ログインProtagonistas: Elena Ferrán, 29 años, veterinaria que heredó una clínica rural al borde de la quiebra. Perdió a su madre hace tres años y desde entonces se prohíbe querer nada que pueda perder. Mateo Aguirre, 32 años, el heredero que se fue del pueblo hace ocho años tras una pelea con su padre, y que ahora debe "sentar cabeza" (casarse) antes de un año para heredar y así salvar las tierras donde está la clínica de Elena. Acto I — La firma: Mateo vuelve al pueblo. El testamento de su padre exige que se case en un año o pierde la herencia, que incluye el terreno de la clínica de Elena. Ella, para no perder su trabajo y el legado de su madre, y él, para no perder lo único que lo ata a su pueblo, llegan a un acuerdo: matrimonio de un año, sin sentimientos de por medio. Lo que ninguno dice es que hace ocho años, la noche antes de que Mateo se fuera, casi se besaron — y ambos han cargado ese "casi" desde entonces.
もっと見るYolanda no fue tan sutil como Diego. Encontró a Elena una tarde en la clínica, organizando el inventario con una concentración excesiva que, para alguien que la conocía tan bien, era prueba suficiente de que algo le rondaba la cabeza.—Llevas veinte minutos contando los mismos frascos de vacuna —dijo, cruzándose de brazos—. ¿Vas a contarme qué te tiene tan distraída, o tengo que adivinarlo yo sola?—No me pasa nada, Yolanda. Solo estoy organizando el inventario.—Elena Ferrán, te conozco desde que ambas usábamos coletas y nos peleábamos por quién montaba primero el caballo de tu tío. No me mientas.Elena suspiró, dejando por fin el frasco que llevaba en la mano, y se apoyó contra el mostrador con un gesto de rendición.—Es Mateo.—Obviamente es Mateo. La pregunta es qué pasa exactamente con Mateo.—Anoche hablamos. De verdad hablamos, por primera vez desde que volvió, de lo que pasó hace ocho años. —Elena se pasó una mano por el pelo, con un gesto nervioso que Yolanda reconoció de inm
Diego, el primo lejano que había servido de testigo en la boda, y que en realidad era más amigo de infancia que familiar de sangre, llegó de visita una tarde con la excusa de revisar unos papeles de la finca, aunque Mateo sospechó, desde el momento en que lo vio bajar del coche con esa sonrisa demasiado conocedora, que los papeles eran solo un pretexto.—Así que casado —dijo Diego, sentándose en el porche con una cerveza que Mateo le había servido sin preguntar—. Nunca pensé que te vería sentar cabeza tan rápido, y mucho menos con la veterinaria del pueblo. ¿Cuándo pasó todo esto exactamente, entre el funeral de tu padre y ahora?—Ya sabes las condiciones del testamento, Diego. No hace falta que finjas curiosidad genuina.—Conozco las condiciones legales. Lo que no conozco es esa cara que pones cada vez que mencionas su nombre, que por cierto no es la cara de alguien cumpliendo una obligación contractual desagradable.Mateo tomó un trago de su propia cerveza, evitando la mirada insist
Fue una noche de lluvia, semanas después, cuando finalmente hablaron de lo que había pasado ocho años atrás. Estaban en el porche, resguardados bajo el techo mientras la tormenta caía con fuerza sobre el pueblo, y quizás fue el sonido constante del agua, o el vino que habían compartido después de la cena, lo que finalmente aflojó las defensas de ambos.—Aquella noche —empezó Mateo, mirando la lluvia en lugar de mirarla a ella, como si le resultara más fácil decir la verdad sin tener que sostener su mirada al mismo tiempo—, en el porche de tu madre. Antes de irme. Casi te besé.—Lo sé. —La voz de Elena sonó más pequeña de lo que hubiera querido—. Yo también lo recuerdo.—¿Por qué crees que no lo hice?Elena se quedó en silencio un momento, sopesando la pregunta, sopesando también cuánto de la verdad estaba dispuesta a decir en voz alta después de ocho años de guardarla.—Porque yo te aparté —dijo, al fin, sorprendiéndolo a él y sorprendiéndose a sí misma con la honestidad repentina—. N
La llamada llegó pasada la medianoche: la yegua preferida de un vecino, a punto de parir, con complicaciones que requerían atención inmediata. Elena salió de la cama a toda prisa, y se encontró con Mateo ya vestido en el pasillo, con las llaves de la camioneta en la mano. —Te llevo —dijo, sin darle opción a discutir—. A esta hora, sola, por el camino de tierra, no. No hubo tiempo para protestar ni ganas tampoco, y durante el trayecto hasta la finca del vecino, Elena repasó mentalmente el procedimiento para un parto complicado mientras Mateo conducía en silencio, concentrado en la carretera oscura, con una tensión compartida que los unía sin necesidad de palabras. El parto resultó más complicado de lo esperado: el potrillo venía mal posicionado, y Elena tuvo que trabajar con rapidez y precisión, dando instrucciones breves que Mateo seguía sin cuestionar, sosteniendo a la yegua, alcanzándole instrumentos, limpiando lo que había que limpiar sin que ella tuviera que pedírselo dos veces












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