LOGINAdvertencia de Contenido: Esta historia contiene contenido explícito de alto voltaje, temáticas adultas, lenguaje fuerte y situaciones de carácter estrictamente erótico. Su lectura está recomendada única y exclusivamente para mayores de 18 años. Disfrútalo bajo tu propia discreción.
View MoreLa pantalla de mi computadora parpadeaba con filas interminables de números que ya empezaban a nublarse ante mis ojos. Afuera, la tormenta golpeaba los cristales tintados del piso treinta y das con una furia constante, convirtiendo la noche en una masa gris y opaca. Eran pasadas las nueve de la noche, y en el piso de finanzas ya no quedaba absolutamente nadie; el silencio solo era interrumpido por el zumbido lejano del aire acondicionado central.
Durante los últimos seis meses me había convencido a mí misma de que mi trabajo como asistente financiera en esta firma era lo único en lo que debía concentrarme. El problema es que mantener los números impecables se volvía una tarea titánica cuando el hombre que dirigía la empresa parecía empeñado en desestabilizar cada gramo de mi autocontrol. Él era el socio mayoritario, un hombre frío, calculador y acostumbrado a poseer el control absoluto de cada situación. Detrás de sus trajes impecables y su fachada distante, existía una mirada fija, pesada y hambrienta que me venía persiguiendo desde el primer día que puse un pie en la oficina. El zumbido del intercomunicador sobre mi escritorio me hizo dar un brinco en la silla. Pulsé el botón con el corazón latiéndome a un ritmo inusual. —¿Sí? —intenté que mi voz sonara completamente neutral, profesional. —Ven al despacho principal. Trae el balance de proyecciones del tercer trimestre —ordenó la voz de Gabriel, ronca y baja, atravesando el aparato antes de cortarse de golpe. Solté un suspiro largo, cerré los ojos un segundo para recolocarme la chaqueta del traje y tomé la carpeta de cuero negro. Caminé por el pasillo alfombrado con pasos calculados, intentando disipar la extraña opresión que sentía en el pecho cada vez que estábamos a solas. Toqué dos veces la puerta de caoba y, al escuchar su pase seco, giré el pomo y entré. El despacho estaba iluminado únicamente por la suave luz dorada de una lámpara de diseño sobre su enorme escritorio y por los relámpagos que cruzaban la ventana a su espalda. Lo vi de pie frente al ventanal, con la chaqueta del traje a un lado y los primeros botones de la camisa blanca desabrochados, dejando ver la línea de su garganta. No se giró de inmediato; dejó que la tensión se acumulara en el aire durante unos segundos interminables antes de volverse hacia mí.—Te tardaste —dijo Gabriel, cruzándose de brazos con una calma felina que me puso los vellos de punta. —Revisé los anexos dos veces para asegurarme de que no hubiera errores —respondí, acercándome al escritorio y dejando la carpeta sobre la madera—. Los números coinciden con la auditoría externa. Gabriel no miró la carpeta. Sus ojos oscuros, fijos en los míos, recorrieron mi silueta con una lentitud deliberada que me hizo sentir despojada de toda ropa a pesar de llevar la falda lápiz y la blusa abotonada hasta el cuello. —No me importan los números esta noche —murmuró, dando un paso al frente mientras acortaba la distancia entre ambos—. Llevo semanas observándote fingir que trabajas, cuando sé perfectamente que estás tan pendiente de mí como yo de ti. Mis manos se aferraron al borde del escritorio por instinto. —Estás cruzando una línea que... —¿Qué línea? —interrumpió con una sonrisa fría y dominante, deteniéndose a apenas unos centímetros de distancia—. ¿La línea que nos inventamos para mantener a raya lo inevitable? Sin darme tiempo a replicar, su mano derecha se deslizó con firmeza por mi nuca, enredándose en mi cabello con la fuerza justa para inclinar mi rostro hacia arriba. Su aroma a colonia cara, madera y tabaco inundó mis sentidos, bloqueando cualquier pensamiento racional. Sus labios chocaron contra los míos en un beso hambriento, posesivo, que me robó el aliento al instante. Gimí contra su boca cuando su lengua irrumpió con fuerza, explorando cada rincón de mi paladar en un ritmo ansioso, exigente, que disolvió el último rastro de resistencia que me quedaba. Mis manos volaron hacia las solapas de su camisa, aferrándome a la tela mientras él me alzaba sin esfuerzo, empujándome hacia atrás hasta que la madera fría del escritorio golpeó la parte baja de mi espalda.