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Tres días con él

Author: Mila Dalvi
last update publish date: 2026-07-17 09:31:30

Eran las tres de la mañana, la casa estaba por completo en silencio, Cristal estaba acostada en su cama, con los ojos abiertos mirando el techo, no podía dormir recordando cuando vio a Franco con Lorena. 

Desde que los escuchó desde el otro lado de la puerta diciendo cosas que aunque no las entendía, le hacían sentir cosas  extrañas solo de recordarlas. La manera en que Franco colocaba sus manos en el cuerpo de ella, la manera en cómo recorría con su boca su cuello, ella no sabía lo que se sentía, pero recordarlo le hacía temblar el pecho como si tuviera un animal adentro.

Se dio vuelta en la cama, se tapó la cara con la almohada, luego se destapó, se dio la vuelta otra vez. Pero el recuerdo volvió, más nítido, más fuerte, como si los tuviera enfrente.

Y entre las piernas sintió otra vez, esa cosa, esa cosa nueva, que ella no sabía nombrar, y que la asustaba más que cualquier paliza de Cabeludo, más que cualquier grito de su padre, más que cualquier maltrato de Lorena. Esa cosa que le apretaba el pecho y le hacía arder la piel y le nublaba la cabeza.

Apretó los ojos con fuerza, apretó las sábanas, trató de rezar, pero no pudo, y entonces, sin pensar, sin entender bien lo que hacía, sin poder aguantar más, se tocó.

Su mano se movió sola, tocó su pecho y bajó por su cintura, por su barriga, hasta llegar abajo, bajó su ropa interior mientras la respiración se le entrecortaba, sintiendo el corazón en la garganta. Y cuando se tocó, ahí, en ese lugar que nadie había tocado nunca, el mundo se le dio vuelta.

Fue como un relámpago, un calor que le subió desde la panza hasta el pecho, le recorrió la cara, hasta la punta de los dedos. Se mordió los labios para no gritar, mordió la almohada. 

Le temblaba todo el cuerpo, sentía que se iba a morir de vergüenza, de placer, de miedo, todo junto, todo mezclado. Y por un segundo sintió algo que se parecía a lo que había sentido al escuchar gemir a Lorena esa noche. Era algo que le daba miedo, que le daba vergüenza. Algo que, sin embargo, no podía parar, se tocó moviendo su mano más fuerte. Después se detuvo, asustada de sí misma, tapándose la cara con la sábana.

Cuando se detuvo, tenía la cara empapada de lágrimas, sentía que ya no se conocía. Que se había roto por dentro.

—Dios mío —susurró, tapándose la cara— Dios mío, perdóname, no soy yo. Dios mío, no soy yo.

Se acostó de lado, hecha un ovillo, mirando la pared, apretó el péndulo de cristal contra su pecho, y rezó en silencio, durante horas. Rezó el padrenuestro, rezó el avemaría, rezó todas las oraciones que la vieja Mércia le había enseñado cuando ella todavía era una niña inocente en la favela, sin saber todavía lo que era el mundo, lo que era el cuerpo, lo que era el deseo de un hombre.

Y al final, llorando, se dijo a sí misma, con la voz rota por la culpa y el miedo, por el placer que todavía sentía en el cuerpo:

—Me voy a ir al infierno, me voy a ir al infierno, nací con mala estrella, mamá.

A la mañana siguiente, bajó a desayunar con los ojos hinchados, con las mejillas rojas como dos manzanas, con la mirada clavada en el piso, sin atreverse a levantar la cabeza. Marlene le sirvió café con leche y le puso la mano en la frente.

—¿Estás con fiebre, mija? —le preguntó— estás roja.

—No, señora, estoy bien.

—Estás ardiendo.

—Estoy bien.

Se sentó en su lugar, en la mesa de la cocina, con las manos juntas, sin tocar el plato, sin levantar los ojos. Y entonces lo sintió antes de verlo, Franco entró a la cocina, sintió el olor a cigarro, a perfume, a hombre. Y el corazón se le subió a la garganta.

Franco se sentó a desayunar en la cocina con ellas, sin mirarla, abrió el periódico y tomó café.

—Come —dijo, sin levantar la vista.

Cristal tomó un pedazo de pan, lo apretó en la mano, lo soltó y lo volvió a tomar, le temblaban los dedos.

Franco, de pronto, levantó la vista del periódico y la miró directo a los ojos.

—¿Qué te pasa? —preguntó Franco.

—Nada, señor.

—Estás roja.

—No, señor.

—Mentirosa, te pasa algo.

—Le juro que no, señor.

Franco dejó el periódico en la mesa, se levantó y caminó, despacio, alrededor de la mesa, con esa forma que tenía de moverse, como si todo le perteneciera. Se paró al lado de ella y le puso la mano en la frente. 

Cristal cerró los ojos por un momento, su mano se sentía tan diferente a la de Marlene, era grande, caliente y pesada, en ese instante le volvió el recuerdo de la noche anterior. El calor, el temblor, la vergüenza, se le cortó la respiración.

—No tienes fiebre —dijo Franco.

—No, señor.

—Entonces es otra cosa.

—Le juro que no.

Franco la miró por un largo rato, como analizándola, después bajó la voz, para que solo ella lo oyera, y agregó:

—Mira, esta semana me vas a acompañar.

Cristal levantó la cabeza, de golpe.

—¿Acompañarlo? ¿A dónde?

—A la playa de Búzios, conmigo, serán tres días.

Y sin decir más, se dio vuelta y se fue de la cocina.

Cristal se quedó ahí, con el pan en la mano y las mejillas ardiendo,, con el corazón en la garganta con el diablo y el ángel peleando en su cabeza, los dos a los gritos, los dos tirando para su lado. El diablo le decía que fuera con él, el ángel le decía que huyera. 

Se imaginó sola con él, tres días enteros, no sabía si estaba preparada para algo así.

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