LOGINLa que él no vio Valeria De Santis pasó cinco años como una sombra en su matrimonio con Lorenzo Fontana, quien nunca se interesó por ella, obsesionado con Bianca Rinaldi. Ella calló, sacrificándose en silencio por una deuda antigua. Cuando el contrato terminó, Lorenzo corrió hacia Bianca, pero Valeria ya no se volvió: le devolvió su libertad y rehízo su vida, alcanzando un éxito que la volvió inalcanzable. Solo entonces Lorenzo empezó a verla, fascinado por su talento, sin saber que ella había llorado años sin que él lo notara. El arrepentimiento llegó tarde: ella lo rechazó, sin odio, solo con un inmenso cansancio. Él nunca sabrá que ella lo amó en silencio hasta que el silencio lo engulló todo. Solo una puerta definitivamente cerrada.
View More— Valeria
La pluma se desliza sobre el papel como un cuchillo sobre la piel; firmo sin leer, mis dedos son seguros, mi cabeza está en otra parte, y el raspar de la tinta contra el grano del papel llena el silencio por sí solo. Mi madre me mira, sus dedos apretados alrededor de su bolso, sus lágrimas que contiene porque ya no tiene derecho a llorar delante de mí. Hoy no. El notario empuja las hojas hacia mi lado, una por una, con gestos lentos, precisos, casi solemnes, y las puntas de sus dedos están amarillentas por el tabaco. Me tiende la pluma. Un Montblanc, pesado en mi palma, el fuste helado contra la piel fina entre mis dedos. Todo es lujoso en esta habitación: el mármol del suelo, los cuadros en las paredes, el silencio amortiguado que se traga incluso el ruido de las páginas que se pasan. Incluso la servidumbre tiene un precio; incluso la venta de su hija tiene una bella presentación.
Lorenzo Fontana no está. Claro que no está; ¿por qué iba a estar, no necesita asistir a la compra, ha enviado a sus abogados, a sus matones con traje y corbata que me miran como se mira una mercancía que se verifica antes de llevársela. Soy una mercancía. Una deuda que se salda. Un nombre que se borra. Mi padre está en el hospital; no lo sabe, nunca lo sabrá, o quizá sí, quizá lo adivine, que vea en mis ojos lo que he trocado por sus días. Pero no dirá nada. Así es en nuestra familia: se calla, se aguanta, se firma. El notario enuncia las cláusulas con voz monocorde, las palabras se encadenan, matrimonio, cohabitación, deberes conyugales, una lista de obligaciones como un inventario a la Prévert; no escucho, las palabras pasan por encima de mí, rebotan en mis sienes, se estrellan contra mis mejillas. Miro mis manos posadas sobre el escritorio. No tiemblan. Es todo lo que pido. Que no tiemblen. —Artículo 7 —prosigue el notario—. La duración del contrato se fija en cinco años; pasado este plazo, las partes quedan libres de sus compromisos. Cinco años. Cinco años de mi vida; cinco años siendo la señora Fontana; cinco años llevando un apellido que no es el mío, durmiendo en una cama que no es la mía, sonriendo ante invitados que nunca serán mis amigos. Mi madre tose, un pequeño ruido seco apenas audible, pero lo oigo, y sé lo que quiere decir. Date prisa. Antes de que llegue. Antes de que cambien de opinión. Antes de que tu padre muera. Firmo. La primera página. Mi nombre: Valeria De Santis. Me parece que escribo como una extranjera, que estas letras ya no me pertenecen; ya se alejan, ya me dejo. La segunda página. La tercera. Mi madre contiene la respiración; el notario gira las hojas con una delicadeza estudiada. En la pared, un reloj da las cuatro, las cuatro de la tarde, y en una iglesia en algún lugar un sacerdote debe de estar preparando una misa que nadie vendrá a escuchar, y en una villa en algún lugar un hombre debe de estar afeitándose frente a un espejo, ajustándose la corbata, pensando en otra cosa. La última página. La pluma vacila un segundo; veo mi mano suspendida sobre el papel, y en ese vacío está todo lo que dejo: mi taller, mis noches en vela, mis lienzos a medio terminar, mi nombre de artista que nadie conoce todavía, mis sueños de ver mis obras colgadas en galerías, museos, libros. Todo eso cabe en un segundo. Todo eso desaparece en el trazo de una pluma. Firmo. Mi madre exhala; el notario toma las hojas, las guarda en una carpeta de cuero, y me sonríe, una sonrisa profesional, casi compasiva, como si todo esto fuera normal, como si vender a su hija fuera un gesto ordinario entre gente de buena familia. —Felicidades, signora Fontana. Signora Fontana. El nombre cae sobre mis hombros como una piedra; lo siento pesar, frío, extranjero; no tiene sabor, no tiene color, es gris como el cielo afuera, gris como