio pensó que necesitaba espacio para calmarse y pensar, pero algo no encajaba. Su mirada iba fija al suelo, como si quisiera evitar todo contacto visual, y sus dedos no dejaban de moverse sobre la pantalla de su celular.Nathaniel frunció el ceño. ¿Qué diablos estás haciendo, Jazmín?Discretamente, deslizó la mano al bolsillo y sacó su teléfono. Un mensaje rápido a George:“Vigílala. Que Jenny también lo haga.”La respuesta no tardó en llegar, corta pero preocupante.“Jenny salió corriendo luego de una llamada. La seguí, ya voy tras ella.”La sensación de alarma se clavó en el estómago de Nathaniel. Algo no estaba bien. Se tensó, sus ojos no se apartaban de Jazmín. El instinto le decía que estaba a punto de hacer algo est







