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La isla

Author: Mila Dalvi
last update publish date: 2026-09-06 23:47:16

Horas después, Cristal y Franco salieron hacia el aeropuerto privado, antes de subir al avión, Cristal se detuvo por un momento, franco apretó su mano como para darle ánimo, poco después, el avión privado despegó. Cristal apretó los brazos del asiento con fuerza. Era la primera vez que subía a un avión y tenía un miedo horrible, el estómago se le revolvió, trató de que no se le notara, no quería que Franco se avergonzara de ella.

—¿Todo bien? —preguntó él, mirándola.

—Sí —mintió ella, tratando
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  • Lágrimas de Cristal   La doctora Greco

    La doctora Greco revisó el cuarto con calma, abrió el armario, miró la comida del niño, y revisó el cuaderno de enfermería. No hizo una sola pregunta hasta que terminó.—Su hijo está limpio, bien alimentado, y con todos los cuidados médicos al día —dijo, cerrando el cuaderno— eso lo veo yo misma. Ahora hablemos de usted.Cristal asintió, con las manos juntas sobre las piernas.—¿Cuándo llegó a Italia?—Hace tres semanas.—¿Con qué documentos?—Con mi pasaporte, y el de Thiago.—Los pasaportes de los dos son brasileños y válidos —dijo la doctora, hojeando papeles— pero en la denuncia dice que usted entró con una visa de trabajo falsa.Diogo, sentado junto a la ventana, se enderezó.—La visa es auténtica, doctora, mi empresa tiene una sede aquí, en Nápoles, y la contrató como diseñadora externa para poder regularizarla. Está todo en regla, con el sello consular.—¿Diseñadora? —preguntó la mujer, mirando a Cristal.—Todavía no he diseñado nada —admitió ella, con una sonrisa tímida— pero

  • Lágrimas de Cristal   Una madre sin freno

    Los dos hombres subieron en el ascensor, y Diogo los esperó en el pasillo, el agente de la puerta se les adelantó, y habló con ellos en voz baja. Uno de los hombres le entregó unos papeles, y el policía los leyó con el ceño fruncido.—Signor Maranhão —dijo, al fin— estos señores son de la fiscalía de Palermo. Quieren hacerle unas preguntas.—Con mucho gusto —respondió Diogo— mi abogado llega en veinte minutos.—No es una detención —aclaró uno de ellos, en un español— es una citación formal. La embajada de Brasil nos pasó una solicitud, y tenemos que verificarla. Mañana a las nueve, en la fiscalía.—Ahí estaré.—Y no salga de la ciudad.Se fueron. Diogo se pasó la mano por la cara, y se quedó un momento apoyado en la pared. Cuando levantó la vista, Cristal estaba en la puerta del cuarto, mirándolo con preocupación.—¿Quiénes eran?—Cosas del trabajo.—Diogo.Él suspiró, y le contó todo en pocas palabras, sin adornos. Cristal se quedó pálida.—Es por mi culpa, por ayudarme, te están des

  • Lágrimas de Cristal   La convención de la Haya

    El abogado Ferraro llegó al hospital a media mañana, con cara de no haber dormido, se sentó con Cristal y Diogo en una sala, y puso la petición sobre la mesa.—Brasil e Italia firmaron un tratado que obliga a devolver a un niño al país donde vivía, si uno de los padres lo saca sin permiso del otro —explicó— el nombre es Convención de La Haya. Es un trámite rápido, y casi siempre se resuelve a favor de quien lo pide.—¿Casi siempre? —preguntó Cristal.—Hay una excepción, si devolver al niño lo expone a un riesgo grave, físico o psicológico, el juez puede negarse.—Entonces eso es lo que vamos a probar —dijo Diogo.—Exacto, y por eso necesito todo lo que tengan. Informes médicos, fotografías, testigos, cualquier cosa que muestre cómo era la vida de Thiago y de Cristal en esa casa.Cristal bajó la mirada, se frotó el brazo izquierdo, donde todavía quedaba una marca amarillenta casi invisible.—Tengo las fotos que me sacó el doctor, el día antes de irnos.—Perfecto, también necesito que u

  • Lágrimas de Cristal   Visitas desde Brasil

    Piero soltó el carrito y salió corriendo por el pasillo, pero se topó de frente con el agente que cuidaba la puerta, que lo sujetó por los brazos sin mucho esfuerzo.—Quieto —dijo el policía en italiano— ¿qué hacía en ese cuarto?—Nada, nada, iba a cambiar la basura —balbuceó Piero.—A las tres de la mañana —dijo Diogo, que lo miraba fijamente— no creo que sea hora de sacar basura.El hombre bajó la cabeza, tardó diez minutos en hablar, y cuando lo hizo, ya no tenía cómo negar.—Me dijeron que solo tenía que tomar una foto de la ficha médica del niño, y ver qué medicinas le ponían. Nada más, juro que no iba a hacerle daño.—¿Quién se lo dijo?—Un hombre, Nicola, no sé su apellido.—¿Y qué buscaba ese Nicola con las medicinas de un niño?—No me lo dijeron, señor, yo solo hago lo que me pagan.Se lo llevaron esposado. Diogo regresó al cuarto de Thiago, y encontró a Cristal ya despierta, sentada con los ojos muy abiertos.—Oí ruidos.—Ya está todo controlado —dijo él— pero mañana pedimos

  • Lágrimas de Cristal   Papá

    Thiago salió de terapia intensiva a media tarde, con una mascarilla de oxígeno cubriendo su pequeño rostro, Cristal caminó al lado de la camilla, sin soltarle la mano, hasta que lo acomodaron en una habitación con una ventana que daba al jardín.—Está estable —dijo el doctor Conti— la fiebre ya no subió, y los pulmones responden bien. Si sigue así, en diez días podría irse a casa.—¿Diez días? —preguntó Cristal.—Es lo mínimo, señora, esta infección no se puede apurar, debe permanecer bajo vigilancia médica.Cuando el doctor salió, Cristal se sentó junto a la cama, y se quedó mirando a su hijo. Llevaba la misma ropa desde hacía dos días, y tenía unas enormes ojeras oscuras.La puerta se abrió, y entró Diogo con una bolsa de papel.—No me digas que no tienes hambre —dijo.—No tengo hambre.—Marlene me dijo que no has comido desde ayer.—Marlene exagera.—Marlene no exagera nunca —contestó él, sacando de la bolsa un envase de sopa, pan y una manzana— y yo no me voy de aquí hasta que te

  • Lágrimas de Cristal   El juicio

    Al día siguiente por la mañana, Franco llegó al tribunal con su abogado y dos policías que lo escoltaban, parecía otro hombre, sin afeitar, con ojeras, con el traje arrugado.Lorena llegó poco después, llevaba un vestido gris, sencillo, sin joyas, tenía los ojos rojos, como si no hubiera dormido. Había pasado la noche ensayando frente al espejo.Franco ya estaba sentado en la sala, junto a su abogado, no la miró cuando ella pasó. Lorena se acomodó a unos metros, con su propio abogado, un italiano que había conseguido esa misma madrugada.—Recuerde llorar solo cuando se lo pregunte la jueza —le susurró el hombre— y no hable de más.—Yo sé lo que tengo que hacer.La jueza Costanza Bellini entró en la sala, y todos se pusieron de pie. Era una mujer de unos cincuenta años.—Signora Bianchi —dijo, mirándola— la señora Pires la acusa de haberla empujado por una escalera, provocándole la pérdida de un embarazo. ¿Qué responde?Lorena juntó las manos, y bajó la cabeza.—Que es una mentira crue

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