INICIAR SESIÓNMacarena esperaba ansiosa el momento de su boda con Lucas Fontanelli, uno de los empresarios más importantes de Madrid. Sin embargo, días antes de su boda, descubre que él está por casarse con otra mujer, la multimillonaria Isabella Berlusconi. Indignada acepta la propuesta de un extraño que recién acaba de conocer y le propone un trato que le permitirá vengarse de su prometido. Todo parece perfecto, hasta el momento en que descubre que aquel desconocido, no es otro que el tío de su ex prometido.
Ver másAunque Jeremías no había vuelto a ver a Macarena, nunca dejó de cuidarla.Se mantenía en contacto con doña Marta, siempre con discreción. Sabía que Macarena necesitaba apoyo, y de forma indirecta le hacía llegar un ingreso mensual para ayudarla con la alimentación especial que requería durante el embarazo. También había sido él quien, en silencio, habló con la antigua agencia para que la volvieran a contratar. Todo sin que ella lo supiera.De una u otra manera, la estaba protegiendo a escondidas.Cuando el embarazo estaba a punto de cumplir los nueve meses, aquella mañana Macarena despertó más tarde de lo habitual. Se sentía agotada. Tenía los pies hinchados, el cuerpo pesado y no había dormido bien.Doña Marta entró con la bandeja del desayuno y la encontró incorporándose apenas en la cama. Le colocó frutas frescas, jugos naturales y unas rebanadas con miel. Macarena desayunó sin levantarse, con movimientos lentos, mientras intentaba ignorar las pequeñas molestias que llevaba días si
Cuando Marlene le mostró la grabación, Jeremías quedó inmóvil. Aunque siempre había sospechado que tenía que ver con la muerte de su prometida, en el fondo pensaba que estaba equivocado. El silencio en la oficina se volvió insoportable. La rabia lo atravesó como un golpe seco en el pecho. Cerró los puños, apretó la mandíbula y, sin poder contenerse, descargó el puño contra el escritorio.—Lo voy a matar… —escupió, fuera de sí.Marlene reaccionó de inmediato. Se acercó y apoyó la mano sobre su brazo.—No —dijo con firmeza—. No vale la pena arruinarte la vida por él. Ya lo tenemos. Esto es suficiente. Voy a denunciarlo y hablaremos con el abogado. Lucas va a caer solo.Jeremías respiraba con dificultad. Tardó unos segundos en asentir.Cuando Marlene se marchó, él quedó solo en la oficina, hundido en sus pensamientos. La verdad se le había revelado de la peor manera, pero al mismo tiempo lo liberaba de la duda más cruel.Macarena no lo había engañado.El peso de la culpa cayó sobre él c
Aquella noche fue de celebración absoluta en casa de los Fuenmayor. Las copas se alzaron una y otra vez, las risas llenaron los salones y, por unas horas, las tensiones parecieron disiparse. Cuando el cansancio comenzó a vencerlos, uno a uno fueron retirándose a descansar.Todos… excepto Giselle.Ella esperó el momento exacto. Cuando el silencio se apoderó de la casa y solo quedaron luces tenues encendidas, se acercó a Jeremías con esa mezcla de dulzura y determinación que sabía usar tan bien.—Jeremías… —lo llamó en voz baja—. ¿Puedo hablar contigo?Él la miró con cansancio, pero también con afecto. Asintió y se apartaron del resto, quedando solos en la sala.—Has estado distante —dijo ella, sin rodeos—. He estado contigo, te he apoyado, he estado a tu lado cuando todo se derrumbaba… y aun así siento que no me ves.Jeremías suspiró. Se pasó la mano por el rostro antes de hablar.—No es que no te vea, Giselle. Es precisamente porque te veo que necesito ser honesto contigo.Ella se cru
Macarena salió de la oficina azotando la puerta. Se dirigió a la sala de vestuario, tomó su cartera y su chaqueta. Ya en las afueras de la agencia tomó un taxi de regreso a la mansión. Apenas cerró la puerta se quebró y rompió en llanto. Minutos después el coche se detuvo. Bajó del auto y entró a la mansión. —Señora Macarena ¿está usted bien? —preguntó la empleada al verla con el rostro hinchado de llorar y los ojos enrojecidos. —Sí, estoy bien —contestó.—¿Va a almorzar? —No, gracias. No tengo apetito —dijo y subió las escaleras rumbo a su recámara.Entró a la habitación y fue directamente hasta el baño para lavarse el rostro. Dejó la cartera encima del mesón de mármol, abrió el grifo y con ambas manos frotó su rostro borrando cada rastro de maquillaje. Luego tomó la toalla, se secó la cara. Finalmente abrió la cartera, sacó la prueba de embarazo y la echó en la papelera. Después volvió a la habitación para recoger su ropa y hacer sus maletas. Era momento de marcharse de aquel l






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