LOGINEl primer rayo de sol cruzó el ventanal del dormitorio, cortando la penumbra de la estancia. Peter abrió los ojos despacio, sintiendo el cuerpo pesado y la cabeza resentida tras la discusión de la noche anterior. Se giró hacia el otro lado de la cama de matrimonio. Las sábanas de seda estaban intactas, frías y estiradas. Olivia no había regresado a dormír a la casa.Se levantó con lentitud, caminó hacia el gran vestidor para comprobar si faltaba alguna maleta y luego bajó las escaleras hasta la planta principal. El silencio de la residencia era absoluto. En el garaje, el espacio del coche de su esposa continuaba vacío. Olivia había decidido pasar la noche fuera para castigarlo con su ausencia, una maniobra clásica en ella cuando las cosas no salían como quería. Estaba actuando de una manera infantil e inmadura, buscando desesperadamente que él perdiera la cabeza, la llamara por teléfono o mandara a buscarla por toda la ciudad.Peter se quedó mirando el espacio vacío en el garaje y neg
Olivia dio un paso atrás, chocando contra el borde de la mesa de los accesorios. Se cruzó de brazos y mantuvo la vista fija en la alfombra, mordiéndose el labio inferior. La incomodidad de haber quedado al descubierto terminó por desatar en ella la rabia que llevaba retenida.—Ayer... cuando llegaste de noche —murmuró ella, alzando la mirada con tono desafiante—. Hablabas entre dientes en el baño. Dijiste su nombre dos veces antes de meterte a la ducha. Y hoy... hoy tu abogada también hizo un comentario.A Peter se le heló la sangre en las venas. La mención de Catalina actuó como un detonante en su cabeza.—¿Catalina? ¿Qué tiene que ver ella con esto? —preguntó, cerrando el espacio entre los dos.—Nada, Peter. No tiene nada que ver —respondió Olivia con desengaño—. Le estaba contando lo distante que te he sentido y mencioné que habías nombrado a una mujer de tu pasado. Ella solo me dijo que no me involucrara en tus asuntos viejos y que me enfocara en la casa. Fue profesional, eso es t
El trayecto de regreso a casa fue un tormento de pensamientos encontrados. Peter conducía en silencio mientras la luz de los faros cortaba la penumbra de la carretera, con los músculos del cuello tensos y una migraña sorda pulsándole detrás de las sienes. Cada kilómetro recorrido aumentaba el peso que llevaba encima. Sentía la molestia física del cansancio, pero sobre todo la presión de un secreto que empezaba a salírsele de las manos.Al cruzar el portón y aparcar el vehículo en el garaje de la residencia, se tomó unos segundos antes de apagar el motor. Se quedó con las manos pegadas al volante, mirando la entrada principal iluminada. Deseaba poder congelar el tiempo ahí mismo, evitar entrar y enfrentarse a la rutina de una vida que, de repente, sentía ajena.Abrió la puerta de la casa con lentitud. El silencio del recibidor solo duró un instante antes de que los pasos firmes de Olivia resonaran por el pasillo.Ella lo esperaba de pie cerca del salón principal. Lucía deslumbrante, en
El trayecto de regreso a casa fue un tormento de pensamientos encontrados. Peter conducía en silencio mientras la luz de los faros cortaba la penumbra de la carretera, con los músculos del cuello tensos y una migraña sorda pulsándole detrás de las sienes. Cada kilómetro recorrido aumentaba el peso que llevaba encima. Sentía la molestia física del cansancio, pero sobre todo la presión de un secreto que empezaba a salírsele de las manos.Al cruzar el portón y aparcar el vehículo en el garaje de la residencia, se tomó unos segundos antes de apagar el motor. Se quedó con las manos pegadas al volante, mirando la entrada principal iluminada. Deseaba poder congelar el tiempo ahí mismo, evitar entrar y enfrentarse a la rutina de una vida que, de repente, sentía ajena.Abrió la puerta de la casa con lentitud. El silencio del recibidor solo duró un instante antes de que los pasos firmes de Olivia resonaran por el pasillo.Ella lo esperaba de pie cerca del salón principal. Lucía deslumbrante, en
El resto de la mañana en el despacho transcurrió entre el timbre constante del teléfono, el teclear sobre el ordenador y el crujido de las carpetas de manila que se apilaban en la mesa de caoba. Catalina intentó enfocar toda su atención en los expedientes de bienes raíces, pero la calma que le habían dejado las rosas de Renold le duró poco. A medida que corrían las horas, la misma duda volvió a inquietarla: la amenaza de que los problemas que creía superados volvieran a su vida sin avisar.A las dos de la tarde, su secretaria dio dos golpecitos secos a la puerta antes de asomarse.—Licenciada, la señora Olivia está aquí. Dice que tenía una cita con usted.Catalina soltó un suspiro corto, dio un trago al café ya tibio para despejarse y forzó su mejor sonrisa profesional.—Hazla pasar. Y tráenos dos tazas de café recién colado, por favor.Olivia entró con paso seguro. Lucía impecable con un conjunto beige de abrigo y pantalón, el pelo rubio peinado en ondas suaves y una amplia sonrisa q
Al día siguiente, la rutina en casa de Catalina comenzó temprano. Mientras terminaba de arreglarse para llevar a Matías a la escuela y luego irse al despacho, el timbre de la puerta principal sonó. Catalina caminó hacia la entrada y, al abrir, se encontró en el pórtico con un mensajero que llevaba un enorme y elegante arreglo de rosas frescas.Catalina tomó el ramo con sorpresa. Buscó la pequeña tarjeta entre los pétalos y la abrió. Al leer la nota, una sonrisa sincera se dibujó en su rostro: «Sabes que siempre estaré para sacarte una sonrisa. Rey».El gesto le dio una ráfaga de tranquilidad en medio de tanta tensión acumulada. Acercó el ramo para oler las rosas y respiró hondo, sintiendo cómo los hombros se le relajaban por primera vez en varios días.—¿De parte de quién son? —preguntó Matías, apareciendo en la entrada.El niño llevaba puesta una camiseta blanca de estilo oversize y unos pantalones de mezclilla negros. Tenía el cabello marrón bien peinado hacia atrás y sus ojos azul







