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Capítulo 3

Author: Eternity
La habitación que había preparado para Harper estaba irreconocible.

La ropa de cama limpia había desaparecido y ahora yacía hecha un montón sobre una silla. El clóset estaba abarrotado de chaquetas de cuero y vestidos de noche. Los productos para el cuidado de la piel de Sienna, su cámara y varias bolsas de compras cubrían la cómoda, mientras un enorme lobo blanco de peluche ocupaba el centro de la cama, como una bandera que marcaba un territorio conquistado.

En ese momento, la puerta principal se abrió y, desde abajo, enseguida se oyó la risa de Sienna.

—Gracias por llevarme al espectáculo de luces de invierno, Ronan. Hoy fue horrible, pero eso me levantó el ánimo.

Ronan entró mientras se quitaba los guantes.

—Sienna volvió a tener un problema con los reclutas de la patrulla. El Consejo está investigando el asunto y el ambiente en los dormitorios se ha vuelto hostil. Le dije que podía quedarse aquí unos días.

—La semana pasada te dije que Harper iba a instalarse en esta habitación esta noche —repuse sin rodeos.

Ronan guardó silencio por medio segundo, y con eso bastó para que me diera cuenta de que lo había olvidado por completo.

Cuando se lo había mencionado, ni siquiera había apartado la vista de su portátil. Había respondido que Harper era mi amiga y que yo no necesitaba su aprobación para invitarla.

Ahora, en cambio, apretó los labios.

—Lo olvidé. Fue culpa mía.

Metió la mano en el abrigo y sacó una esfera de nieve.

—Es de la exposición. Te llevaré este fin de semana.

Reconocí el logotipo de la base. Llevaba queriendo ver ese espectáculo desde la noche de su inauguración, pero, durante tres meses, él había insistido en que no tenía ni una noche libre.

Sin embargo, aquella noche sí había encontrado tiempo para Sienna.

Tomé la esfera de nieve, bajé a la cocina y la tiré a la basura.

Ronan palideció.

Sienna se apresuró a acercarse, con una expresión de culpabilidad.

—Todo esto es culpa mía. Cuando llegue Harper, podemos compartir la habitación. Por mí no hay ningún problema.

Pasé junto a ella con una sonrisa y saqué al pasillo su ropa, su cámara, sus cosméticos y el enorme lobo de peluche.

A Sienna se le llenaron los ojos de lágrimas al instante.

—¿Y dónde se supone que dormiré esta noche?

—Con Ronan —respondí, señalando con la cabeza el dormitorio principal—. Ustedes dos ya se comportan más como compañeros que nosotros.

El rostro de Sienna se puso rojo.

—¡Maeve! —exclamó—. Si no me quieres aquí, dilo y ya. No tienes por qué humillarme.

Se cubrió la cara y salió corriendo.

Por una vez, Ronan no fue detrás de ella de inmediato. Primero se volvió hacia mí, con el ceño fruncido.

—No ocupó la habitación de Harper a propósito. El Consejo podría prohibirle asistir a los eventos de la manada por pelearse con un miembro de alto rango, y está asustada. Si no la querías aquí, podrías habérmelo dicho sin hacerla sentir así.

—Esta también es mi casa —repuse, con calma—. Trajiste a otra loba y le cediste una habitación que yo había preparado para mi amiga., ¿y encima soy yo la que tiene que disculparse con todos?

Ronan se frotó la frente.

—No tenía adónde ir —insistió—. Solo serán unas noches. Pensé que la Luna de esta manada podía mostrarle un poco de compasión a una integrante nueva. Además, tú tampoco necesitaste mi permiso para invitar a Harper.

Un mes antes, habría discutido hasta quedarme sin voz. Le habría recordado que Harper no usaba su ropa, ni le pedía algo de comer a medianoche, ni mucho menos publicaba fotos sugerentes con el cuerpo pegado al suyo. En definitiva, le habría exigido que me explicara por qué una sola lágrima de Sienna importaba más que todo lo que yo sentía.

Sin embargo, ahora me limité a asentir.

—Tienes razón. Ninguno de los dos necesita el permiso del otro.

Eso significaba que tampoco necesitaba su permiso para irme de Cresta Plateada, poner fin a nuestro matrimonio o criar a mi cachorro en un lugar donde él jamás pudiera encontrarnos.

—Deberías ir a ver cómo está Sienna —dije, abriéndole la puerta principal—. Necesito terminar de hacer las maletas.

Mi respuesta pareció inquietarlo mucho más de lo que lo habría hecho mi enojo.

Ronan cruzó la habitación y me sujetó de la muñeca. La marca de apareamiento se calentó bajo sus dedos, pero yo solo sentí cansancio.

—Ella puede quedarse en un hotel.

Entonces miró más allá de mi hombro y reparó en la maleta abierta en medio de la sala, y su expresión cambió al instante.

—¿Por qué estás empacando? Maeve, ¿adónde vas?
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