LOGINDaniela se quedó mirando la pantalla sin parpadear. Su corazón latía cada vez más deprisa mientras la confusión invadía sus pensamientos.
"¿Qué... pasó anoche?", murmuró Daniela, llevándose una mano a la cabeza, que aún le pesaba. Intentó recordar lo último que conservaba en su memoria. Sin embargo, todos sus recuerdos se detenían en el momento en que Camila la dejó sola en el pasillo.
La puerta del baño se abrió de repente.
Un hombre alto salió mientras se secaba el cabello con una pequeña toalla. Un albornoz blanco envolvía su cuerpo, anudado con descuido alrededor de la cintura.
La mirada de Daniela se clavó de inmediato en el brazo izquierdo del hombre. Una larga cicatriz atravesaba claramente la parte superior de su brazo. Era una herida antigua que había dejado una marca permanente sobre su piel.
Con ayuda de la mesa que tenía al lado, Daniela se incorporó lentamente desde el borde de la cama. Sus piernas seguían débiles, pero la ira empezó a imponerse al miedo que la había acompañado hasta ese momento.
"¿Quién te envió?", preguntó Daniela con la voz ronca. Sus manos seguían cerradas en puños para contener el temblor.
"Fue Gilberto, ¿verdad?", continuó con una mirada acusadora. "¿Cuánto te pagó para tenderme esta trampa?"
El hombre del albornoz se detuvo.
Bajó la toalla con la que se secaba el cabello y la miró con sus fríos ojos oscuros.
No había sorpresa.
No había culpa.
Solo una serenidad que hacía todavía más difícil adivinar qué estaba pensando realmente.
"No entiendo de qué estás hablando."
Su voz sonó tranquila y completamente indiferente.
"¡No finjas!", gritó Daniela.
Levantó el teléfono y le mostró la fotografía que seguía en la pantalla.
"¡Esa foto no existiría si no hubieras estado compinchado con él!"
El hombre apenas lanzó una rápida mirada a la pantalla del teléfono.
Su expresión no cambió en absoluto.
Sin responder, simplemente se dio la vuelta y caminó hacia el armario.
Aquella actitud indiferente hizo que la ira de Daniela aumentara aún más. Para ella, aquel hombre ocultaba algo con toda seguridad.
Daniela recogió su bolso del suelo.
No tenía tiempo que perder discutiendo con un desconocido que no estaba dispuesto a darle ninguna explicación.
"Esto todavía no ha terminado", dijo en voz baja, clavándole una mirada desafiante.
Acto seguido, se dio la vuelta y salió de la suite.
Con el vestido dorado arrugado, el cabello completamente despeinado y la cabeza aún embotada, Daniela salió del hotel.
Caminó a toda prisa hacia el vestíbulo y detuvo el primer taxi que pasó frente a la entrada.
Durante todo el trayecto, su mente no dejó de dar vueltas. Camila abandonándola de repente en el pasillo. El desconocido de la gastada chaqueta de cuero arrastrándola hacia una habitación. Y la fotografía que Gilberto le había enviado justo en la mañana de su boda.
Todo aquello empezaba a encajar poco a poco, como las piezas de un rompecabezas.
Apretó los puños sobre su regazo.
Era imposible que todo aquello hubiera sido una simple coincidencia.
Finalmente, el automóvil se detuvo frente al majestuoso salón donde se celebraba la boda.
Daniela bajó de inmediato, sin esperar ayuda. Empujó las puertas de cristal del salón y entró sin vacilar, ignorando las miradas de sorpresa de los encargados de la entrada.
El sonido de sus pasos resonó sobre la alfombra roja.
Poco a poco, todo el salón quedó en silencio.
La boda, que debía estar llena de alegría, se vio envuelta de pronto en una tensa atmósfera.
Al fondo del gran salón ya estaban reunidas las familias Valverde y De la Vega.
Doña Carmen ocupaba el asiento principal con una expresión fría y severa.
