LOGINAmara Zayd pensó que su historia de amor con Edward Barrett era perfecta, aun considerando las pequeñas imperfecciones. Sin embargo, en una sola noche, Amara despierta de su sueño. Entendiendo que Edward no la dejaría vivir en paz, y en un acto impulsivo de venganza, decide casarse por contrato con Nicolás, el rival empresarial de Edward. Nicolás Kristakos, no es un salvador común. Es un hombre posesivo, magnético y letal que entra en su vida como un incendio. Tan imponente como implacable, Nicolás no es el salvador que Amara esperaba, sino un hombre que también tiene un pasado y sus propias motivaciones para casarse. Entre ambos comienza una danza peligrosa donde la desconfianza de Amara se enfrenta a una atracción que no puede ignorar, y la actitud de Nicolás esconde una intensidad que amenaza con quemar las barreras que ella se ha visto obligada a levantar. Ahora, Amara se ve atrapada entre un amor que le fue infiel y un hombre que tal vez exija más de lo que ella está dispuesta a dar. En el trayecto, Amara lucha por sacar adelante su carrera de diseño y sanar sus heridas, y deberá enfrentarse a la pregunta que la atormenta: ¿Es este nuevo vínculo otro desengaño, o es la oportunidad de descubrir una pasión que desafía todo lo que creía saber sobre el amor? En un juego de poder donde nada es lo que parece, Amara descubrirá que, a veces, la forma más rápida de encontrar el camino propio es arriesgarse a arder en el proceso. La pregunta es… ¿Se convertirá ella finalmente en la primera opción de otra persona?
View MoreCapítulo 1
—Rompamos, acabemos con todo esto.
Edward Barret miró a Amara con una mezcla de asombro e incredulidad, como si ella acabara de proponer una locura absoluta. Para él, el violento golpe que le había propinado en la mejilla minutos antes era solo un desliz justificable en medio del caos, un «pequeño castigo» ante lo que consideraba una falta imperdonable en su comportamiento.
Edward levantó una ceja, con una sonrisa cínica pintada en los labios.
—¿Quieres romper? —soltó con burla—. ¿Solo por esa bofetada de hace un momento? Reconócelo, te pusiste histérica y te lo merecías. Corta el drama de una vez.
Después de escuchar sus palabras, Amara se dio cuenta de que en su corazón ya no quedaban rastros del hombre del que se había enamorado; quizás nunca fue el hombre que pensaba.
Con la mano temblorosa presiono la piel ardiente y enrojecida de su rostro, observándolo con una frialdad que helaba la sangre.
Hace pocos minutos, había entrado a ese hotel con el corazón en la mano y la ilusión de un futuro juntos.
—Se acabó. Lo nuestro fue un error, un estúpido error —su voz sonó firme, quebrada únicamente por la profunda decepción—.
Hoy era el cumpleaños de Edward. Ignorando su constante insistencia en mantener un perfil bajo y ocultar su relación frente a la alta sociedad, Amara había decidido arriesgarse. Trato de olvidar lo distante que él se había vuelto. Estaba convencida de que ninguna relación era perfecta y haría que esta noche fuera especial.
Quería sorprenderlo, olvidar sus desacuerdos y arreglar las cosas e incluso…esperaba insinuarle ella misma lo del matrimonio, convencida de que su amor de dos años podía ser lo suficientemente sólido como para desafiar al clan Barrett y sus diferencias sociales.
Pasó el día preparando un gran banquete para los dos, cocinó su comida preferida y eligió su mejor vestido, uno que había confeccionado con sus propias manos. Arregló la mesa y se sentó a esperarlo con ansias.
El principio de su pesadilla comenzó cuando recibió un mensaje de texto anónimo en su teléfono móvil:
«Si quieres saber qué hace tu novio cuando no estás mirando, sube al piso 4 a la suite privada del ala norte del Hotel Palace».