—Ábreme las piernas, maldita sea —ordenó contra mis labios, con una autoridad tan cruda y sucia que un calor inmediato e intenso se concentró entre mis muslos, haciéndome empapar las bragas al instante. Sin apartar su boca de la mía, obedecí el mandato tácito. Me acomodé al borde del mueble, abriendo las piernas para dejarlo entrar en el espacio que quedaba entre ellas. Su cuerpo duro y caliente se presionó con fuerza contra mi pelvis, permitiéndome sentir el bulto rígido de su erección marcándose a través de la tela de su pantalón. El roce me hizo arquear la espalda con un suspiro ahogado. Gabriel rompió el beso por un segundo solo para bajar la mirada hacia mi pecho. Con una brusquedad deliciosa, metió las manos por el escote de mi blusa de seda, rasgando el delicado encaje del sostén hasta liberar mis senos al aire. Los pezones ya estaban duros, punzantes por el frío de la sala y por la adrenalina. Su boca caliente atrapó de inmediato mi pezón derecho, succionándolo con una voracidad obscena que me arrancó un gemido agudo, mientras su mano izquierda amasaba el otro seno con fuerza, pellizcando la punta.—Mírame cómo te pones, eres una zorra sucia que se muere por mi verga —murmuró contra mi piel mojada de saliva, antes de morder con fuerza la carne hinchada—. Eres mía, mi putita de oficina. Di que eres mía. —S-sí... tuya... soy tu puta, Gabriel —balbuceé con la voz completamente quebrada, perdiendo el resto de dignidad que me quedaba. Satisfecho con mi sumisión, sus manos descendieron con rapidez por mi cintura, aferrándose a las caderas para levantarme aún más hacia el borde de la madera. Con gestos rápidos, deslizó la tela de mi falda hacia arriba, rompiendo sin contemplaciones las medias negras que llevaba puestas, abriendo el camino directamente hacia mi intimidad chorreante. Cuando sus dedos largos y calientes tocaron mis labios húmedos, solté un grito estridente, arqueando las caderas hacia su mano. Estaba empapada, resbaladiza, temblando de una necesidad visceral. Él metió un dedo, luego dos, deslizándolos con profundidad dentro de mí en un vaivén rítmico, rápido y experto que me hizo clavar las uñas en sus hombros con desesperación. —Mírame —exigió con voz ronca y dominante cuando vio que cerraba los ojos—. Quiero que me mires mientras te hago venir, putita. Abrí los ojos, encontrándome con sus pupilas dilatadas por el deseo, oscuras y salvajes. Ver el reflejo de mi propio descontrol en su mirada me empujó al límite. Aceleró el movimiento de sus dedos dentro de mí, haciéndome jadear con desesperación mientras su pulgar frotaba mi clítoris con una fricción exacta y pesada. El placer comenzó a acumularse en una espiral hirviendo en la base de mi estómago. —Gabriel, por favor... me voy a venir, por favor... —supliqué, con lágrimas de pura excitación empañándome la vista. —Vente en mis dedos, zorra —respondió con una sonrisa dominante, metiendo un dedo más y sacándolos de golpe, dejándome vacía, hambrienta y temblando de frustración. Antes de que pudiera procesar el vacío, lo escuché abrir la bragueta de su pantalón. Su miembro, grueso, pesado, venoso y completamente erecto, se liberó, palpitando con furia frente a mí. Gabriel se colocó entre mis piernas abiertas, apoyando una mano en mi cadera para fijarme al mueble, mientras con la otra guiaba la cabeza de su pene contra mi entrada chorreante.—Vas a gritar mi nombre bien alto para que todos sepan de quién es esta zorra —susurró en mi oído, mordiéndome el lóbulo. Y con una estocada implacable, seca y profunda, se enterró dentro de mí de un solo golpe. Un grito desgarrador, mitad dolor y mitad éxtasis absoluto, brotó de mi garganta. La sensación de su grosor estirándome por completo, llenándome hasta las entrañas, fue tan abrumadora que mi cuerpo se tensó al límite, con las paredes de mi vagina contrayéndose con desesperación alrededor de su carne caliente. Sin darnos un segundo de tregua, Gabriel comenzó a moverse. Sus embestidas eran salvajes, profundas, golpeando mi cuerpo contra la madera del escritorio con un ritmo furioso y animal que hacía temblar los adornos. Cada estocada era un impacto directo contra mi centro, sacudiéndome el alma y arrancándome gemidos sucios y guturales. —¡Ay, Dios... Gabriel, sí, métemela toda, qué rica la tienes! —grité, perdiendo el control por completo, enredando mis piernas alrededor de su cintura y clavándole las uñas en la espalda sudorosa. Sus embestidas se volvieron más erráticas y violentas. El sonido de nuestra piel chocando con fuerza llenaba la habitación, mezclándose con mis jadeos rotos y su respiración pesada. Cada vez entraba más hondo, rozando ese punto exacto que me hacía ver destellos blancos detrás de los párpados. Sentí que el orgasmo se abría paso de forma brutal, una ola de calor que quemaba desde la base de mi columna hasta estallar en mi clítoris con contracciones salvajes.