A poca distancia de ella, Don Fernando y Don Carlos permanecían uno frente al otro con semblantes tensos.
Gilberto estaba de pie junto a su padre. Sostenía un gran sobre marrón entre las manos. Su rostro reflejaba decepción, aunque en el fondo de sus ojos se escondía una satisfacción difícil de disimular.
Los pasos de Daniela se detuvieron en medio del salón.
En un instante, todas las miradas se clavaron en ella.
Su vestido dorado arrugado, su cabello desordenado y su rostro pálido eran imposibles de pasar por alto el mismo día de su boda.
"¡Daniela!"
Ernesto, su padre, avanzó de inmediato hacia ella. Su rostro estaba enrojecido por la rabia y la vergüenza.
"¿Dónde demonios has estado?", exigió con voz cada vez más alta. "¿Por qué llegas en este estado?"
Gilberto dio un paso al frente.
Miró a Daniela con una expresión de profunda decepción, tan convincente que cualquiera habría caído en ella, aunque sus ojos seguían ocultando una satisfacción apenas perceptible.
"Daniela, hice todo lo posible por confiar en ti", dijo en voz lo bastante alta para que todos los miembros de ambas familias pudieran escucharlo.
Hizo una breve pausa, dejando que toda la atención recayera sobre ellos.
"Pero, ¿cómo explicas estas fotografías?"
Gilberto levantó el gran sobre marrón que sostenía entre las manos.
"Las fotos de tu infidelidad de anoche."
Lo dejó sobre la mesa de cristal y sacó su contenido.
Varias fotografías quedaron esparcidas sobre la superficie.
En ellas se veía claramente a Daniela entre los brazos del desconocido de la gastada chaqueta de cuero.
—¡Cierren la puerta! ¡Llévenme ahora mismo a la primera fila!Doña Carmen reprendió a sus guardaespaldas mientras empujaban su silla de ruedas hacia el interior del imponente salón del edificio donde se celebraba la audiencia en Ginebra. Su voz aguda interrumpió las conversaciones cerca de la entrada. Don Fernando caminaba rígidamente a su lado, aferrado al bastón de madera mientras intentaba mantener una expresión de seguridad.Acababan de llegar a Europa y se habían dirigido directamente al edificio donde se celebraba el foro internacional de negocios. Habían viajado expresamente para presenciar la caída de Antonio, el hombre al que durante tanto tiempo habían acusado de ser un estafador y una amenaza para los intereses de la familia De la Vega. Estaban convencidos de que el consorcio global lo acorralaría y de que ellos podrían observarlo todo de cerca.Sin embargo, en cuanto se abrieron las dos enormes puertas ornamentadas con detalles dorados, Don Fernando se detuvo en seco.Dent
—La fecha de validación de este documento no coincide con los registros de numeración central.Antonio señaló el sello de validación del documento que descansaba sobre la mesa de la presidencia. Su voz se mantuvo serena, pero su mirada se endureció mientras examinaba el detalle cuestionado. Conocía a la perfección los procedimientos administrativos de los archivos de Fénix Dorado. Alguien había alterado deliberadamente el documento y, al parecer, esperaba que nadie se diera cuenta.La tensión volvió a apoderarse de la sala de audiencias de Ginebra. Varios miembros del consejo se inclinaron para observar el documento, mientras el equipo jurídico independiente se acercaba a la mesa de la presidencia para verificar su autenticidad.Antonio no intentó detener la inspección ni pidió al presidente de la sesión que desestimara la acusación. Por el contrario, dio a los expertos libertad para examinar cada detalle del documento ante todo el consejo.—Pueden revisarlo todo, incluida la tinta, e
