تسجيل الدخولPerspectiva de Charlotte
La luz del sol golpeaba la pintura descascarada del techo de mi apartamento como un ataque personal. Llevaba lo que parecían horas tirada ahí, mirando la mancha de humedad que tenía una forma sospechosamente parecida a un dedo medio, haciendo girar el cheque en blanco entre mis dedos como si fuera una reliquia sagrada.
Bolígrafo plateado, papel crujiente y absolutamente cero instrucciones sobre cuánto escribir.
La noche anterior se repetía en mi cabeza en un bucle infinito. Louis ni siquiera había terminado su frase cuando su teléfono vibró.
Un segundo estaba mirándome como si fuera lo más interesante que había visto en su vida, ¿y al siguiente? Hielo puro. Como si alguien hubiera apretado un interruptor y apagado al ser humano.
Me arrojó el cheque al pecho como quien paga una multa de estacionamiento, murmuró «Piénsalo» y se fue.
Me dejó plantada en ese pasillo. En su estúpida y lujosa penthouse.
Me giré de lado, apretando el cheque contra mi pecho. Cincuenta mil dólares. Eso era lo que había pensado en escribir. Cincuenta mil por hacer lo que demonios fuera que él quería que hiciera.
¿Que si lo decía en serio? Absolutamente no. ¿Que si lo pensé con toda el alma de todas formas? Cien por ciento.
Mi teléfono vibró contra el colchón.
Lo agarré tan rápido que casi lo tiro de la cama. No era Louis. Era peor.
—Respira —dije, sin respirar en absoluto.
—No puedo —sollozó—. Charlotte, me están echando. Necesito pagar el resto de mis cuotas antes de que empiecen las clases en dos semanas. He estado tratando de comunicarme con mamá y papá pero no contestan y no puedo perder esto y no puedo concentrarme en preparar mis exámenes y todo es un caos y yo solo—
—Lily. Lily, para. Yo lo tengo.
Era mi hermanastra. Técnicamente. Pero era mi hermana, siempre lo había sido. Y se suponía que iba a estudiar medicina.
De verdad iba a ser doctora, lo cual era gracioso porque la idea que mi familia tenía de la atención médica era solo esperar que la tos se fuera por sí sola.
—Ni siquiera escuchaste lo que dije —hipó—. No hay manera. No tienes ese dinero. Sé que no lo tienes.
Me apreté el puente de la nariz. Era mi mala suerte de siempre. Un día después de atrapar al chico de la fraternidad, un día después de hacerme con el botín… y ahora esto.
—Hay que pagarlo todo mañana por la mañana o no podré presentar mis exámenes en diciembre —susurró—. Y voy a perder mi beca académica porque ni siquiera puedo calificar sin tener las cuotas pagadas y todo se está desmoronando…
—Lily. Te dije que lo tengo. Lo tengo.
El silencio al otro lado era pesado.
—¿Cómo?
—Solo confía en mí. ¿De acuerdo? ¿De cuánto estamos hablando?
Me lo dijo.
Y mi alma abandonó mi cuerpo.
Colgué la llamada y pasé los siguientes cinco minutos mirando mi aplicación bancaria como si estuviera personalmente conspirando contra mí. ¿El dinero del pago de anoche después de exponer al chico de la fraternidad? Apenas cubría el alquiler. Esta factura de la matrícula era… astronómica. Y ahí estaba yo, sosteniendo un cheque en blanco que había tenido demasiado miedo de tocar.
A las 8 PM, seguía dando vueltas por mi apartamento como un animal enjaulado, mordiéndome la uña del pulgar hasta el punto del dolor, repasando mentalmente todos los trabajos extras que me quedaban.
Estaba la chica que me pagó para exponer a su novio infiel. Estaba el profesor que me debía un favor. No había absolutamente nada que se acercara siquiera a lo que necesitaba.
Mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Lo miré durante tres tonos completos antes de arrebatarlo.
—¿Quién es?
—Mira por tu ventana.
Me quedé paralizada. Esa voz. Grave. Calma. Soberbia.