Al llegar al vestíbulo del lujoso hotel revestido de mármol y cristales, su vestido —sencillo y confeccionado por ella misma— desentonaba dolorosamente con la opulencia del lugar, avivando esa persistente inseguridad que intentaba ocultar.
No obstante, sintiendo una punzada de pánico, buscó el ascensor y subió hasta llegar al piso indicado. Al estar frente a la puerta de la suite, pudo escuchar gemidos y jadeos, y escuchó a una mujer pronunciar el nombre de Edward. Sintió como si le hubieran apuñalado el corazón.
No pudo evitarlo, tenía que comprobarlo. De un vistazo se dio cuenta de que la puerta estaba entreabierta, bastó un ligero empujón con la yema de los dedos para que cediera.
La imagen que se reflejó ante sus ojos la dejó completamente sin aliento, helándole la sangre en las venas.
—¡Edward! —le grito sin poder evitarlo.
Ahí estaban. Edward, en compañía de una mujer. Y no cualquier mujer, la reconoció como la hermana de crianza de Edward.
Él tenía la camisa fuera de los pantalones, el cabello alborotado y las manos aferradas con desesperación a la cintura de Rebeca mientras le quitaba la ropa y se devoraban en un beso tan profundo, crudo y voraz que parecía borrar al resto del mundo.
Sus respiraciones se mezclaban en un eco indecente en el silencio de la habitación, una traición descarada e íntima expuesta ante sus propios ojos.
La escena evidenciaba una familiaridad que dejaba entender que esa traición no era de una sola ocasión, sino una relación clandestina que se había mantenido durante todo el tiempo que ella pasó esperando fielmente en casa, creyendo en sus mentiras.
«Cómo podía ser este, el hombre con el que pensaba que, a pesar de sus diferencias, podía unir su vida para siempre».
Esa mujer con la que él la estaba traicionando, desde el inicio de su relación, no solo se había convertido en su sombra y en su peor crítica dentro de la familia, sino que esa noche se erigía ante sus ojos como su más despiadada rival.
La primera en reaccionar fue Rebeca. Ella, con una sonrisa calculada, perversa y profundamente cínica pintada en los labios perfectos, fingió una falsa y condescendiente compasión mientras terminaba de apuñalarla con las palabras más venenosas que pudo encontrar:
—Pobrecita, de verdad me das pena... ¿Qué pretendías? ¿Hacerte ahora la gran señora de la alta sociedad y venir a reclamar derechos que no posees? Despierta de una vez de tu patética fantasía. No eres más que una prostituta barata, una simple costurera que se aferra desesperadamente a las migajas de un hombre de apellido ilustre que jamás te pertenecerá de verdad, ni en esta vida ni en ninguna otra.
Las palabras de Rebeca, cargadas de un evidente desprecio, cayeron como ácido sobre la piel de Amara. Pero lo peor no fue el insulto de la mujer; lo peor fue el silencio cómplice de Edward, quien se limitó a mirarla con fastidio y comenzó a arreglar su ropa; parecía como si la presencia de Amara fuera una molestia innecesaria para él.
No pudo seguir escuchando cómo esa serpiente la ofendía; estiró el brazo, tomó una copa de champán de una mesa cercana y, con un movimiento rápido y certero, le arrojó todo el líquido directamente en la cara.
—Suficiente, maldita víbora —siseó Amara, con la paciencia completamente al límite tras escucharla.
