LOGINLas tablas del embarcadero crujían bajo sus pasos. Cada pocos metros, las rendijas entre la madera dejaban al descubierto el agua oscura debajo, que se mecía despacio, casi en absoluto silencio.Greta se detuvo al final de la pasarela, justo bajo una bombilla solitaria que parpadeaba débilmente. Se quedó contemplando el lago, tan negro como un cristal, dándole la espalda a Eleanor durante un largo e incómodo instante.—Sabes, he imaginado esta noche docenas de veces —expresó Greta al fin. La dulzura impostada que había exhibido ante Grace se evaporó por completo, dando paso a una voz plana y gélida.Eleanor se detuvo dos pasos por detrás. Su mano se aferró al barandal de madera que oscilaba levemente.—Dijiste que querías hablar.—Así es —Greta se giró despacio. Ni un rastro de sonrisa permanecía en su rostro—. Solo quería ver tu cara una vez más antes de hacerte una pregunta. ¿Cuánto te pagó Archie?Eleanor parpadeó, desconcertada.—¿Qué?—No te hagas la tonta —Greta avanzó un paso h
—Mamá —la voz de Eleanor rompió finalmente el silencio que reinaba en el salón—. Archie me pidió una vez que evitara a Greta.Grace no pareció sorprenderse. Posó su taza y contempló a su nuera con una mirada apacible.—¿Te dio alguna razón?—No. Pero él nunca pide nada sin un motivo —respondió Eleanor con cierta vacilación, temiendo incomodar a Grace.Grace asintió despacio, tomándose su tiempo.—Yo también lo presiento —dejó escapar un suspiro—. Sin embargo, soy demasiado mayor para rechazar una mano extendida sin comprobar antes qué hay detrás. Si su intención es sincera, no quisiera ser yo quien le cierre la puerta. Y si no lo es... —esbozó una tenue sonrisa—. Prefiero verlo por mí misma y con los ojos bien abiertos.—En ese caso, iré con usted.—Eleanor...—No debe ir allí sola, Mamá —la voz de Eleanor era suave, pero tras sus palabras no quedaba margen a la negociación—. A los ojos de Greta, la culpable soy yo. Si hay alguien a quien debamos proteger, soy yo quien debe estar a su
Apenas la luz del alba rozó la rendija de las cortinas cuando Eleanor abrió los ojos.Lo primero de lo que se percató fue de que el lado de la cama junto a ella estaba vacío. Lo segundo, una pequeña maleta negra situada cerca de la puerta.Archie estaba de pie ante el espejo, abrochándose los gemelos de la camisa con movimientos más pausados de lo habitual. Su chaqueta gris descansaba sobre el brazo del sillón. Bajo sus ojos se marcaba una sombra oscura imposible de disimular, señal evidente de que apenas había dormido en toda la noche.—¿Señor Archie? —la voz de Eleanor aún sonaba ronca—. ¿Adónde va tan temprano? ¿Y esa maleta?Archie se giró.—A la inauguración de la primera fase del centro comercial en la ciudad vecina. Asistirán los inversores y los representantes del banco; no puedo enviar a nadie en mi lugar —hizo una breve pausa, como si la siguiente frase no hubiera estado en sus planes—. Intenté posponerlo anoche, pero no fue posible.—¿Cuánto tiempo será? —quiso saber Eleano
El tono de llamada resonó apenas dos veces antes de que se escuchara la voz de Greta, serena y demasiado relajada para una hora tan tardía.—No esperaba que me llamaras tan pronto, Paula.Paula se sentó en el borde de la cama, con la espalda erguida y sujetando el teléfono con tanta fuerza que los nudillos de los dedos se le pusieron blancos.—No tengo tiempo para rodeos. Archibald Richter me citó hoy en su despacho. Mencionó la reputación, la evaluación y cómo los representantes de los inversores deben cuidar su conducta —Paula resopló—. No pronunció el nombre de Eleanor ni una sola vez, pero sé perfectamente que fue obra de esa mujer.Al otro lado de la línea, Greta no respondió de inmediato. Se oyó el tintineo sutil de una taza de porcelana al posarse sobre el plato.—No mencionó nada que pueda servir como prueba —reiteró Greta con voz pausada, más reflexiva que inquisitiva—. Solo una advertencia velada por la vía comercial.—Sí. Y no pienso quedarme de brazos cruzados.—Por supues
Los portones de hierro de la residencia de la familia Hazelwood se abrieron lentamente en cuanto el automóvil de Paula se detuvo ante ellos. Las luces del jardín resplandecían alineadas a lo largo del camino de entrada, reflejándose en la superficie serena de la piscina, como si la imponente mansión jamás hubiera conocido la agitación.Paula descendió del vehículo sin esperar a que el chófer le abriera la puerta. El repiqueteo de sus tacones resonó sobre el suelo de piedra con un ritmo presuroso, demasiado ágil para el paso de una mujer que solía caminar como si el mundo entero debiera aguardarla.—Señorita, el Sr. Edmund le solicita que acuda a su despacho —le comunicó una empleada en cuanto Paula cruzó el umbral de la entrada principal.Los pasos de Paula se detuvieron apenas medio segundo. Solo medio segundo, pero suficiente para que la sirvienta inclinara la cabeza con mayor sumisión.—¿Ahora mismo? —el rostro de Paula reflejaba cierta irritación, con el ánimo ensombrecido por la
El silencio tenso que se había apoderado de la estancia duró poco.El rostro de Paula, que al principio reflejaba una rabia contenida, se endureció aún más. Apretó la mandíbula con fuerza, herida en lo más profundo de su orgullo.—¿Cansado? —repitió Paula con sarcasmo, entornando los ojos para clavarle una mirada afilada a Julian—. ¿Dices que estás cansado de que te traten así? ¿Después de todo lo que mi familia te ha dado?Julian no respondió. Se limitó a sostenerle la mirada con el rostro rígido, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no dejarse llevar por la provocación.Sin embargo, Paula no tenía intención de dejar las cosas ahí. Dio un paso hacia adelante, acortando la distancia hasta que Julian pudo sentir su respiración agitada por la furia.—¿Crees que puedes hablarme así y que no pasará nada? —siseó Paula en voz baja, pero con una amenaza evidente en sus palabras—. Podría retirar la totalidad de la inversión de mi familia de tu empresa sin despeinarme, Julian. Bastaría una sol