Se me cayó el teléfono, corrí a la ventana y bajé las cortinas baratas un centímetro.
Un Maybach negro y elegante estaba al ralentí al otro lado de la calle, pareciendo una nave espacial que se había estrellado en mi barrio de mala muerte.
—¿Cómo m****a conseguiste mi número? —susurré al teléfono.
—Soy un Lawrence —pude oír prácticamente la sonrisa de suficiencia a través del auricular—. Baja, Powell. Tenemos un trato que hacer.
—Estoy ocupada.
—Estás quebrada. —La diversión se desvaneció en algo más cortante. Odie que lo supiera—. Y tienes cuentas que pagar. Súbete al auto.
Abrí la boca para discutir, la cerré, y luego me quedé mirando mi reflejo en la ventana sucia. Allí estaba yo. Sudadera holgada desteñida, leggins con un agujero en la rodilla. El pelo en una coleta desordenada que había estado atando y desatando agresivamente durante la última hora.
Y al otro lado de la calle estaba sentada mi salvación entera.
Bajé las escaleras pisando fuerte, bueno, me negué a correr. No estaba tan desesperada.
Abrí de un tirón la pesada puerta del auto y me deslicé dentro. El contraste me golpeó como un camión. El interior olía a cuero y a dinero… dinero de verdad.
No como los niños ricos de la escuela que conducían BMW que les compraban sus padres. Esto era como… dinero viejo, dinero de generaciones. Prácticamente me estaba ahogando en él.
Louis estaba en el asiento trasero con un traje a medida. Porque, por supuesto, lo estaba. La pantalla de privacidad se levantó antes de que pudiera siquiera procesar lo que estaba pasando.
—¿Fingir que somos novios? —burlé, cruzando los brazos con tanta fuerza que casi me magullaba—. ¿Hablas en serio? ¿Qué es esto, un libro de W*****d?
Louis finalmente levantó la vista de su iPad. Lo arrojó al asiento de al lado como si no fuera nada.
—No necesito una novia. —Sus ojos se fijaron en los míos.—Necesito un parásito.
Mi mandíbula literalmente se cayó.
—¿Perdona?
—La junta directiva de mi tío está tratando de sacarme. —Se inclinó más cerca, y el olor a colonia cara llenó mis pulmones al instante.—Necesito un desastre de relaciones públicas que hunda las acciones lo suficiente como para activar una compra. Necesito que crean que estoy perdiendo la cabeza por una cazafortunas que está drenando mis cuentas.—Estaba tan cerca ahora.—Tú vas a ser ese desastre.
—Vaya. —Me recosté, o lo intenté. No había adónde ir.—Sabes cómo hacer sentir especial a una chica.
—No necesito que te sientas especial.—Sus ojos bajaron a mi boca un segundo demasiado largo.—Necesito que seas el error más caro que haya cometido nunca.
Lo miré fijamente. El instinto de supervivencia en mi cerebro ya estaba haciendo cálculos. Saqué mi teléfono.
—¿Qué estás haciendo?
—Redactando un contrato.
Parpadeó.
—¿Qué?
—Google Docs. —Mis pulgares ya volaban.—Fuente Merriweather, interlineado 1.5. Si vamos a hacer esto, lo haremos bien.
—¿Fuente Merriweather?
—No cuestiones mi proceso creativo.
Se quedó callado un minuto. Mirándome. Intenté ignorarlo. Intenté ignorar la forma en que seguía mirándome como si fuera algún tipo de rompecabezas que quería resolver.
—Regla cuatro —murmuré, tecleando lo más rápido que podía.—Cero contacto físico. Nada de tomarse de la mano y definitivamente nada de besos.
Louis se movió. De repente, su pecho rozó mi hombro. Dejé de respirar por completo. Extendió la mano, envolvió la mía con la suya, cubriéndola por completo… y presionó la tecla de retroceso.
Eliminar.
—Vetado.
Giré la cabeza hacia él. Nuestras caras estaban a centímetros.
—No toques mi teléfono.
