LOGINCatherine levantó una mano y rozó su mejilla con esas largas uñas que antes se habían clavado en la ancha espalda de Lucard.—Ven conmigo.Lo condujo hasta una estancia apartada, donde las paredes de piedra estaban cubiertas por antiguos instrumentos de castigo. La luz de la luna entraba por una ventana estrecha y se reflejaba sobre las cadenas sujetas a los muros. Edward reconoció el lugar y se detuvo durante un instante.—¿Qué desea de mí, mi reina?Catherine se volvió hacia él.—Que dejes de fingir que no sabes por qué te he llamado.Edward sostuvo su mirada, aunque la tensión de sus hombros revelaba que todavía estaba intentando comprender hasta dónde llegaría aquella noche.La reina tomó las cadenas y las dejó caer suavemente sobre sus manos.—¿Confías en mí?
Una sirvienta salió apresuradamente para cumplir la orden. Poco después, Catherine apareció en el corredor. Edward se apartó de inmediato, puesto que la Reina debía ser la observara el hecho del crimen.—Mi reina.Ella entró sin responder. Recorrió la estancia con una mirada fría y precisa, deteniéndose en cada uno de los cadáveres. No mostró tristeza ni sorpresa, pero su expresión se endureció cuando percibió el rastro del veneno en la sangre.—¿Quién los encontró?—Una de las sirvientas, majestad. Todavía no tenemos una explicación de cómo ocurrió.Catherine se acercó a uno de los cuerpos y lo contempló durante unos segundos.—Veneno —murmuró.Edward asintió.—Eso parece.—Quiero que examines todo cuanto haya entrado en esta habitación. Alimentos, bebidas, objetos personales. No descartes ninguna posibilidad.—Lo haré.La reina se incorporó.No amaba a aquellos hombres ni al Conde, ni a Edward. No
Cuando la reina se apartó de Lucard, la noche había avanzado lo suficiente para que el frío comenzara a filtrarse por las ventanas.El conde le acomodó una de las sedas sobre el hombro y observó su rostro con una expresión que ella no consiguió interpretar del todo.—Tengo algo para usted —dijo.Catherine alzó una ceja.—¿Otra promesa?—Algo mucho más útil.Lucard sacó de su abrigo un estuche alargado de madera oscura, adornado con delicadas incrustaciones de plata. Lo abrió con cuidado y se lo ofreció. En su interior descansaba un látigo de fibras plateadas, trenzadas con una precisión exquisita. La pieza era flexible, elegante y, bajo la luz de las lámparas, parecía conservar un brillo propio.Catherine lo tomó entre los dedos.—¿Qué se supone que debo
Catherine conocía cada rincón de aquel castillo. Sabía qué puertas permanecían cerradas durante la noche, qué corredores conducían a las estancias privadas y qué escaleras apenas utilizaban los sirvientes. Eligió una de las entradas más apartadas, un tramo estrecho donde la luz apenas conseguía alcanzar los últimos peldaños.Allí se detuvo.Lucard estuvo a punto de chocar con ella, pero consiguió frenar a tiempo.—¿Qué sucede, mi reina?Catherine se volvió lentamente.—Me pregunto cuánto tiempo llevas esperando que te conceda una noche como esta.La pregunta le arrancó una sonrisa.—Más del que estoy dispuesto a confesar.—Entonces deberías aprender a disimular mejor.—¿Para qué? Usted siempre ha sabido reconocer cuándo
El viento nocturno agitaba las sedas de su vestido y levantaba las ondas de su cabello rubio, mientras las luces de los corredores inferiores dibujaban líneas doradas sobre la piedra. Desde aquella altura podía distinguir a Edward cuando cruzaba el patio interior, siempre erguido, siempre atento a cuanto ocurría a su alrededor. Había algo fascinante en contemplar a un hombre tan disciplinado mientras intentaba ocultar una inquietud que, para ella, resultaba casi palpable.Catherine conocía aquella clase de hambre. La había visto en los ojos de numerosos hombres, había aprendido a reconocerla antes de que se convirtiera en una declaración y sabía cuánto podía hacer alguien por conseguir una nueva oportunidad de acercarse a ella. Pero Edward era diferente. Su devoción no había nacido de una promesa de recompensa ni de la esperanza de obtener un privilegio dentro de la corte.&Eacut
Los sabores de su reina todavía persistían entre los labios de Edward, aferrados a su memoria con una obstinación que ninguna disciplina había conseguido doblegar. Había imaginado innumerables veces cómo sería besar a Catherine de Luxiner, qué dulzura se ocultaría detrás de aquella boca capaz de dictar una sentencia de muerte con la misma serenidad con la que ordenaba servir una copa de sangre. Durante un largo tiempo, la había contemplado desde la distancia, convencido de que la mujer a la que había jurado proteger pertenecía a una categoría de seres que jamás podrían comprender el hambre de quienes vivían a su servicio.La había visto caminar entre nobles que inclinaban la cabeza ante su presencia, había observado cómo los hombres más poderosos del reino medían sus palabras antes de dirigirse a ella y había aprendido a reconocer los cambios más sutiles de su expresión. Sin embargo, ninguna de aquellas observaciones le había permitido imaginar lo que sentiría cuando, por fin, sus lab







