Se connecter—¿Qué? —exclamé impaciente—. ¿Qué ocurrió?
—Cuando Ragnar, Mendel y los muchachos retrocedieron, no lograron encontrarlos —respondió Milo—. Sospechaban que los habían atrapado o algo peor, pero eran pocos y les resultaba imposible acercarse al castillo, porque ya habían hecho salir a toda la guarnición humana y todas las amazonas y pálidos de la reina.
—La amiga de Ragnar llegó poco después, preguntando por ustedes. Juraba por Dios y todos los santos que les había abierto la puerta con sus propias manos y los había visto salir del castillo con sus propios ojos —terció Mora con un gruñido.
—Tuvieron que esperar a la noche siguiente para salir a investigar —agregó Milo—. Al parecer, el castillo era un caos después de las muertes y la fuga, y había patrullas de humanos y parias hasta debajo de los hongos. Palabras de Mendel, no mías.
—¿La amiga de Ragnar no volvió para averiguar qué nos había ocurrido?
—No se atrevía, y no la culpo —respondió Mora—. Se quedó escondida en su casa hasta que pasara el revuelo. Y tal vez acabe cruzando las montañas para refugiarse con nosotros.
—¿Y cómo diablos llegué aquí?
—La única forma que tú y Risa tenían de alejarse del castillo era siguiendo una franja de tierra floja muy estrecha, al borde de un acantilado de más de doscientos metros de profundidad —dijo Milo, sin molestarse por mi brusquedad—. Brenan, que no te va atrás en temerario, encontró la forma de bajar la pared del acantilado. Y te descubrió inconsciente una docena de metros más abajo, más colgando de milagro que caído en una roca inclinada. Estabas directamente debajo de la avenida de acceso al castillo, la que ustedes tenían que bordear para alcanzar el bosque.
La caída hacia la oscuridad en mis sueños. La caída que me despertaba constantemente, agitado y bañado en sudor. Tal como Ragnar anticipara, no era sólo un sueño sino un recuerdo. Pero no había rastros de Risa en él.
—Te encontraron solo —se anticipó Mora—. Cuando lograron sacarte de allí, los muchachos descendieron hasta el fondo del precipicio, pero no encontraron a Risa. No había huellas en la nieve, ni sangre, ni jirones de tela. Nada. Pasaron varios días más buscando y jamás hallaron rastros de ella.
Los miré alternativamente en el silencio que siguió, el ceño fruncido, un fuego horrible quemándome el pecho y las entrañas.
—¿Eso es todo? —los increpé—. ¿No la hallaron y ya, me trajeron de regreso? ¿¡La abandonaron a su suerte!?
Los dos hundieron la cabeza entre los hombros y me di cuenta que había usado la voz de mando. Por si me quedaban dudas que aún era Alfa. No que fuera a disculparme por hacerles sentir mi furia y mi angustia.
—Ya, Mael, nadie la ha abandonado —masculló Mora con la expresión contraída.
—Seguimos buscándola en este mismo momento —agregó Milo masajeándose las sienes—. No nosotros dos, por supuesto.
—Mendel sigue al otro lado de la frontera con sus hijos y los míos. Y Ragnar acaba de partir a reunirse con ellos.
Me obligué a respirar hondo hasta calmarme un poco.
—¿Cuándo sucedió todo esto? —inquirí, sin poder evitar cierto resquemor a escuchar la respuesta.
—Un mes —dijo Milo sin rodeos—. Aunque no te rompiste ningún hueso de milagro cuando caíste por el barranco, estabas en un estado lastimoso. Pasaste las dos primeras semanas al borde de la muerte. Luego superaste la fiebre, pero seguías inconsciente. Hasta que comenzaste a reaccionar, hace menos de una semana.
—Ragnar nos dijo que te estabas desintoxicando —dijo Mora—. Tu organismo se estaba limpiando de lo que sea que usan los parias para someternos. A él le llevó varios meses, pero pasó más de diez años prisionero.
—¡Un mes! —repetí en un susurro, cerrando los ojos al tiempo que apretaba el pendiente de adularia en mi puño—. ¡Un mes sin rastros de ella! ¿Es posible que siga viva?
—Madre siempre decía que los compañeros sienten la muerte del otro aunque estén a cientos de kilómetros de distancia —terció Milo.
Me froté el pecho con gesto ausente. Me resultaba imposible discernir mis propias emociones, más allá de mi necesidad rayante con la desesperación por volver a ver a Risa. ¿Sería eso a lo que madre se refería? ¿Era sí como se sentía la pérdida irreparable de un compañero?
Mora apoyó una mano en mi brazo con sonrisa triste.
—Date tiempo, Mael —dijo con acento cálido—. Además, ya conoces a madre, con su gusto por la poesía.
—¿No saben si ha tenido alguna visión sobre Risa?
Mis hermanos menearon la cabeza.
—Si la tuvo, no la compartirá con nosotros. Pidió que le escribas tan pronto estés en condiciones —respondió Mora—. Tenemos aquí un cuervo que puede…
—¡Bardo! —la interrumpí irguiéndome—. ¿Qué fue de él?
—Desapareció de Vargrheim hace al menos tres semanas —respondió Mora—. No estamos seguros cuándo exactamente. Yo ya estaba aquí, y nadie lo vio partir.
—¡Milo! —llamó Enyd en ese momento—. ¡Ha llegado mensaje de Baltar! ¡Y Garnik estará aquí en pocas horas con noticias!
