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Capítulo 2

Author: Eternity
—Las pastillas para las náuseas no van a resolverle todos los problemas —dije—. Lo que Sienna de verdad quiere es a alguien que siempre la ponga en primer lugar y acuda corriendo cada vez que lo llame.

Sienna se sonrojó.

—Maeve, no era eso lo que quise decir.

La expresión de Ronan se ensombreció.

—Llevas buscando pelea desde que me fui a Vancouver para la reunión del Consejo del Norte. Era un asunto de la manada. ¿Esperas que tu Alfa te informe de cada paso que da?

Dos semanas antes había sido el aniversario de nuestro vínculo de apareamiento.

Había pasado tres días preparando todo para la cena: cordero al romero, su bourbon favorito y una pluma estilográfica de obsidiana personalizada que había encargado meses atrás. Esperé hasta que el fuego se extinguió y las velas quedaron reducidas a un charco de cera derretida.

Ronan nunca llegó a casa.

Después de medianoche, Sienna publicó una fotografía desde la residencia que la Manada de la Cresta Plateada tenía en Vancouver. Estaba en la terraza, mientras Ronan la protegía del viento con un brazo.

El texto decía: «Contigo a mi lado, no le tengo miedo a nada.»

Cuando lo llamé, me respondió con una calma desesperante:

—Dos manadas pidieron negociar a última hora. No tuve tiempo de explicártelo todo. Nuestro aniversario se repite cada año. La votación de esta noche, no. Pensé que entenderías qué era más importante en este momento. —Hizo una pausa, antes de añadir—: Deja de hacer de hacer de tu vida el centro de mi agenda. Necesitas una vida propia.

En ese momento, algo dentro de mí terminó por quebrarse.

—¿Así que así son las cosas, entonces? ¿Pase lo que pase, siempre voy a ser la última de tu lista?

Guardó silencio unos segundos, y luego suspiró.

—Hablaremos cuando vuelva.

Dicho esto, colgó sin más.

Esa misma noche firmé un contrato de trabajo con una consultora de Londres que prestaba servicios a distintas manadas.

El reclutador me preguntó dos veces si estaba segura de mi decisión.

—Estarías dejando Cresta Plateada. ¿Tu Alfa lo sabe? Sigues siendo la Luna.

Firmé la última página sin vacilar.

—Es mi carrera. No necesito el permiso de nadie.

Meses atrás, le había preguntado a Ronan si debía aceptar un puesto en la fundación de la manada o volver al mundo empresarial.

—Es tu vida. Decide tú —me respondió, sin siquiera levantar la vista de su tableta.

Sin embargo, cuando Sienna necesitó orientación, él pasó toda una tarde explicándole la estructura de poder de la Manada de la Cresta Plateada. Le presentó personalmente al Beta, al entrenador principal y a tres representantes del Consejo, y se aseguró de que supiera exactamente a quién llamar cada vez que tuviera algún problema.

Según Ronan, mi mayor defecto era depender demasiado de él.

Cuando le contaba una buena noticia, rara vez apartaba los ojos de sus informes. Si le proponía ir juntos a ver un espectáculo, respondía que la agenda de un Alfa no podía girar en torno a su esposa. Y cuando quería acompañarlo a una recepción entre manadas, me aconsejaba que construyera una vida más allá de nuestro matrimonio.

Durante años creí que Ronan simplemente era frío y reservado por naturaleza; incluso un tanto torpe para demostrar cariño. En definitiva, difícil de amar.

Por eso, creía que, si permanecía a su lado el tiempo suficiente, algún día me convertiría en la excepción.

Pero, entonces, Sienna volvió a mi vida.

Era la hijastra de mi madre, apenas tres años menor que yo. Nunca habíamos sido cercanas, pero, tras la muerte de mi madre, se había quedado sin un lugar adónde ir. Fui yo quien le pidió a Ronan que le permitiera unirse a la Manada de la Cresta Plateada.

Él aceptó sin dudarlo.

Para cuando comprendí lo que estaba pasando, ella se había convertido en la excepción que yo llevaba años esperando ser.

Si discutía con otra loba durante el entrenamiento, él escuchaba cada detalle. Si se le antojaban rollos de canela después de medianoche, él mismo cruzaba la ciudad en su coche para comprárselos. E, incluso, en los eventos de la manada, la mantenía a su lado y se aseguraba de presentárselas les decía a todos.

—Ella es Sienna. Cuídenla.

Cada vez que yo cuestionaba aquella atención, él fruncía el ceño.

—Acaba de llegar a la manada y no sabe cómo funcionan las cosas. ¿De verdad estás celosa por eso? No hagas una escena.

Poco a poco, todas las excusas que había inventado para justificarlo se derrumbaron.

Ronan no estaba demasiado ocupado para ser atento, así como tampoco era incapaz de mostrar ternura. Simplemente no había querido dármela a mí.

Y, después de todo, quizá fuera lo mejor.

Después de la cirugía, me iría de Nueva York y presentaría una solicitud ante el Consejo de la Manada para disolver tanto nuestro matrimonio como nuestro vínculo de apareamiento.

Ronan creería que me había llevado la mitad de mi ropa. Lo que nunca sabría era que también me había llevado a su cachorro.

Mientras pensaba en esto, mi móvil comenzó a sonar. Era Harper, mi mejor amiga.

—Esta noche voy a tu casa —anunció—. Estás embarazada. No puedes quedarte sola después de la cirugía. —Su voz se suavizó un poco antes de añadir—: ¿Cuándo piensas contárselo a Ronan? ¿No querías anunciarlo durante la cena de aniversario?

No respondí.

Harper suspiró al otro lado de la línea.

—Como sea. Prepara la habitación de invitados. Tu enfermera favorita, y encima sin sueldo, se muda contigo.

Por fin sonreí.

—Las sábanas están recién cambiadas y te compré un nuevo…

Sin embargo, antes de que pudiera terminar, la puerta de la habitación de invitados se abrió de golpe, haciendo que el resto de la frase muriera en mis labios.
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