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MIA POR DEUDA
MIA POR DEUDA
Autor: Nelpin

VENDIDA

Autor: Nelpin
last update Data de publicação: 2026-04-24 03:58:00

**ELENA**

El silencio en el estudio de mi padre era tan pesado que podía escuchar los latidos desbocados de mi propio corazón. Él no se atrevía a mirarme. Sus manos temblaban mientras sostenía una copa de cristal vacía. ¿Qué demonios le está pasando? El hombre que respetaba y admiraba ahora me estaba haciendo esto. ¡Tan estúpida soy!

—Dime que es una broma, papá —exigí, apretando los puños a mis costados.

—No lo es, Elena. Si no firmo este acuerdo, mañana vendrán a embargar la casa y yo terminaré en una celda —su voz sonó rota, patética.

—¿Y tu solución es venderme? ¿Como si fuera una maldita propiedad de la empresa?

—No es una venta, es un matrimonio de conveniencia. ¡Eres una exagerada!

—¡Es lo mismo cuando el comprador es Damián Cavalli! —grité, sintiendo una mezcla de náuseas y furia—. Sabes lo que ese hombre le hizo a nuestros socios. Es un monstruo. No hay mujer que salga bien librada de su cama. ¿Es que no te duele que tu hija caiga en sus manos?

—Él prometió que no te faltará nada, hija. Limpiará mi deuda y te dará una asignación mensual. Solo son dos años. Además, es peor que te entregues aún muerto de hambre; por lo menos con este matrimonio estás salvando a tu papito.

—Dos años de mi vida a cambio de tu libertad para seguir cometiendo errores —sentí una lágrima traicionera rodar por mi mejilla, pero la limpié de inmediato—. ¿Cuándo va a suceder eso?

—Él está afuera, Elena. ¡Lo lamento, princesa! Ya verás que te tratará como una reina, porque eso eres para mí.

Me quedé helada. Mis ojos se dirigieron a la puerta doble de roble.

—¿Afuera? ¿Ahora mismo? ¡Qué carajos!

—Vino a supervisar que firmes el consentimiento. Es un hombre desconfiado; debes tenerle paciencia.

La puerta se abrió sin previo aviso. No hubo un golpe, solo el chirrido de las bisagras y la presencia de un hombre que parecía devorar toda la luz de la habitación. Damián Cavalli vestía un traje gris hecho a medida que resaltaba su altura imponente y sus hombros anchos. Sus ojos, oscuros y gélidos, se clavaron en los míos.

—¿Interrumpo algo? —preguntó con una voz aterciopelada que escondía una amenaza.

—Solo mi dignidad, señor Cavalli, son unas bestias —respondí, dándole la cara a pesar de que mis piernas querían fallar.

Damián esbozó una sonrisa ladeada, carente de cualquier rastro de humor. Mientras mi yo interior estaba que echaba chispas de coraje. Aunque sea guapo, eso no le quita lo salvaje que es.

—Tu dignidad tiene un precio muy alto, Elena. Diez millones de dólares, para ser exactos. Me imagino que ya te lo dijo tu papito.

—Usted no me conoce. ¡No soy tan atractiva y mucho menos sumisa!

—Sé lo suficiente. Sé que harás lo que sea para que tu padre no termine en una fosa común. Así es el mundo, cariño, cruel y devorador. 

—Es un chantaje —acusé, acercándome a él hasta sentir el aroma a sándalo y peligro que emanaba de su piel.

—Es una transacción comercial. Yo necesito una esposa que proyecte una imagen de estabilidad para mi nueva fusión, y tú necesitas que tu familia no se muera de hambre. Tu padre no quiere ir preso, las deudas no lo dejan respirar, pero por suerte tiene algo que me interesa. 

Damián sacó un bolígrafo de oro de su bolsillo interior y lo dejó sobre el escritorio, justo encima del contrato. Maldita sea, este hombre presume su riqueza de una manera ridícula.

—Firma —ordenó.

—¿Y si me niego?

Él se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Sus dedos rozaron mi barbilla, obligándome a sostenerle la mirada.

—Entonces verás cómo destruyo cada ladrillo de esta casa antes de que termine el día.

“Es un demonio vestido de caballero”.

—Elena, por favor… Firma de una buena vez, deja de tonterías; el señor se puede arrepentir. —Suplicó mi padre desde el rincón.

