LOGINLa mujer me observó con una curiosidad casi científica, pero su mirada cambió al instante. La maldad se esfumó y dejó paso a una diversión cruel y escalofriante.
—¿No es más que obvio el motivo por el que te han vendido? —respondió, y la sonrisa que se dibujó en sus labios me heló el alma.
—¿Vendida? —pregunté, la palabra apenas un susurro incrédulo.
Mi mente se negaba a procesar el significado de esa horrible palabra. «Vendida, vendida», repetía mi conciencia, haciéndose eco del horror que comenzaba a invadirme.
—¿Qué le hiciste a un hombre como Tobías Praga para que te tratara como a una prostituta? —continuó la mujer, su voz cargada de falsa curiosidad. —Debió de ser algo terrible.
Sin darme tiempo a reaccionar, prosiguió:
—¿Le has robado? ¿Eres su amante y le has sido infiel? No es asunto mío.
Las palabras de la mujer apenas llegaban a mi cerebro. Solo una idea martilleaba mi cabeza: mi tío me había traicionado. Me había vendido como si fuera un objeto, un animal sin valor. La traición me atravesó como un puñal.
—Veo que estás pensando en tus acciones. Lamentablemente, para ti, lo que le hayas hecho no tiene importancia para mí.
Su tono volvió a ser frío y calculador.
—¿Sigues siendo virgen?
La pregunta me golpeó como una bofetada, despertándome de mi shock con una punzada de terror.
Alcé la mirada y me obligué a encontrarme con esos ojos fríos y calculadores de la serpiente que tenía delante.
—¿Qué? —pregunté, sintiendo cómo la confusión nublaba mi mente.
No había alcanzado a escuchar la pregunta anterior, o quizá mi cerebro se negaba a procesarla.
—¿Eres una mujer virgen? —repitió, y ahora la pregunta era clara y brutal.
—¡Qué te importa!
Grité, sintiendo cómo la vergüenza y la rabia teñían de rojo mis mejillas. Pero en mi reacción, en mi indignación, le había dado la respuesta que buscaba.
—Eso es maravilloso —dijo, y su sonrisa se ensanchó, revelando una crueldad triunfante. —Al menos, saldremos ganando varios milloncitos. Los hombres son... ¿Cómo te lo puedo explicar? Aprecian la virginidad de una mujer y son capaces de pagar fortunas por obtener ese preciado tesoro. Y si a eso le sumamos el hecho de que eres bella...
Su voz adquirió un tono lascivo que me revolvió el estómago. La comprensión me golpeó como un mazazo.
No solo me había vendido, sino que también me había utilizado. Para convertirme en una mercancía, en un objeto de deseo, me despojó de toda dignidad. El horror me paralizó.
La mujer dejó sus palabras flotando en el aire, como un presagio oscuro, mientras un escalofrío de terror me recorría de punta a punta.
—Date un baño y vístete. No tenemos mucho tiempo —dijo, lanzando un vestido negro a los pies de la estrecha cama. El vestido cayó con un golpe sordo, como el sonido de mi propia sentencia.
—No tengo ni idea de por qué estoy aquí, no le he hecho nada —susurré, casi sin darme cuenta, mientras escapaba la súplica de mis labios.
—Pues no me importa el motivo, me importa lo que pueda ganar contigo. Date prisa y será mejor que cooperes. La subasta está a punto de empezar y habrá muchos hombres deseosos de poner sus manos sobre tu preciado tesoro.
Cerré los ojos con fuerza al escuchar esas últimas palabras, que se clavaron en mi mente como astillas de hielo. No fui consciente de cuándo salió la mujer de la habitación hasta que la puerta se cerró con un clic que resonó como el fin del mundo.
«¡Vendida!» «¡Vendida!»
Gruesas lágrimas resbalaron por mis mejillas al abrirse paso entre mis párpados cerrados. Me había vendido mi tío. Me había vendido para convertirme en una prostituta. La traición era una puñalada fría y profunda en el alma.
—¡Ya voy! —respondí con voz apenas audible, mientras intentaba controlar el temblor de sus manos.
