LOGINEsa misma noche, mucho después de que ambos hubieran subido a lo que técnicamente seguían siendo habitaciones separadas, aunque la distinción empezaba a sentirse cada vez más irrelevante, Mateo se quedó sentado en el borde de su cama, mirando el cajón de su mesa de noche donde guardaba, desde hacía semanas, el segundo sobre sellado de su padre. Lo había recibido el día de la firma del contrato, el mismo día en que Herrera le había revelado la existencia de una tercera carta, y desde entonces lo había dejado sin abrir, esperando, sin saberlo del todo conscientemente, el momento adecuado para enfrentar lo que fuera que su padre hubiera querido decirle.Ese momento, decidió esa noche, finalmente había llegado.Abrió el sobre con un cuidado reverente, reconociendo la letra firme y angulosa de su padre incluso antes de empezar a leer, y se sentó con la carta entre las manos, respirando hondo antes de comenzar.Mateo:Si estás leyendo esta carta, supongo que las dudas que puedas haber tenid
Pasaron varios días después del encuentro con Claudia, días marcados por una calidez nueva entre ellos, una comodidad que ya no necesitaba disfrazarse de cortesía contractual ni justificarse con excusas prácticas. Elena notó que ambos buscaban, cada vez con menos disimulo, cualquier excusa para estar cerca: Mateo se ofrecía a acompañarla a las visitas de rutina a las fincas vecinas, aunque no hiciera ninguna falta su presencia; Elena, por su parte, empezó a quedarse más tiempo del necesario en la cocina después de la cena, alargando las conversaciones con una excusa tras otra.Fue un domingo por la tarde, con una lluvia ligera cayendo sobre el tejado de la casa grande, cuando finalmente sucedió lo que ambos llevaban semanas postergando sin admitirlo del todo. Estaban en el salón, Elena sentada en el sofá con un libro que no lograba concentrarse en leer, y Mateo, después de dar vueltas por la casa buscando alguna tarea pendiente y no encontrando ninguna, terminó sentándose en el otro e
—Elena, lo que sea que estés pensando, para —dijo Mateo, deteniéndose en medio del camino, leyendo su expresión con una precisión que a ella le resultó incómoda. —No estoy pensando nada. —Estás pensando en Claudia, y en lo que representa, y te estás preguntando si de alguna manera no eres suficiente comparada con esa vida. Lo veo en tu cara. —Mateo le tomó ambas manos, obligándola a mirarlo directamente—. Elena, escúchame bien: salí con Claudia dos años, en la ciudad, y durante esos dos años nunca dejé de pensar en este pueblo, en lo que dejé sin resolver aquí. Ella representa la vida que intenté construir para olvidarme de lo que sentía. Tú representas lo único que nunca pude olvidar, por mucho que lo intentara. No hay comparación posible, porque no estamos hablando de la misma categoría de cosas. Elena sintió que algo se le aflojaba en el pecho, un alivio que no había sabido que necesitaba hasta ese momento exacto, pero la inseguridad, una vez despierta, no se disipó del todo con
La aparición de Claudia, la exnovia de Mateo de sus años en la ciudad, no fue anunciada ni esperada. Llegó al pueblo un martes por la tarde, con la excusa de "estar de paso" que nadie, empezando por el propio Mateo, se creyó del todo, y se instaló en la única posada del pueblo con la seguridad de quien está acostumbrada a que las puertas se le abran sin esfuerzo. Elena se enteró de su llegada por Yolanda, que había escuchado el chisme de boca de la dueña de la posada apenas una hora después de que Claudia registrara su estadía.—Una mujer de la ciudad, muy elegante, preguntando por la familia Aguirre —le contó Yolanda esa tarde, con la expresión de quien trae noticias que sabe que no van a ser bien recibidas—. Según cuentan, mencionó que conocía a Mateo de hace años. Y no precisamente como amigo casual.Elena sintió que el estómago se le tensaba ante la información, una reacción que reconoció, con cierta incomodidad, como puros celos sin disfrazar, algo que no había experimentado con
Fue en la cocina, casi dos meses después de la boda, preparando la cena juntos con una domesticidad que ya se había vuelto costumbre entre ellos, cuando la tensión que llevaba semanas acumulándose finalmente llegó a un punto de quiebre. Elena estaba cortando verduras en la tabla, concentrada en la tarea con la eficiencia práctica que aplicaba a todo lo que hacía, mientras Mateo se ocupaba de la carne en la sartén, ambos moviéndose por la cocina con la coreografía silenciosa que habían desarrollado sin proponérselo durante esas semanas de convivencia compartida.—Pásame la sal, por favor —pidió Mateo, sin apartar la vista de la sartén.Elena se giró para alcanzar el salero del estante superior, pero Mateo, que se había acercado al mismo tiempo con la misma intención, quedó tan cerca que Elena podía sentir su respiración contra la nuca. Ninguno de los dos se apartó de inmediato, ambos conscientes de la cercanía repentina pero sin encontrar, en ese primer instante, la voluntad necesaria
Esa noche, de vuelta en casa, se quedaron en el porche un rato más de lo necesario, sin ninguna excusa práctica para justificarlo, mirando las estrellas con esa clase de silencio que ya no era incómodo entre ellos, sino algo parecido a la comodidad. La fiesta había sido un éxito rotundo, según los estándares del pueblo, y ambos sentían el cansancio agradable de una tarde llena de conversaciones, música y comida compartida con vecinos que, poco a poco, empezaban a tratarlos como lo que oficialmente eran: una pareja casada, integrada plenamente a la vida cotidiana del lugar. —Hoy me sentí raro —dijo Mateo, de pronto, rompiendo el silencio—. En la fiesta. Sonriendo, tomándote de la mano. En algún momento dejó de sentirse como una actuación. Elena sintió que el corazón le daba un vuelco, pero eligió, con el cuidado de quien camina sobre hielo fino, mantener la voz ligera. —Es que somos buenos actores, supongo. —Supongo —repitió Mateo, sin sonar del todo convencido, y ambos se quedaron







