MasukEl viento azotaba el estacionamiento de la Penitenciaría como una cuchilla helada.Augusto permanecía apoyado contra el auto, con la carta todavía abierta entre las manos.Thomas estaba a su lado, sujetándose el saco como si algo dentro de él se hubiera derrumbado.El silencio entre ambos pesaba como el plomo.Thomas se pasó una mano por el rostro y respiró profundamente.— ¿Cómo… cómo no nos dimos cuenta? —su voz salió baja, quebrada—. Siempre estuvo allí. En medio de todo. Ayudando en las investigaciones, en las búsquedas… acercándose a nosotros. Y yo… yo fallé, Augusto. El enemigo estaba a nuestro lado y no lo vi.Augusto dobló la carta lentamente.Su mirada estaba distante, pero había fuego en ella.— No te culpes, Thomas —dijo con firmeza—. Supo esconderse. Sabía exactamente dónde atacar… cómo acercarse… y cuándo dar el golpe.Thomas golpeó el capó del auto con el puño, no por rabia, sino por dolor.— Nos utilizó.— Sí —respondió Augusto, con la mandíbula rígida—. Y ahora sabe qu
La sala de visitas de la prisión era fría, no solo por la temperatura, sino también por el silencio.Una mesa de metal separaba a Augusto y Thomas del hombre sentado frente a ellos.Wesley Silva no era corpulento. No era violento.Pero parecía cargar con un mundo entero de derrotas.Sus ojos, cansados y hundidos, no mostraban arrogancia ni resistencia.Solo una verdad cruda.Respiró profundamente antes de hablar:— Señor Augusto… investigador Thomas… —comenzó con voz ronca—. No quiero dinero. No estoy aquí para pedir nada. Solo quiero… una oportunidad. Una conversación sincera. Voy a contarles todo lo que sé. Y… si es posible… —tragó saliva— quisiera que me ayudaran.Thomas mantuvo la mirada firme y atenta.Augusto simplemente escuchó, serio, pero sin mostrarse distante.Wesley se pasó una mano por el rostro, temblando.— Estoy aquí porque hice una estupidez. Lo sé —su voz se quebró, pero no retrocedió—. Entré a robar en una farmacia con un arma.Augusto permaneció inmóvil.Thomas sim
Augusto salió de la oficina sintiendo todavía el peso de la conversación con su padre resonando en su mente.Sus manos estaban firmes, pero por dentro algo palpitaba: la urgencia.Caminó por el pasillo hasta el área de la presidencia.El escritorio de Eloise estaba vacío.Se detuvo, manteniendo la mirada fija durante un instante.Ella nunca llegaba tarde. Nunca se iba sin avisar.Se dio la vuelta y caminó hasta la recepción de la presidencia.Sofia estaba allí, con una postura impecable y el teléfono a mano, aunque su mirada delataba los nervios de su primer día.— Sofia —la llamó él con voz firme.Ella casi dejó caer el teléfono al darse la vuelta.— S-señor Monteiro…— ¿Dónde está Eloise? —preguntó directamente, sin dureza, pero sin rodeos.Sofia tragó saliva.— Eloise… eh… fue… —intentó comenzar, pero la voz le falló.Augusto simplemente arqueó una ceja.Sofia respiró profundamente, intentando recomponerse.— Fue a encontrarse con Emma en el quinto piso, señor. Si quiere, puedo lla
El ascensor se abrió y Eloise y José Monteiro caminaron uno al lado del otro hasta la recepción de la presidencia.José asintió y siguió hacia la oficina de Augusto.Eloise permaneció allí durante un momento, observándolo hasta que su silueta desapareció al doblar el pasillo.Respiró profundamente y se acomodó el cabello detrás de la oreja.Cuando se dio la vuelta, encontró a Nathalia y Sofia intentando, claramente sin éxito, fingir naturalidad.— Entonces… ¿de qué están chismeando? —preguntó Eloise, arqueando una ceja.Nathalia, que estaba con los brazos cruzados y una sonrisa traviesa, escondió rápidamente las manos detrás de la espalda, intentando disimular.— ¿Nosotras? ¡Esperándote, por supuesto! —respondió, demasiado entusiasmada para parecer inocente.Sofia asintió, pero el brillo de sus ojos la delataba.Eloise entrecerró los ojos.— ¿Qué están tramando…?Nathalia dio un p
El ascensor se abrió con un sonido suave y Eloise bajó al vestíbulo. El lugar todavía estaba lleno de gente. El sonido de los pasos, los teléfonos sonando y las puertas automáticas creaban una rutina casi hipnótica. Se dirigió directamente al mostrador de recepción. — Gracias, Maria —dijo, recogiendo el celular que había olvidado. — De nada, señora Nogueira —respondió la recepcionista, sonriendo. Eloise se acomodó el bolso sobre el hombro y se volvió hacia el ascensor. Pero antes de que pudiera dar el primer paso, una voz familiar la llamó desde atrás: — ¡Hola, Elô! ¿Cómo estás? Hace tiempo que no te veo. Ella se volvió, sorprendida. — Hola, Lucas —respondió con una sonrisa educada—. Sí… He estado trabajando mucho. Él se acercó, con la mirada demasiado fija y una sonrisa rígida. — ¿Estás bien… después del acci
El despertador sonó a las siete en punto, rompiendo el silencio del dormitorio.El sonido insistente llenó el ambiente durante algunos segundos, hasta que una mano somnolienta lo silenció.Eloise, todavía con los ojos cerrados, suspiró y se acurrucó aún más contra el pecho de Augusto.Él permaneció inmóvil, observándola.Su rostro estaba tranquilo y su respiración era lenta.Por un instante, Augusto se olvidó de todo: del trabajo, de la intrusión, de los planes. Simplemente se quedó allí, sintiendo el ligero peso del cuerpo de ella entre sus brazos.El sol atravesaba las rendijas de las cortinas, dibujando franjas doradas por el dormitorio.La luz acariciaba las sábanas, el rostro de Eloise y el anillo de su mano, que brilló suavemente.Augusto sonrió ligeramente.Aquella escena parecía un extraño fragmento de paz en un mundo que, desde hacía días, solo le ofrecía caos.Se apartó con cuidado para no despertarla, se puso los pantalones de vestir y se dirigió al baño.El agua fría sobre