Capitulo 64El rugido de los motores se transformó en un zumbido constante y envolvente a medida que el jet privado alcanzaba su altitud de crucero, dejando atrás la negrura de la ciudad para adentrarse en el cielo nocturno sobre el Atlántico. La cabina, iluminada por una luz tenue y cálida, se sentía como una burbuja aislada del resto del mundo, un refugio silencioso lejos de las intrigas y presiones de la familia Kristakos.Amara estaba reclinada en uno de los amplios asientos de cuero, mirando por la ventanilla hacia la oscuridad. El agotamiento físico y la montaña rusa emocional de las últimas horas comenzaban a pasarle factura.Nicolás se acercó despacio desde la parte delantera de la aeronave con dos copas y una botella de agua, vistiendo solo su camisa con los primeros botones desabrochados y las mangas arremangadas hasta los antebrazos. Le ofreció una copa a Amara y se sentó en el sillón frente a ella.Con su estatura y su mirada, se mostraba imponente sin esfuerzo.—Toma un p
Capítulo 63—¿Qué es lo que pasa? —le preguntó Nicolás, frunciendo el ceño y acercándose con cautela—. Estás incluso más pálida que cuando nos casamos.—¡Yo te lo advertí! —exclamó el —. ¡Te dije al casarnos que debíamos ver a mi abuelo!Amara se apartó de él con un movimiento brusco y comenzó a caminar de un lado a otro por el despacho, sintiendo que el aire le quemaba en los pulmones. Él dio un paso rápido y la retuvo con firmeza por los hombros, impidiéndole seguir huyendo de su propia desesperación.Amara se soltó de su agarre, dando un paso atrás para mirarlo con fijeza, exigiéndole la verdad que llevaba semanas rondando en su cabeza.- Háblame claro, Nicolás, ¿en qué consiste todo esto? Este matrimonio tan apresurado, tu oferta... ¡No es por pura bondad! ¿Que estas tramando en verdad?—Tú quieres dirigir el grupo empresarial. ¿Afecta tu objetivo mis antecedentes familiares? ¿Lo has pensado detenidamente? Pudiste haber escogido a cualquier otra mujer como esposa, a alguien con un
Capítulo 62 —¿Era Valeria? —preguntó Nicolás, con una ceja alzada y una mezcla de curiosidad e instinto protector—. ¿Para qué te ha llamado?—Para ofrecerme entrar en un concurso de diseñadores emergentes —respondió Amara, cruzándose de brazos mientras lo observaba empacar un par de cosas—. Dijo que respaldaría mi postulación.Nicolás esbozó una sonrisa de medio lado, con un destello de orgullo sincero en la mirada.—Perfecto. Te servirá para darte a conocer. En realidad, en este negocio ser famoso no tiene que ver solo con tener buen gusto o un estudio; hay que tener contactos, construir un nombre, una marca en la industria.—Lo sé —murmuró ella bajando la mirada.—¿Y entonces? ¿Participarás?—Voy a revisar las condiciones del concurso primero... —Suspiró Amara, tensando los hombros antes de soltar lo que le quemaba en el pecho—. Nicolás, tengo un pasado que llevaré conmigo a donde sea. Hay personas en este mundo, en tu mundo, a las que esto no les va a gustar nada.Nicolás se giró
Capítulo 61— ¿Me reclamas mi ayuda con las abuelas? —Ahora te pregunto yo: ¿estás loca? —respondió Nicolás, con una mezcla de incredulidad y firmeza al otro lado de la línea—. Cualquier otra persona vería lo maravilloso que es que me haya preocupado por el bienestar de las chicas y pensaría solo que quiero que vivan bien.— ¡No puedes tomar esas decisiones sin consultarme! —estalló Amara, con la voz temblando de rabia y frustración—. Ellas dependen de mí, no están acostumbradas a extraños...— ¿Ellas dependen de ti, o tú dependes de ellas? —la cortó él con suavidad, pero con una precisión quirúrgica.— ¡Son mi única familia! ¡Lo único que me queda de mi abuela!—Ya no son tu única familia. Ahora me tienes a mí.Amara sintió que el pecho se le apretaba, sacando a relucir su mecanismo de defensa más afilado:— ¿No es cierto que este matrimonio tiene fecha de vencimiento? ¿Lo recuerdas, o ya olvidaste que es un matrimonio por contrato?Hubo un silencio breve al otro lado de la línea ant












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