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Capítulo 3

작가: Martha Ramos
El cirujano mantuvo el ceño fruncido durante toda la cirugía.

La sustancia que me habían inyectado para mantenerme consciente interfería con los anestésicos, por lo que la anestesia apenas me hacía efecto, pero yo ya ni siquiera tenía fuerzas para gemir.

Después de la cirugía, me llevaron a una habitación.

Gael llegó. Se sentó junto a mi cama, y sus lágrimas me cayeron sobre el rostro.

—Perdóname. Nunca más voy a dejar que sufras.

Antes, si lo hubiera visto así, me habría apresurado a consolarlo y a decirle que no pasaba nada.

Pero ahora solo me daba asco.

En ese momento, la puerta se abrió.

—Gael, ¿tienes hambre? Te compré desayuno.

Era Elena.

Gael soltó mi mano y respondió sin siquiera mirarla.

—No quiero comer. Cómetelo tú. En tres horas te vas de regreso al país en el avión de evacuación. Aquí no estás segura.

—No quiero irme sola. Me da miedo. ¿Me acompañas, sí?

Elena habló con un tono meloso y caprichoso.

—No. Tengo que quedarme con Sofía.

Gael se negó sin dudarlo.

—Pero de verdad me da mucho miedo…

Como era de esperarse, Gael dudó. Al final, terminó cediendo.

—Entonces hablaré con el equipo. Yo mismo te acompañaré.

Él siempre decía que solo me amaba a mí, pero cuando se trataba de Elena, siempre se ablandaba y nunca podía negarle nada.

Antes de salir, Gael ordenó a los dos agentes de su propio equipo que custodiaban la puerta que fueran a coordinar la evacuación de Elena. Después salió con ellos. En cuanto los tres se alejaron y la puerta se cerró, Elena mostró su verdadera cara.

Se acercó a mi cama y me soltó una bofetada.

—Estás despierta, ¿verdad? Deja de fingir. Sé que te inyectaron algo para mantenerte consciente.

Con el poco aliento que me quedaba, murmuré casi sin voz el comando que activaba la grabadora del celular, que estaba entre mis pertenencias sobre la mesa junto a la cama. Elena no alcanzó a oírme y, como creía que yo no podía moverme ni hablar, no sospechó nada.

Elena me miró con aire de superioridad, con los ojos llenos de burla y satisfacción.

—¿Qué? ¿Te gustó que varios hombres abusaran de ti? Escuché que ya ni siquiera puedes mover las manos ni los pies. Qué lástima.

Abrí los ojos con dificultad y la miré con frialdad.

—Aunque esté así, tú nunca vas a convertirte en la esposa de Gael.

Elena llevaba años obsesionada con Gael, aunque él nunca le había correspondido.

El rostro de Elena cambió, pero de pronto soltó una risa despectiva.

—No cantes victoria. ¿No sabías que Gael va a llevarme de regreso para que me atribuyan el mérito de la captura? Todo el mérito será mío.

La miré con rabia y reuní todas mis fuerzas para articular unas palabras.

—Ustedes no tienen vergüenza.

En esta operación de captura, originalmente solo nuestro equipo debía participar.

Gael dijo que estaba preocupado por mí, así que también vino con su propio equipo.

Pero no vino porque le importara. Vino para entregarme a los rebeldes y condenarme a aquella tortura.

Y ahora, incluso querían atribuirle a Elena el mérito de una captura en la que perdimos a dos compañeros.

Elena sacó una jeringa y, sin dudarlo, inyectó su contenido en la vía intravenosa que tenía conectada.

—Mejor muérete de una vez. Con lo mal que estás, seguir viva solo te hará sufrir más.

Esbozó una sonrisa cargada de malicia.

—¿Sabes qué te acabo de inyectar? Una solución contaminada con bacterias y endotoxinas. En tu estado, puede provocarte una sepsis fulminante. Gael también teme que arruines sus planes, así que será mejor que desaparezcas de una vez. Adiós. Y en tu próxima vida, mantente lejos de Gael.

Soltó una carcajada y se fue como si nada.

Durante la hora siguiente, mi fiebre subió de forma alarmante y empecé a perder la conciencia. De pronto, los aparatos a mi alrededor comenzaron a emitir alarmas agudas.

Médicos, enfermeras y mis compañeros entraron corriendo. Todo se volvió un caos.

—Los signos vitales de la paciente se están desplomando. Su sangre ya no coagula correctamente. Si sigue así, puede entrar en choque séptico y morir. ¡Hay que trasladarla de urgencia al país! Este hospital no cuenta con los hemoderivados ni con el tratamiento especializado que necesita.

—¡Ahora no hay vuelos internacionales ni otra evacuación disponible!

Mis compañeros entraron en pánico.

De pronto, uno de mis compañeros pareció recordar algo y exclamó:

—¡No, esperen! Gael solicitó un avión de evacuación. ¡Podemos llevar a Sofía de regreso en él!

Sentí una chispa de esperanza en el pecho.

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