—Necesito que mi junta directiva piense que estoy obsesionado contigo. —Su mirada bajó a mis labios. Descaradamente.—Si necesito tocarte para las cámaras, te tocaré. Añade una cláusula de compensación por riesgo si tienes miedo.
—No te tengo miedo. —Mi voz definitivamente no tembló.
—Bien. —Se recostó, con los ojos oscuros.—Escribe un número.
Escribí el monto de la matrícula. Luego le añadí un cero. Luego le añadí otro cero. Solo por diversión. Solo para ver qué haría.
Ni siquiera parpadeó. Solo sacó su bolígrafo plateado, firmó el cheque y lo deslizó en el bolsillo delantero de mi sudadera. Sus nudillos rozaron mi pecho por una fracción de segundo.
—Eso es para la primera semana. —Su sonrisa era cortante.—Recibirás el resto cuando hayamos terminado.
—Entonces seré el error más caro que hayas cometido nunca —respondí—. Y tú serás mi cartera andante.
El auto se detuvo.
Miré por la ventana polarizada. No estábamos ni cerca del campus. Esto era… un club campestre. El más exclusivo de la ciudad. Los valets abrían las puertas a los multimillonarios. Podía ver las cámaras. Cámaras de noticias, cámaras de prensa… muchísimas cámaras.
—Quítate la sudadera.
Apreté el teléfono contra mi pecho.
—¿Qué?
—Mi tío está dentro dando un discurso de apertura a nuestros cincuenta mejores inversores. —Ya se estaba desabotonando la chaqueta del traje.—Tienes exactamente tres minutos para entrar ahí, armar un escándalo y asegurarte de que cada uno de ellos piense que te estoy pagando por hora.
Se inclinó de nuevo hacia mí, y su voz bajó hasta volverse algo peligroso. Algo provocador.
—Gánate tu cheque, Powell.
La escarcha criogénica se extendía por el suelo de la subcelda en espesas nubes blancas, enroscándose alrededor de mis tobillos y trepando por mis piernas como dedos fantasma que intentaban arrastrarme hacia abajo. No podía moverme. No podía respirar. Ni siquiera podía parpadear, porque parpadear significaba aceptar lo que estaba viendo, y lo que estaba viendo no tenía ningún sentido.Lily estaba de pie sobre su hermano gemelo con una daga fría apretada contra la garganta, el pie plantado con firmeza sobre su pecho mientras lo pateaba hacia atrás, contra el hielo. Él golpeó el suelo congelado con un crujido enfermizo, su cuerpo se deslizó por la superficie resbaladiza antes de estrellarse contra la cápsula criogénica que tenía detrás. Su grito resonó en las paredes metálicas, pero Lily ni siquiera se inmutó. Solo se quedó allí, con el cabello oscuro azotándole la cara por el sistema de ventilación, pareciéndose cada vez menos a la adolescente de quince años aterrada que yo había estad
La cápsula criogénica siseaba como algo vivo y moribundo al mismo tiempo; el vapor se elevaba del vidrio cubierto de escarcha en oleadas espesas y asfixiantes que hacían que la subcelda pareciera una cripta sellada durante un siglo. No podía dejar de temblar. No por el frío, aunque el aliento se me escapaba en nubes visibles y tenía los dedos entumecidos alrededor del portabebés atado a mi pecho. No, era esa clase de temblor que nace en lo más profundo de los huesos, el que te susurra que estás al borde de algo muchísimo más grande que tú y que un solo paso en falso te haría caer para siempre.Louis no se había movido de su sitio frente a la cápsula. Tenía la espalda rígida y los hombros tan tensos que podía verle los músculos abultarse bajo la camisa; la mano —la que no tenía apoyada contra el vidrio cubierto de escarcha— la mantenía cerrada en un puño junto al costado. La mujer de dentro le había agarrado la muñeca a través de la escotilla abierta; tenía los dedos pálidos y esquelét