—¡Me vengo, Gabriel, me vengo en tu verga! —chillé, arqueando la espalda con violencia mientras el clímax me destrozaba por dentro, exprimiendo su miembro con cada espasmo. Al escucharme, Gabriel soltó un gruñido bestial y aceleró el ritmo con tres embestidas finales tan brutales y profundas que me arrancaron un último grito desgarrador. Su cuerpo se tensó de golpe sobre el mío; sentí cómo chorros de su esperma caliente y espeso inundaban el fondo de mi vientre mientras él se quedaba inmóvil, apoyando la frente contra mi hombro, respirando agitadamente contra mi piel. El silencio volvió a instalarse en el despacho, roto únicamente por nuestras respiraciones desbocadas y el eco de la lluvia al otro lado de los cristales. Ninguno dijo una palabra.AnaEl pecho me subía y bajaba en ráfagas cortas y desesperadas, tratando de recuperar el aire mientras el sudor se enfriaba sobre mi piel. Aún estábamos tendidos sobre las sábanas revueltas con Liam, con la mente nublada por lo que acabábamos de hacer, cuando un sonido seco en la puerta nos devolvió de golpe a la realidad.El pestillo giró con lentitud.Un escalofrío de puro terror me recorrió la espina dorsal. Pensé inmediatamente en mis padres; el pánico me apretó el estómago, haciéndome creer que todo estaba perdido. Sin embargo, al abrirse la puerta no aparecieron rostros furiosos, sino la figura de Camilo, el mejor amigo de Liam, quien se detuvo en el umbral con los ojos muy abiertos y una expresión de total incredulidad al vernos.—Mierda... —murmuró Liam en un susurro áspero, apartándose de mí de inmediato.Yo me puse de pie de un salto, con el corazón latiéndome en la garganta. Agarré una camiseta oversized de Liam que colgaba de la silla, me la puse a toda prisa para cu
AnaEl pestillo de la puerta principal giró con un chasquido sordo, y al cruzar el umbral me envolvió una quietud extraña, un silencio denso impropio de cualquier tarde. Miré el reloj con desconcierto: las manecillas marcaban tres horas menos del horario habitual. Con la certeza absoluta de que la casa estaba completamente sola, me quité el peso del bolso de los hombros y comencé a subir las escaleras rumbo a mi recámara.El alivio de haber salido temprano se desvaneció en el preciso instante en que pasé frente a la habitación de mi hermanastro. Unos murmullos apagados, un eco rítmico que atravesó la madera, me detuvieron en seco. Me tensé de inmediato. Los latidos del corazón se me dispararon directo contra las costillas, agolpándose calientes en la garganta. El instinto inmediato me susurró que había traído a alguien a escondidas.El pulso me zumbaba en los oídos. Conteniendo la respiración, me acerqué con sigilo, caminando sobre la puntas de los pies, rogando que las tablas del
Han pasado dos días enteros desde aquella madrugada en el estudio, cuarenta y ocho horas en las que él ha hecho hasta lo imposible por evitarme. Lo he visto huir de la cocina cuando entro, encerrarse en su despacho con doble llave y esquivar cualquier roce en los pasillos de la casa como si mi presencia se hubiera vuelto radioactiva. Pero sus intentos de escapar son inútiles; no voy a permitir que se escape de mí, no ahora que ya lo probé, no después de saber lo que se siente tenerlo gimiendo bajo mi cuerpo. Además, ¿de qué huye si solo lo estoy ayudando a sobrellevar esta maldita soledad?Es pasada la medianoche cuando decido poner fin a su ridículo juego de huidas. Me quito el vestido por completo, dejándome solamente en ropa interior: unas bragas de encaje negro ajustadas y un sujetador a juego que apenas contiene la fiebre que me quema por dentro. Camino por el pasillo en completo silencio hasta llegar a su habitación principal. Con un leve giro de la llave que encontré en la rep
El cuerpo entero me pesaba como si me hubieran aplastado los huesos con una piedra de molino, y las piernas me temblaban tanto que apenas podía sostener mi propio peso contra la madera fría del escritorio bajo mis muslos abiertos. El semen caliente y espeso de mi padrastro seguía escurriéndose lentamente por entre mis piernas, un recordatorio viscoso, real e innegable de lo que acabábamos de cometer en la oscuridad de la oficina, rodeados de carpetas corporativas y de las sombras de una casa que ya no nos pertenecía de la misma manera que antes.Él seguía inmóvil, con la frente apoyada pesadamente contra el hueco de mi hombro, respirando con una agitación irregular y profunda que me retumbaba directamente en el pecho. Sus manos, que hacía apenas unos segundos me magullaban las caderas con una furia ciega y salvaje, ahora se aferraban a mi piel con una lentitud extraña, casi desesperada, como si temieran que al soltarme el mundo terminara de desmoronarse por completo bajo sus pies.—






Bienvenido a Goodnovel mundo de ficción. Si te gusta esta novela, o eres un idealista con la esperanza de explorar un mundo perfecto y convertirte en un autor de novelas originales en online para aumentar los ingresos, puedes unirte a nuestra familia para leer o crear varios tipos de libros, como la novela romántica, la novela épica, la novela de hombres lobo, la novela de fantasía, la novela de historia , etc. Si eres un lector, puedes selecionar las novelas de alta calidad aquí. Si eres un autor, puedes insipirarte para crear obras más brillantes, además, tus obras en nuestra plataforma llamarán más la atención y ganarán más los lectores.