Y ahora sí llegamos al final de la historia de Risa y Mael. Y vaya que han pasado cosas desde ese atardecer en el bosque en el que se vieron por primera vez. Fue un verdadero viaje lleno de altibajos y emociones de toda clase, y estoy muy satisfecha con la forma en que se desarrollaron los personajes y la historia en sí.Sé que tod@s quieren más, y yo también estoy super encariñada con los personajes y este universo, pero éste es el final que tenía planeado, y después de dos años escribiendo sobre ellos, mi cerebro pide por favor vacaciones, porque está a la vez saturado y exprimido.Tal vez en el futuro retome la historia. No es una afirmación ni una promesa, es un tal vez, si encuentro más cosas interesantes para contar sobre ellos. Porque les aseguro que a nadie le interesaría leer cómo Risa aprende a usar una rueca o cuánta leña corta Mael por día, que es lo que se viene para ellos.Quiero agradecerles por enésima vez todo su apoyo y su constancia, que me ayudaron a seguir sin darm
Cruzar el filo y comenzar el descenso me produjo una sensación indescriptible de tranquilidad, como si me hubieran quitado un peso enorme de los hombros y el pecho. Porque ya no tendríamos que preocuparnos de amenazas, y podríamos dedicarnos en cuerpo y alma a lo que más deseábamos en el mundo: construir nuestro hogar, criar a nuestros hijos, vivir en paz lejos de todo conflicto.Brenan se quedó atrás en el bosque, procurándose un bocado, pero nosotros continuamos a un trote rápido hacia el prado y el establo donde los niños dormían.La corpulenta sombra de Dugan apareció en medio del pasillo entre las cuadras cuando entramos, sigiloso y vigilante. Nos olfateó en silencio y movió la cola antes de hacerse a un lado, como si nuestras esencias respondieran cualquier pregunta.Aine y Sigrid se habían echado con los niños y alzaron la cabeza al escucharnos. Ellas tampoco dijeron nada ni hicieron preguntas. Se levantaron sin ruido y dejaron la cuadra, moviendo la cola como Dugan.—¿Nadie pr
Nos adentramos solos en el bosque, donde me desvestí y volví a cambiar. Mael me dejó echada junto al caballo y se internó entre los árboles en busca de algo para comer. Yo estaba tan débil que sentía que perdería el sentido de un momento a otro. El caballo norteño, que aprendiera de Briga y nuestros otros animales a no espantarse al vernos en cuatro patas, se acercó a olisquearme y me lamió la frente, sobresaltándome.Al verme abrir los ojos y alzar la cabeza hacia él, me observó con atención, y tan pronto volví a entornar los ojos, me lamió de nuevo. Jadeé suavemente, riendo para mis adentros, reconfortada por sus cuidados inesperados. Cuando moví la cola, pifió suavemente y frotó su hocico con el mío antes de seguir lamiéndome.Así nos encontró Mael, que me traía un zorro y lo dejó frente a mí riendo por lo bajo.—Mírate nada más —dijo—. En un momento estás asesinando parias a mano desnuda, y al siguiente pareces lo bastante inofensiva para que uno de estos caballos porfiados te con
Permanecí a caballo, avanzando al paso hacia el límite del pueblo y los cultivos que quemáramos. No habían ardido completamente, y en la parte más alejada aún quedaba una alta pared de maíz maduro.De sólo verla me dio mala espina, porque era lo bastante extensa para ocultar dos o tres docenas de hombres. Y apenas superé la última casa, escuché el rumor casi imperceptible, inconfundible, de las hojas moviéndose. Sólo que esa noche no corría ni siquiera una leve brisa.Detuve mi caballo y desmonté sin apartar la vista de ese extremo. No me molesté en desenvainar el machete que colgaba de mi cinto, porque me sentía más segura con las manos libres. Mi falta de experiencia con armas blancas hacía que me resultara más sencillo usar mis propias manos.Me interné entre las mazorcas quemadas directamente hacia la esquina en c
Mael seguía gruñendo y rezongando como hiciera durante las tres últimas horas, desde que me viera trepar por la colina hacia él, el atado de ropa balanceándose bajo mi hocico. Había intentado convencerme de que regresara a nuestro lado del valle con argumentos razonables. Cuando vio que eso no funcionaba, insistió sin ocultar su impaciencia y su exasperación. Cuando vio que eso tampoco funcionaba, se mostró abiertamente enfadado conmigo por primera vez desde que nos conociéramos.Yo había dejado el atado de ropa entre las rocas frente a mí y me había sentado jadeando suavemente, porque aún en cuatro patas era una subida cansadora. Lo dejé sonreír, lo dejé resoplar, lo dejé ponerse brusco. Hasta que alzó un poco la voz, algo que no había hecho jamás. Entonces recogí mi atado de ropa y crucé el filo para descender hacia
Bardo regresó con la noticia de que Kian en persona venía a nuestro encuentro con refuerzos, de modo que Mael decidió que lo mejor era que Kellan y Declan, luego de rodear las colinas, no regresaran con nosotros y cruzaran la parte septentrional del bosque para salir a recibirlos.Nosotros, en tanto, establecimos una rutina que nos permitiera pasar esos días con tanta normalidad como fuera posible. Dugan y Brenan se turnaban para trabajar con Mael y cazar, mientras Aine y Sigrid se alternaban para ayudarme y montar guardia en el filo de las colinas. Por la noche, Mael, Dugan y Brenan se encargaban de la guardia.Distaba de ser lo ideal, pero era lo más seguro. Y desde lo alto de las colinas, comprobamos que los humanos habían tomado en serio la amenaza, y poco a poco iban dejando la aldea hacia el oeste, llevándose consigo cuanto podían transportar.Era una buena señal, aunque éramos conscient