La puerta se abrió de golpe y apareció una mujer alta y delgada, con un rostro duro y unos ojos fríos.
—Más te vale que estés lista —dijo la mujer, tomándome del brazo con fuerza. —No tenemos tiempo para tus dramas.
—Por favor... —le supliqué, pero la mujer me interrumpió.
—Ni una palabra más. Camina.
La mujer me arrastró por el pasillo y mis pies descalzos rozaban el suelo frío. El sonido de la multitud se hacía cada vez más fuerte, un murmullo ansioso y expectante que me provocaba pánico.
—¿Qué va a pasar? —pregunté.
—Lo que tenga que pasar —respondió la mujer con una sonrisa cruel. —Ahora cállate.
El aire estaba cargado de tensión, reinaba un silencio denso y opresor. Sentí cómo me empujaban al escenario, con el rostro pálido y los ojos llenos de lágrimas.
La luz brillante me cegó por un momento y sentí el peso de las miradas sobre mí, como si estuviera en exhibición.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo al ver a los hombres sentados en las primeras filas, con los ojos brillantes por un deseo y una codicia mezclados. Sabía que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre y el miedo me paralizó.
Cada paso que daba hacia el centro del escenario se me hacía eterno. Temblaban mis piernas y sentía mi corazón latiendo con fuerza en mi pecho. Intenté tragar saliva, pero tenía la garganta seca y apretada. Notaba el sudor frío recorrerme la espalda y tenía las manos heladas.
Los murmullos de la multitud me resultaban ensordecedores. Podía sentir sus ojos clavados en mí, juzgándome y poseyéndome con la mirada. Me sentí desnuda, vulnerable y expuesta a la peor de las humillaciones.
En ese momento, solo deseaba desaparecer, que la tierra me tragara y me liberara de esta pesadilla. Pero sabía que no había escapatoria. Mi destino estaba sellado y solo podía esperar lo peor.
Francesco se había movido cielo y tierra, empleando toda su influencia y recursos, para asegurar que Roger no fuera condenado por el delito de complicidad.Su persistencia dio resultado, logrando que la estancia de Roger en prisión se limitara a unas pocas semanas, el tiempo justo para que la ley hiciera su mínima labor sin destrozar su vida por completo.Esta breve detención, aunque un golpe a su reputación, fue vista por Francesco como una victoria agridulce, un mal menor que evitaba un destino mucho más sombrío para su amigo.Una vez que recobró su libertad, Roger no perdió ni un instante. Cada día que pasaba en la calle era un día más para demostrarle a Lucía la profundidad de su cambio.Se dedicó a cortejarla con una persistencia admirable, demostrando con cada gesto, cada palabra y cada acción que su arrepentimiento era genuino y que sus sentimientos hacia ella eran profundos y sinceros.Le enviaba flores, le escribía cartas donde volcaba su corazón, la esperaba fuera de su trab
—¡Los abuelos están por llegar! ¡Tenemos hambre! —gritaban sus dos pequeños terremotos, sus voces resonando por la casa con la energía inagotable de los niños.—Date un baño, amor. Yo atenderé a nuestros pequeños —se ofreció Francesco, saliendo de la cama con una rapidez sorprendente y acudiendo de inmediato al llamado de sus gemelos.—Giovanni, Camila, ¿por qué gritan tanto? —preguntó Francesco, un poco avergonzado, al reunirse con sus pequeños en la sala.—No tenemos la culpa, papá. Mamá y tú gritaron primero —respondió Camila, con una inocencia desarmante que hizo que el rostro de Francesco se pusiera rojo al instante.—¿Qué? —articuló Francesco, sin poder creer lo que escuchaba.—Mamá gritó: ¡Francesco! —explicó la pequeña de seis años, con una seriedad que casi lo hacía reír—. Y pensamos que pronto nos gritaría a nosotros para comer, pero no fue así…—Sí, y luego te dijo: ¡Por favor! —agregó Giovanni, el hermano gemelo, con una curiosidad completamente inocente—. ¿Qué le hacías a