la lluvia que empieza a caer sobre los cristales. Me levanto, mis piernas me sostienen, ya es algo, me mantengo en pie, camino hacia la puerta. Mi madre me sigue, me alcanza en el pasillo, toma mi mano. —Valeria —susurra. No respondo; no puedo; si abro la boca, todo se derrumba, las paredes, el techo, el mármol, el silencio, todo. En la calle, la lluvia arrecía; un coche negro nos espera, un chófer de uniforme sostiene un paraguas sobre la portezuela, y me llama señora. Ya. Ya soy señora.Me quedé petrificada, el teléfono en las manos, las palabras que quemaban mis retinas; transparente; ni siquiera la veo; era yo; era lo que yo era para él; una transparencia; una sombra; un contrato que se cumple y se olvida.Mis dedos temblaban; casi dejo caer el teléfono; lo deposité sobre el apoyabrazos, en el lugar exacto donde estaba; no sé cómo hice para no romperlo, para no arrojarlo contra la pared, para no gritar.Salí del salón; mis piernas apenas me sostenían; atravesé el vestíbulo, subí la escalera, cerré la puerta de mi habitación; me senté en la cama; no lloraba; ya no podía llorar; mis lágrimas estaban secas, quemadas, consumidas.Ella no es nada.Fui a la ventana; la villa blanca estaba allí, al sol, apacible, insolente; ella estaba allí, en esa villa, la que él llamaba todo, la que amaba, la que tenía sus marcas en la piel; la había visto, esta mañana, salir de su coche, sus cabellos despeinados, una sonrisa en los labios; era bella; era deseable; era todo lo que yo n
Me quedo tumbada, desnuda, las sábanas en desorden, el cuerpo marcado; miro la ventana; fuera, el mar brilla bajo la luna; pienso en ella; en la que duerme sola en la gran cama de la villa, en la que no sabe que su marido me ha tomado esta noche, que me ha mordido, que me ha gritado, que me ha hecho suya de una manera que ella no conocerá jamás.Debería sentir vergüenza; debería sentir piedad; no siento nada; nada más que esta marca en mi hombro, y esta certeza: ella no es nada; nunca ha sido nada.Lorenzo vuelve; se tumba a mi lado, apaga la luz; en la oscuridad, siento su mano en mi cadera, distraída, casi ausente.—Duerme —dice.Cierro los ojos; no duermo; pienso en mañana, en la carretera de vuelta, en la villa blanca, en la mujer que me espera, en la cosita que cree que es su mujer.Ella no sabe. Nunca lo sabrá.— ValeriaHa vuelto.Lo oí anoche, tarde, sus pasos en el pasillo, su puerta que se abre y se cierra; no me moví; me quedé tumbada, los ojos abiertos en la oscuridad, esc
Es guapa, lo reconozco; en su vestido recto y sus perlas, tiene algo; nobleza, quizá; o resignación; no lo sé, no quiero saberlo; lo que sé es que no es yo; nunca será yo.Lorenzo gira la cabeza, sus ojos avellana enganchan los faros de los coches que cruzan; no me mira, mira la carretera; tiene el rostro cerrado, tenso, las mandíbulas apretadas; lo conozco, sé lo que significa ese rostro; significa que va a tomarme, esta noche, que va a tomarme como toma lo que posee, con esa violencia que lleva dentro, esa rabia que solo me muestra a mí.El coche se adentra en la avenida de la villa de Portofino; las verjas se abren, el mar brilla a lo lejos, negro y plateado; la villa está allí, blanca, las contraventanas cerradas, las adelfas que tiemblan en el viento; corta el motor; el silencio; luego el ruido de su cinturón que chasquea, la portezuela que se abre, el aire salado que entra.Baja; no me espera; camina hacia la puerta, sus pasos rápidos, sus hombros anchos en su traje de novio; sa
Toma una taza, se sirve café; bebe a pequeños sorbos, la mirada perdida en el jardín; no me habla, no me mira; soy un mueble en esta cocina, una silla, una mesa, un objeto que se ha guardado y se ha olvidado.Debería decir algo; debería preguntarle quién es ella; debería gritar, llorar, romper algo; no hago nada; me quedo allí, de pie, las manos en los bolsillos, los ojos fijos en la villa blanca.—Me voy a ausentar unos días —dice de pronto.Me vuelvo; me mira por fin; sus ojos están calmados, indiferentes; no espera nada de mí; ni siquiera espera una respuesta.—¿Adónde vas? —digo.Mis labios forman la pregunta sin que yo lo haya decidido; la pregunta ha salido, estúpida, inútil; se encoge de hombros.—De viaje; con amigos.Amigos. Así llama a la que ríe en la villa blanca. Amigos.Deja su taza, sale de la cocina; lo oigo subir la escalera, abrir un armario, cerrar una maleta; diez minutos después, baja, una maleta en la mano; atraviesa el vestíbulo sin mirarme; abre la puerta; el c


















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