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Un matrimonio de prueba

Autor: Milkaina
last update Data de publicação: 2026-07-13 21:49:09

Capítulo 5 

Pasaron unos segundos y el eco de esa última pregunta aún flotaba en el aire frío de la medianoche, suspendido entre el parpadeo de la luz artificial y el rugido sutil del motor del automóvil de lujo.

¿Te casarías conmigo?

—Nicolás… yo ahora mismo solo quiero salir de ahí cuanto antes —respondió Amara con la voz tensa, intentando procesar el torbellino de su vida.

Él asintió, le abrió la puerta del vehículo y con un gesto la ayudó a subirse al automóvil.

—Ven conmigo, te llevaré.

Minutos más tarde, sentada en el automóvil de Nicolás con su equipaje resguardado en el maletero, Amara se dio cuenta de que no habían hablado de a dónde iría ella. Asumió que Lisa le indicó que la llevara a su casa.

—Lamento darte estas molestias —murmuró ella bajando la mirada.

—No es ninguna molestia.

—Yo… nunca supe qué había pasado contigo, desapareciste al día siguiente… no volví a verte… ni siquiera pude agradecerte.

—No tenías nada que agradecer.

—Tu amabilidad fue reconfortante… Te lo agradezco, necesitaba llorar y necesitaba compañía, y me brindaste ambas cosas.

El trayecto continuó en un silencio respetuoso, hasta que el vehículo atravesó unas imponentes puertas de hierro forjado que se abrieron de par en par. Cuando Amara siguió a Nicolás a su mansión, por fin comprendió que no la llevaba a un refugio temporal, sino a su propia mansión.

Al entrar al majestuoso vestíbulo, los esperaba el personal de servicio. En sus expresiones se vio la sorpresa de verlo llegar acompañado, no obstante, el recibimiento fue muy cálido.

Amara no entendió nada de aquel recibimiento tan familiar.

Lo escucho dar órdenes, dispuso que le llevaran su equipaje y sus cosas a una habitación, le ofreció bocadillos y la instó a sentarse en un sofá.

Ella lo miró tratando de aclararle que no se quedaría.

—Yo… no puedo quedarme aquí…

—Lisa no está en la ciudad, y no me perdonaría dejarte en un hotel, así que… Amara, no tienes que estar nerviosa conmigo, tampoco tienes que tomar una decisión hoy mismo, no te voy a presionar, pero quiero una respuesta —dijo Nicolás con calma.

—¡No nos conocemos de nada, tenemos tiempo sin vernos! ¡Cómo podríamos casarnos! Además, ¿qué ganas tú casándote conmigo?

—Te querías casar con el imbécil de Edward; entre él y yo, cualquiera te diría que conmigo sales ganando. —Yo soy mejor que él —le indico sonriendo.

Él y yo teníamos más de dos años saliendo; pensé que era... el señor correcto.

—Creias conocerlo y, sin embargo, no funcionó… lo nuestro sí funcionará.

—Nicolás... él… me refiero a Edward, que no va a dejarlo pasar —murmuró Amara, mientras se tocaba la mejilla magullada—. Te harás un enemigo peligroso por mi culpa.

—Sé que enfrentarte sola a un magnate lleno de dinero como Barrett abruma, pero no es lo mismo en mi caso —respondió con su voz ronca y firme—; incluso espero la confrontación. Amara creyó percibir un dejo de satisfacción.

—Nicolás, no pienso dormir tranquila hasta que pongamos las cartas sobre la mesa —le dijo ella, plantándose frente a él con la barbilla en alto—. No sé qué clase de juego ideaste con Lisa, ni cuáles son tus motivos reales para aparecer ahora y ofrecerme matrimonio, pero déjame dejar algo muy claro: acabo de escapar de una relación donde me trataron como un cero a la izquierda. No voy a cambiar de dueño ni a meterme en otra jaula de oro.

Nicolás la observó en completo silencio. No se inmutó ante su hostilidad; al contrario, una chispa de profunda admiración brilló en el fondo de su mirada. Se puso de pie con su imponente altura, aunque seguía quedando a pocos pasos de ella.

—No te estoy ofreciendo una jaula, Amara —replicó él, bajando el tono, con una intensidad que le cortó la respiración—. Te estoy ofreciendo un escudo. Edward no se va a quedar de brazos cruzados ahora que lo has dejado, y lo sabes.

—Pues… buscaré un abogado, alquilaré un local pequeño para mi taller de costura y saldré adelante sola, como siempre lo he hecho —respondió con orgullo, aunque su voz tembló levemente.

Nicolás la miró fijamente, evaluando cada fibra de su resistencia antes de soltar la jugada maestra. Sabía que acorralarla solo la haría huir; necesitaba darle lo que más valoraba: el control de su propia vida.

Amara apretó los puños, sintiendo un escalofrío al recordar la furia con la que Edward solía reaccionar.

—Solo por curiosidad… ese matrimonio que propones, ¿cómo sería…? ¿Cuáles serían las condiciones?

Nicolás la observó con una intensidad profunda.

—Podríamos hacer un trato —propuso Nicolás con una media sonrisa calculadora y magnética—. Un matrimonio de prueba. Solo seis meses.

Amara parpadeó, desconcertada ante el giro repentino.

—¿Un matrimonio de prueba? —preguntó con una voz apenas audible.

—Exacto. Ante la alta sociedad y frente a Edward, serás mi esposa oficial, lo que mantendrá a ese imbécil a kilómetros de distancia —continuó él, dando un paso más hacia ella, acortando la distancia—. Pero en la intimidad, las reglas las pones tú. Y te ofrezco algo más: al cabo de esos seis meses, si sigues queriendo marcharte, yo mismo firmaré el divorcio sin poner una sola objeción. Y no solo eso... te financiaré por completo tu propia marca de alta costura, sin pedirte absolutamente nada a cambio. Tendrás tu taller, tus recursos y tu libertad.

El silencio se apoderó de la estancia. Amara sintió que el suelo bajo sus pies se tambaleaba, pero esta vez por una razón completamente distinta. No pudo evitar pensar que… la oferta era tentadora y un deseo de venganza y de protegerse la invadió. Aun así, Amara quiso indagar más sobre esa locura.

Ningún hombre en su sano juicio, y menos un magnate del calibre de Nicolás Kristakos, regalaba un cheque en blanco y su propia libertad de esa manera.

—¿Por qué harías algo así por mí? Sigo sin entender qué ganas tú —le indico ella en un susurro, con los ojos fijos en los suyos, intentando descifrar el misterio detrás de ese azul impenetrable.

Nicolás se inclinó ligeramente hacia ella, rozando con su presencia el espacio vital de Amara, mientras su voz se volvía un murmullo ronco y cargado de una verdad que ella aún no estaba lista para creer:

—Porque hay mujeres que valen la pena y tú eres una de ellas. ¿Aceptas el trato?

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