Catalina abrió los ojos, ahora nublados por la pasión más intensa. Dejó escapar un suspiro profundo y tembloroso mientras Francesco la invadía con una lentitud exquisita, sin prisa, pero con una firmeza que la llenaba por completo.Cada centímetro que él avanzaba era una ola de placer que la sumergía más y más en un abismo de sensaciones.El gemido que abandonó sus labios fue abrumador, un sonido cargado de una emoción profunda que resonó en la habitación.Era la expresión silenciosa, la confesión sin palabras, de todo lo que estaban sintiendo en ese momento: una mezcla arrolladora de placer, conexión y la culminación de un amor que había superado cada obstáculo.Francesco se hundió, con un gemido de placer, en el cuerpo de Catalina, un movimiento que lo ancló profundamente a ella, sintiendo cada milímetro de unión.En una respuesta instintiva, casi felina, ella lo atrapó por la cintura con sus largas y esbeltas piernas, envolviéndolo por completo y sellando la conexión entre ambos.S
Un gemido profundo y lleno de puro placer abandonó los labios entreabiertos de la mujer, un sonido apenas audible que escapó de lo más íntimo de su ser.Su cuerpo se arqueaba ligeramente, respondiendo a la exquisitez de la sensación, mientras sentía cómo su clítoris era deliciosamente atormentado por la lengua húmeda, cálida y experta de su marido.Cada roce, cada lamida, cada suave succión enviaba una descarga eléctrica que se propagaba desde el epicentro de su deseo, extendiéndose por cada fibra de su ser, encendiendo su piel y acelerando su pulso hasta un ritmo frenético.La respiración se le cortaba, y un calor intenso la invadía, disolviendo cualquier pensamiento que no fuera la embriagadora ola de sensaciones que la arrastraba hacia el abismo del éxtasis, a merced de su amante.Catalina apretó las sábanas entre sus manos hasta formar dos puños, los nudillos blancos por la fuerza. Se mordió el labio inferior con tal intensidad que casi sintió el gusto a hierro, todo para no gemir
Francesco asintió, su rostro pálido y la frente perlada de sudor; realmente se sentía de la patada y no tenía fuerzas ni para discutir con su esposa.La idea de una cama y un poco de paz era mucho más atractiva que cualquier argumento. Así que, dos horas después, se encontraban sentados en la sala de espera del consultorio médico, con una tensión inmensa en el entorno mientras aguardaban los resultados de los exámenes que el doctor le había solicitado con urgencia.La incertidumbre se cernía sobre ellos, grande y pesada.—No creo que esté enfermo, Cata, de verdad —alegó Francesco, su voz un poco débil, mientras intentaba convencer a su esposa y, quizás, a sí mismo—. Estos malestares, estas náuseas, solamente me dan por las mañanas. Es raro, ¿no crees? Quizá sea solo estrés o algo que me cae mal al despertar.—No me discutas, Francesco. Por favor —respondió Catalina, su tono firme y sin espacio para argumentos. La preocupación era evidente en sus ojos, pero se mantenía decidida—. De to
Catalina, mientras abrazaba a su familia en el hospital, sintió una certeza fría y clara: la pieza que faltaba para cerrar aquel doloroso episodio en sus vidas era su propio padre, Tobías Praga. Él era el origen de todo este calvario, el arquitecto de su sufrimiento.Fue él quien, en un acto de traición inimaginable, había vendido a su madre años atrás, sumiéndolas en una vida de incertidumbre y dolor. Y luego, con la misma crueldad despiadada, había intentado hacer lo mismo con ella.Catalina, con el corazón endurecido por tanto daño, esperaba de verdad que su padre pagara con prisión, una larga y justa condena.Para ella, la muerte sería un regalo, un escape demasiado fácil para un hombre que merecía un castigo prolongado por cada herida que había causado y por cada vida que había destruido. La justicia, esta vez, debía ser lenta y dolorosa, acorde a la magnitud de sus crímenes.Y el anhelo de Catalina se convirtió en realidad una semana más tarde. Su padre, Tobías Praga, fue finalm