El nombre del candidato rival apareció en la pantalla principal del recinto donde se celebraba la sesión en Ginebra, seguido de una lista de diez miembros del consejo que apoyaban abiertamente a la facción Valverde. Los murmullos se extendieron de inmediato entre los funcionarios que llenaban el auditorio escalonado. Algunos intercambiaron miradas, mientras otros volvían a leer el nombre del candidato que pretendía reemplazar a Antonio.Hector permanecía de pie en el podio de la facción Valverde, con la barbilla en alto. Esperó hasta que todos los asistentes centraron su atención en él antes de tomar la palabra.—¡Este es el hombre más indicado para conducir a Fénix Dorado hacia una nueva era! —proclamó con voz potente.Unos instantes después, las puertas del auditorio se abrieron. Antonio entró con paso sereno, acompañado de Daniela, que caminaba a su lado. Apoyó una mano en la cintura de su esposa y la guio entre las filas de asientos sin mostrar la menor inquietud. Su llegada atraj
—Bienvenido de nuevo a Ginebra, Su Alteza Suprema.En cuanto se abrió la puerta de la sala de espera privada, un hombre de mediana edad, vestido con un traje formal, inclinó profundamente la cabeza. Su saludo resonó en el silencio de la sala VIP del aeropuerto, haciendo que Daniela aminorara el paso por un instante.Aquel título no era un simple tratamiento. Encerraba un peso y una reverencia especiales, algo que Daniela nunca había escuchado durante su vida en la ciudad donde ambos residían. Miró de reojo a Antonio, intentando captar su reacción, pero su esposo siguió caminando como si aquel saludo fuera una parte inseparable de su rutina.Antonio se limitó a hacer un breve gesto con la mano derecha.—Deje el informe sobre la mesa y asegúrese de que todos los pasillos principales estén despejados —ordenó en voz baja.—Sí, Su Alteza.El funcionario volvió a inclinarse antes de salir apresuradamente de la sala. La gruesa puerta de cristal se cerró tras él, dejando a Daniela y Antonio n
«La presencia del Líder Supremo es obligatoria».Daniela volvió a leer la frase al pie de la pantalla del teléfono cifrado rojo. El sello dorado del documento oficial enviado desde Ginebra aún se distinguía con claridad antes de que Antonio apagara la pantalla con el pulgar. En el interior del automóvil, tenuemente iluminado, el ambiente se volvió tenso. Aquella invitación no era una simple convocatoria para asistir a una sesión, sino un desafío abierto de quienes pretendían arrebatarle el control de Fénix Dorado.—Quieren obligarte a entrar en una guerra abierta en Ginebra —dijo Daniela, mirándolo a los ojos—. Creen que podrán acorralarte frente a todos los miembros del consejo internacional.Antonio estrechó el brazo alrededor de la cintura de Daniela y la atrajo hasta que sus cuerpos quedaron pegados. Aunque su rostro permanecía sereno, su mirada se endureció al hablar de aquella sesión.—La facción Valverde lleva tiempo organizando esta sesión de liderazgo. Todo comenzó cuando pre
—¡Tu esposo no es el hombre que siempre creíste, Daniela!Doña Carmen arrojó sobre la mesa de cristal una copia de un documento antiguo con un sello rojo. Las hojas amarillentas se desplegaron frente a Daniela, revelando registros de transacciones y asignaciones secretas de fondos de Fénix Dorado de hacía varias décadas.Daniela apenas les echó un vistazo antes de volver a mirar a la anciana que tenía enfrente. Cruzó las piernas con serenidad, sin la menor intención de tocar aquellos documentos.—Si me invitaste aquí solo para presumir unos papeles viejos, Doña Carmen, será mejor que busques algo más útil que hacer —respondió con frialdad—. No tengo tiempo para tus juegos.El rostro de Doña Carmen enrojeció. Acercó su silla de ruedas a la mesa y señaló a Daniela con los dedos arrugados y temblorosos.—¡Abre los ojos! ¡Antonio está aprovechándose deliberadamente de la situación de esta familia para expandir su poder! —gritó—. ¡Está utilizando su red de negocios para amenazarnos y, poco