El suelo desapareció bajo nuestros pies sin previo aviso.En un segundo estaba ahí de pie, con la mano de Louis aferrada a la mía y la bebé apretada entre nosotros, y al siguiente caíamos en picada a través de la nada absoluta. El estómago se me subió a la garganta. La bebé soltó un llanto pequeño y sobresaltado que el viento que pasaba junto a mis oídos se tragó. Los brazos de Louis se cerraron alrededor de mí con tanta fuerza que sentí que me crujían las costillas; su cuerpo se curvó sobre nosotras como si de algún modo pudiera protegernos de la gravedad misma.Golpeamos el fondo con fuerza.El impacto me sacó todo el aire de los pulmones y me lanzó una punzada de dolor por la columna. Los dientes me castañetearon con tanta fuerza que sentí sabor a sangre. La bebé ya estaba gritando, un llanto fino y aterrado que rebotaba en las paredes metálicas, y ni siquiera podía comprobar si estaba bien porque estaba todo completamente a oscuras y no podía ver ni mi propia mano delante de la ca
Las rodillas se me doblaron antes de que mi cerebro pudiera siquiera procesar lo que mi padre acababa de decir, y habría dado contra el suelo de concreto de esta prisión de cristal si Louis no me hubiera sujetado. Su brazo se enroscó alrededor de mi cintura tan rápido que me sacó el aire de los pulmones, y me aferré a puñados de su camisa solo para no desmoronarme por completo. Me llevé la mano a la boca porque, sinceramente, ¿qué demonios se suponía que debía hacer cuando el hombre con el que me casé tal vez ni siquiera fuera el hombre con el que me casé?—Corre, Charlotte —jadeó mi padre desde la silla, con la sangre goteándole del labio partido sobre su costoso traje—. Louis no es el nombre real de tu esposo. ¡Es el hermano gemelo que encerré en el asilo hace veinte años!Las palabras rebotaron contra las paredes de cristal y volvieron a estrellarse directamente contra mi pecho como un golpe físico. Miré a Louis, lo miré de verdad, buscando alguna grieta en su rostro que me dijera
El horizonte de Nueva York parecía como si alguien acabara de desenchufar la ciudad entera de la pared.Un segundo había un millón de luces sangrando a través de los ventanales de piso a techo del Gran Ático Lawrence, y al siguiente, una oscuridad total lo engulló todo. Sin luces de emergencia de los edificios circundantes. Sin resplandor lejano de Times Square. Solo este negro pesado y sofocante que hacía sentir como si el mundo realmente hubiera terminado y nadie se hubiera molestado en avisarnos.Protocolo Omega. Las palabras rebotaban en mi cráneo como una sirena de advertencia que no podía apagar.Me quedé paralizada en medio de la sala del ático, nuestra hija de tres meses bien ajustada contra mi pecho en el portabebés táctico con el que Louis me había obligado a practicar durante dos semanas seguidas hasta que pude meterla y sacarla en menos de treinta segundos. Sus pequeñas respiraciones exhalaban vapor caliente contra mi clavícula, completamente ajena al hecho de que sus padr
La radio de emergencia flotaba sobre la superficie del agua que se drenaba como una especie de juguete enfermizo, girando perezosamente mientras aquella voz automatizada repetía la misma pesadilla una y otra vez. "SUJETO CERO CONTENIDO. INICIANDO PROTOCOLO OMEGA EN TODOS LOS SECTORES GLOBALES." Quería destrozarla. Quería estirar la mano, agarrar ese pedazo de plástico flotante y estrellarlo contra las paredes de concreto hasta que se hiciera añicos, pero mis piernas no me respondían bien y mis brazos estaban demasiado ocupados sosteniendo a la bebé mientras Louis nos sostenía a las dos como si fuéramos lo único que lo mantenía atado a la realidad.Las unidades de rescate inundaron la bóveda con su equipo táctico y sus luces intermitentes, pero nadie nos miraba a nosotros. Nadie miraba al hermano gemelo que acababa de intentar destruir a toda nuestra familia ni a los miembros del Consejo esparcidos por el suelo inundado. Todos y cada uno de ellos estaban mirando sus pantallas tácticas







