ANMELDENLa mañana llegó y yo, siendo sincera, apenas había dormido bien. No sé qué era con exactitud lo que sentía. Era un remolino de culpa, de nervios, de sensaciones que hacía tiempo no sentía. Por un lado me sentía como la chica que conoció al príncipe en su primer baile: todo era tan nuevo y excitante. Pero dentro de mí algo me decía que va a ser igual de traicionero que en aquella historia. Y si no es así… ¿y pierdo esta oportunidad?No sabía si debía ir a la plaza. Y si iba, qué haría. Era todo muy complicado. O la complicada era yo.Sonó mi alarma. Tomé el celular para apagarla y justo antes de dejarlo en la mesa, me llegó un mensaje.📱 Brayan: Buenos días. Estoy ansioso por verte. Y espero que te guste.Me quedé leyendo el mensaje. Por un lado pensaba: qué intenso. Pero en mi estómago las putas mariposas no dejaban de volar. O chocar contra ellas. No estoy segura.Aunque no entendía bien qué quería decir con eso de "espero que te guste".En eso, siento el timbre. Me pongo lo primero
—¿Me vas a contar o tengo que sacarlo con tenazas?Olivia está apoyada en el marco de la puerta, los brazos cruzados, el pelo todavía húmedo formando pequeños rizos pegados a las mejillas. Tiene esa sonrisa suya, la de ya lo sé todo pero quiero oírlo de tu boca.Yo no respondo. Sigo recogiendo los mandos de la PlayStation y las tazas de chocolate. Las llevo a la cocina. Abro el grifo. Enjuago. El agua fría me ayuda a bajar la temperatura de la cara.—Ofelia —dice ella desde la puerta de la cocina, con un tono que ya no es de broma—. ¿Puedes explicarme cómo pasaste de no querer una cita con él a devorarse en el sofá?—Nadie se devoró a nadie —respondo, sin volverme. Froto la taza de la sonrisa con más fuerza de la necesaria.—¿Ah, no? ¿Y por qué él estaba sin camisa y tú casi desnuda?—Nos mojamos —digo, cerrando el grifo de golpe—. Cayó una tormenta. Nos cambiamos de ropa. Nada más.Dejo las tazas en el escurr
No es él. No es él. No es él.El mantra que me mantiene a salvo. La cadena que me impide caer.—Brayan… —empiezo, pero no sé cómo terminar la frase.Él espera. Sin prisa. Con los brazos a los lados, las palmas abiertas, como si me estuviera diciendo no voy a atacar, solo voy a quedarme aquí, mirándote, hasta que decidas qué hacer conmigo.La tormenta ruge afuera. Dentro, el silencio se estira como una cuerda que podría romperse en cualquier momento.Y ninguno de los dos se mueve.—Dime que ese no e es el diálogo de tu próxima película porque es pésimo—suelto, y mi voz sale más firme de lo que me siento.Él parpadea. Luego sonríe. Luego suelta una carcajada baja, sincera, que nace en su pecho desnudo y se escapa por sus labios como un animal pequeño que llevaba mucho tiempo enjaulado.La tensión se rompe. No del todo —queda un hilo, una hebra pegajosa que nos conecta— pero se afloja lo suficiente para que p
Salimos juntos de la cafetería y el cielo se había nublado por completo. No esa nube gris y perezosa que anuncia una llovizna cortés. No. Era una masa densa, violenta, de un azul plomizo que apretaba desde arriba como si el cielo quisiera aplastar la calle.—Espero que nos dé tiempo llegar sin empaparnos —digo, aunque ya sé que no. Se huele la tormenta en el aire. Huele a tierra anticipada, a ozono, a algo eléctrico que me eriza los vellos de los brazos.—Debí haber traído el auto —responde Brayan, y hay un dejo de culpa en su voz, como si mojarme fuera una herida que él mismo me ha causado.No le digo que no importa. Porque sí importa. Pero no por la lluvia.Nos montamos en la moto. Basta doblar la esquina para que el cielo se rompa. No es lluvia. Es un muro de agua que nos golpea el pecho, la cara, los brazos. Los relámpagos rasgan el cielo en blanco y los truenos llegan tan cerca que los siento en los dientes. Me aprieto a él. No por miedo. Por instinto. Su espalda es lo único cali
El silencio no es incómodo. Es otra cosa. Es como si el tiempo hubiera decidido estirarse solo para nosotros, para que cada segundo dure más de lo que debería.Pido lo primero que veo en la carta. Un capuchino. No porque quiera café, sino porque necesito hacer algo con mis manos. Brayan pide lo mismo, pero añade algo más en voz baja al camarero, que asiente y se retira con esa sonrisa medida que no logro descifrar.—¿Puedo preguntarte algo? —dice él, apoyando los codos en la mesa.—Depende de qué sea.—¿Por qué me miraste así? Ese día en la calle. Cuando me quité el casco.La pregunta me atraviesa. Pienso en Harry. En cómo me miraba él. En cómo nunca necesité explicarle nada porque simplemente entendía.—No te miré de ninguna manera —miento.—Mientes mal.Sonríe. Y por un segundo, su sonrisa me recuerda a la del príncipe. La misma seguridad. El mismo brillo en los ojos. Pero también hay algo más, algo
Las 2:45. Mi vestido más simple. El que no dice "me he arreglado para ti", sino "me da igual, pero no quería ir en pijama". Mentira. Me lo probé tres veces.Mi hermana se asoma a la puerta de mi habitación con una sonrisa de suficiencia.—¿ Porque te miro y pareces una condenada a muerte?—No pasó nada —miento.—Claro. Por eso tienes las manos sudando.La miro. Ella no sabe que en otro mundo, en otro tiempo que solo existió en mis noches, un hombre con esa misma cara me prometió un reino y me entregó dolor. No sabe que vi cómo sus dedos, esos mismos dedos que ahora escribirán mensajes tontos, se enredaban en el cabello de otra. No sabe que lloré hasta quedarme vacía, y que lo único bueno que me trajo fue que despues conocí a Harry . Entonces me vino a la mente que si después de conocer a Brayan tal vez de alguna forma me pueda encontrar con Harry. Pero todo es muy absurdo está es mi realidad no ese sueño .—Solo es un chico —digo en voz baja.—Eso digo yo.Suena el timbre.Mi corazón