Miré el papel. Las cláusulas eran una sentencia: convivencia obligatoria, apariciones públicas, fidelidad absoluta. Tomé el bolígrafo. Mis dedos rozaron los de Damián y una corriente eléctrica me recorrió el brazo.

—Dos años —murmuré, estampando mi firma con un trazo violento—. Pero que le quede claro algo, señor Cavalli: puede comprar mi tiempo y mi nombre, pero jamás podrá comprarme a mí. Espero que respete eso.

Él tomó el documento y lo examinó con meticulosidad. Luego, guardó el bolígrafo y se enderezó.

—Eso ya lo veremos, señora Cavalli. El auto nos espera afuera. Prepárate, nos vamos a tu nueva casa. De ahora en adelante, olvídate de todos.

—¿Ahora? —pregunté, parpadeando confundida.

—He pagado la factura completa, Elena. No dejo mi mercancía en manos ajenas.

—¡Papá! Di algo. 

—Ya tus cosas están en las maletas; los sirvientes las subirán al auto. Gracias, hija, tu papito estará agradecido contigo siempre. 

El trayecto hacia la residencia de Damián transcurrió en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el ronroneo del motor del vehículo de lujo. Me pegué a la puerta, intentando poner la mayor distancia posible entre mi cuerpo y el hombre que acababa de comprar mi libertad. A través del cristal tintado, vi cómo mi antigua vida desaparecía entre las sombras de la noche.

“Adiós, Elena. Ya no te pertenece”. Me dije mentalmente.

—Deja de mirar atrás —la voz de Damián cortó el aire como una cuchilla—. No hay nada en esa casa que valga el precio que he pagado por ti.

Me giré para encararlo, apretando el bolso contra mis rodillas para ocultar el temblor de mis dedos.

—Para usted todo tiene un valor monetario, ¿verdad? —le espeté con amargura—. Las personas, los sentimientos… incluso la humillación.

Damián ni siquiera se inmutó. Estaba revisando unos informes en su tableta electrónica, la luz azulada del dispositivo acentuando las líneas duras de su mandíbula y la perfección casi irreal de sus facciones. Mientras yo maldecía al padre que me tocó, que lo único que ve es dinero. Te odio, papá. 

—El sentimentalismo es un lujo que los perdedores como tu padre no pueden permitirse. Yo prefiero los activos tangibles.

—Y yo soy el activo más reciente en su cartera, señor. —concluí, sintiendo una punzada de náuseas. Qué más da, ahora era de su propiedad; solamente rogaba que los dos años pasaran con rapidez.

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Último capítulo

  • MIA POR DEUDA   EPILOGO

    **DAMIAN**“He pasado la mitad de mi existencia auditando el peso exacto de los contenedores de acero y calculando los dividendos de la naviera central, pero ver cómo mi imperio de hierro ha quedado completamente desarmado bajo los pies descalzos de tres niños es el único balance perfecto que mis números jamás podrán registrar”.El atardecer de la costa caía sobre la terraza principal de la villa, tiñendo el horizonte marino de un tono cobrizo, denso. Permanecí de pie junto a la balaustrada de piedra, vistiendo un pantalón oscuro flojo y una camisa de lino gris perla con las mangas recogidas hasta los codos, libre de la rigidez formal de mis viejos sastres de la City, pero manteniendo esa fijeza café inquebrantable fija en el jardín inferior. El aroma dulce del jazmín ascendía desde los parterres nuevos, borrando cualquier vestigio del salitre y la brea de la aduana vieja.Cinco años habían transcurrido desde la madrugada en que las gemelas forzaron las costuras de la clínica privada.

  • MIA POR DEUDA   PERDERLAS, JAMAS

    **DAMIAN**Cediendo sutilmente a su berrinche, la cargué en vilo con una fijeza rotunda que protegió su anatomía del menor esfuerzo. La trasladé con zancadas lentas hacia el diván de la veranda cerrada, donde la luz templada de la tarde costera comenzaba a teñir los cristales de un tono cobrizo. Nos sumergimos en un encuentro íntimo, pausado y protector; un juego de caricias lentas y demandantes donde mis manos calientes delinearon la curvatura de su vientre, sintiendo el movimiento sutil de las gemelas bajo mis palmas.“Puedes gobernar mi orgullo con un solo parpadeo de tus ojos verdes, Elena, pero en este santuario de cristal sigues respondiendo exclusivamente a mi frecuencia”.Nos complementábamos de una forma implacable: mi fuerza corporativa ponía las rejas de oro para blindar su salud de las hienas del exterior, y su entrega amorosa era el único dividendo capaz de pacificar mis celos territoriales. Rocco se mantuvo en el sendero inferior, vigilando que el radio residencial perma

  • MIA POR DEUDA   ABURRIDA

    **ELENA**Se me arrugó el rostro de inmediato ante su brutalidad protectora y le hice un puchero de frustración contenida, con una audacia indomable que intentaba restarle drama a su pánico corporativo.—No soy una prisionera de tus muelles, Damián —le respondí en un susurro denso, espeso, tirando de su mano para obligarlo a doblar las rodillas frente a la camilla—. Son tus hijas las que se están abriendo espacio; no puedes ponerle un bloqueo naval a mi cuerpo.El regreso a la villa costera se ejecutó bajo una atmósfera cargada de alta tensión. Rocco nos esperaba en el porche inferior, apagando los intercomunicadores y ordenando a la nodriza que retirara a Leo hacia los jardines del ala este para evitarnos cualquier impacto que alterara mis sienes.Damián me cargó en vilo por el pasillo de madera noble, ignorando mis jadeos suaves y mis quejas informales hasta depositarme sobre el colchón de plumas de la suite alta. Se despojó de su chaleco oscuro con una parsimonia violenta, dejándom

  • MIA POR DEUDA   ¿GEMELAS?

    **DAMIAN**Mis zancadas felinas devoraron la distancia formal entre nosotros en un fragmento de segundo, bloqueando su silueta contra la mesa de juntas privada antes de que pudiera pronunciar una sola cláusula de papel. Mi aroma denso a sándalo la colonizó de golpe, obligándola a reclinar la cabeza para sostener la línea de mi mandíbula de piedra.—Estás revisando contratos de seguridad a las diez de la noche, esposo —me murmuró entre jadeos suaves, plantando sus manos calientes en mi pecho desnudo con una audacia indomable—. Tus celos territoriales te van a secar las sienes si no dejas descansar los balances de la naviera.—Estoy revisando el imperio que levanté para ti —le siseé entre dientes, y mis falanges masivas la atraparon por la nuca con una presión exacta, milimétrica, que anuló cualquier amago de distancia—. Te advertí que lo dominante no se me quita con los años, y ver este sastre blanco en mi oficina me despierta una urgencia sádica que ningún contrato puede regular.Se l

  • MIA POR DEUDA   SU RETRATO

    **ELENA**Escuché las zancadas felinas de Damián antes de que su silueta inmensa bloqueara la luz que entraba por el lateral del porche. Mi esposo apareció despojándose del chaleco oscuro, con la camisa de lino gris perla desabrochada hasta la mitad del pecho y su aroma denso a sándalo borrando de golpe el perfume de las flores. Se detuvo junto a mi mecedora, clavando su fijeza café en los movimientos del niño con una rigidez de CEO dominante que me provocó una sonrisa sutil de complacencia sádica.—Ese niño está doblando las rodillas sin ninguna fijeza formal, Elena —siseé entre dientes, y su tono profundo bajó a ese registro espeso y denso que usaba para auditar los muelles—. Si no aprende a plantar los talones con firmeza, los capataces del norte no le van a respetar el carácter cuando tenga que heredar las líneas navieras.—Tiene apenas un año y medio, cariño —le respondí con una audacia indomable, girando la cabeza para obligarlo a sostener el peso de mi mirada—. No puedes aplica

  • MIA POR DEUDA   UNA SERENIDAD

    **DAMIAN**“Controlar el tráfico de mercancías en el muelle central requiere un pulso firme, pero obligar a mi mente a asimilar que el jazmín de su piel casi se apaga en mis manos es un balance que me mantiene el sistema en un parpadeo constante de alerta”.El regreso al ala norte de la villa costera se ejecutó bajo mis órdenes más estrictas de cuarentena residencial. Permanecí de pie junto al umbral de la suite principal, con las manos hundidas en los bolsillos de mi pantalón oscuro y la camisa de lino gris perla desabrochada, vigilando el laberinto de seda de nuestra cama con una fijeza café que no se había relajado desde la madrugada de la clínica. Mis zancadas felinas eran cortas, pesadas, condicionadas por el eco del terror que todavía me vibraba en las sienes.Rocco avanzó por el pasillo de madera noble con su parsimonia de siempre, deteniéndose a la distancia formal justa. No traía carpetas comerciales ni los habituales pliegos de la City; su rigidez reglamentaria estaba volcad

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