FAZER LOGIN—¿Señorita Moretti? —pregunté, mi voz sonando extrañamente hueca.
Mia, Emma y Maya intercambiaron una mirada rápida, una comunicación silenciosa que me excluyó por completo. Mia apretó los labios y volvió la vista a su cuaderno; Maya bajó la cabeza, y Emma me sostuvo la mirada con una frialdad que me heló la sangre. Nadie respondió.
—¿Alguien sabe por qué la señorita Moretti no ha asistido a la primera hora? —insistí, cerrando el registro con dedos temblorosos.
El silencio fue absoluto. Un silencio de muros de piedra y secretos antiguos. Me di por vencido y comencé la clase, pero mis palabras sobre la justicia se sentían como ceniza en mi boca. Al terminar, salí al pasillo con el corazón martilleando. Allí me encontré con Liam Ferrari; su expresión era sombría, despojada de su habitual elegancia profesional.
—Liam —lo llamé, interceptándolo cerca de la biblioteca—. ¿Has visto a Aria? No ha venido a clase y sus amigas se niegan a hablarme.
Liam soltó un suspiro largo, un sonido cargado de una decepción que me atravesó. Se frotó la sien antes de mirarme.
—¿De verdad quieres saberlo, Kyler? —preguntó con voz grave—. Anoche, Aria fue encontrada en los jardines traseros. Estaba con uno de los chicos de último año... besándose.
Sentí un pinchazo de celos tan agudo que me mareó, pero la siguiente frase de Liam me devolvió a una realidad mucho más oscura.
—La Madre Superiora la vio. Aria, fiel a su estilo, no bajó la cabeza; la retó, le dijo que no tenía derecho a juzgar lo que ella hacía con su cuerpo. La Superiora decidió que la rebeldía había llegado al límite del sacrilegio.
—¿Y qué pasó? —susurré, temiendo la respuesta. En este internado, las reglas antiguas aún tenían ecos de crueldad.
—Seis latigazos, Kyler. Seis —dijo Liam, bajando la voz—. Y la obligaron a rezar el rosario de rodillas sobre el suelo de piedra de la capilla durante horas. Ahora mismo está en su habitación, sedada. No puede ni moverse.
El mundo pareció tambalearse bajo mis pies. Seis latigazos. En pleno siglo XXI, bajo mi propio techo, habían marcado la piel de esa chica mientras yo dormía tranquilo, después de haberla llamado "vulgar" frente a todos. Yo había encendido la mecha de ese odio institucional hacia ella.
—¿Quién está con ella? —pregunté, empezando a caminar hacia el pabellón femenino, pero Liam me detuvo poniéndome una mano en el pecho.
—No vayas, Kyler. Eres la última persona a la que ella o sus amigas quieren ver. Noah se encargó de curarle las heridas; sabes que tiene mano para eso por sus estudios de medicina, y Connor le consiguió los ungüentos de la enfermería sin registrar.
Caminé hacia el ala médica del internado, sintiéndome como un espectro. En el pasillo que llevaba a las habitaciones, me encontré con Noah Ricci. Venía saliendo del cuarto de Aria, con una palangana de agua tibia teñida de un rosa tenue y unas vendas en la mano. Su mirada, siempre alegre, estaba apagada por una furia contenida.
—Noah... —musité.
—Ni un paso más, Kyler —me advirtió Noah, bloqueando el paso. Su voz era un susurro gélido—. Acabo de terminar de cerrarle las marcas de la espalda. Tiene la piel destrozada, y lo peor es que ni siquiera lloró. Se quedó mirando a la pared, con los ojos vacíos, como si ya no estuviera allí.
—Tengo que pedirle perdón, Noah. Yo no quería que esto llegara a tanto...
—¿Ah, no? —Noah soltó una risa amarga—. ¿Y qué esperabas después del discurso que diste en el comedor? Le diste permiso a las autoridades para tratarla como a una cualquiera. "Es vulgar", dijiste. "Solo busca atención". Bueno, ya tiene la atención de la Madre Superiora. Felicidades, Padre Lombardi. Ha salvado otra alma.
—¡Basta! —exclamé, sintiendo las lágrimas quemarme los ojos—. Solo quiero saber si va a estar bien.
—Físicamente, sanará —Noah suspiró, recostándose contra la puerta—. Pero algo se rompió en ella anoche, Kyler. Le pregunté por qué lo hizo, por qué retó a la Superiora así, y me dijo: "Si ya todos creen que soy el pecado, al menos quiero disfrutar del infierno". Ahora está dormida. Déjala en paz. Tus oraciones no van a quitarle el dolor de los latigazos.
Me quedé solo en el pasillo, mirando la madera cerrada de su habitación. Podía imaginarla allí dentro, pálida, con la espalda marcada por el cuero y el corazón endurecido por mi culpa. Me hundí en mis propias sombras, dándome cuenta de que mi celo religioso se había convertido en el látigo que la hirió.
Había intentado proteger mi castidad atacando su libertad, y el resultado era un cuerpo herido y una fe que se me caía a pedazos. Me apoyé contra la pared, deslizándome hasta el suelo, justo fuera de su puerta. No me movería de allí. Si no podía curarle la piel, al menos cargaría con el peso de mi propio pecado en el silencio de la noche.
Cinco años en la costa dejan su marca en las cosas. La salitre muerde el hierro, la madera de los postes se aclara hasta tomar ese tono grisáceo tan propio de los acantilados y el viento moldea las copas de los pinos para que apunten siempre hacia la tierra, como si supieran dónde está el refugio. Pero las marcas que el tiempo había dejado en nosotros eran de otra naturaleza. Eran marcas de crecimiento, de raíces profundas y de una solidez que ya nada podía hacer tambalear.El verano estaba en su punto más alto. Desde la ventana de mi taller, que ahora era tres veces más grande que cuando llegamos, observaba el camino de tierra que conectaba nuestra colina con la vía principal. Un jeep viejo y cubierto de polvo bajaba la cuesta con lentitud. Sabía exactamente quién venía. Noah solo visitaba la casa principal los fines de semana, prefiriendo la soledad de su cabaña forestal, pero hoy era un día diferente. Hoy se cumplían cinco años exactos desde que el camión de carga nos dejó aquí con
El olor a virutas de pino y aceite de linaza era mi verdadero templo. Habían pasado meses desde que el camión de carga se detuvo frente a este acantilado, y hoy, el sol de la tarde entraba por los grandes ventanales del taller, iluminando el polvo de madera que flotaba en el aire como si fuera oro en suspensión.Pasé la palma de la mano sobre la superficie de la cuna de madera de nogal que acababa de terminar. Estaba perfectamente pulida, sin una sola astilla, con los bordes redondeados con la paciencia de un hombre que sabe que cada veta cuenta una historia. En los cabezales había tallado un relieve sutil: unas olas rompiendo contra la roca y, entrelazadas con ellas, las líneas firmes de una escuadra de arquitectura. Nuestra marca. El plano de nuestra vida.-Es hermosa, Kyler.Me giré, limpiándome las manos en el delantal de cuero. Aria estaba de pie bajo el marco de la puerta. Su silueta recortada contra la luz del océano era la imagen más sagrada que jamás contemplaría. Llevaba un
La humedad del bosque y el olor a metal viejo del camión quedaron atrás, reemplazados por el aroma punzante del aire salino y la resina de pino. Habíamos cruzado tres fronteras bajo nombres falsos, durmiendo con un ojo abierto y la mano sobre la culata del arma, pero cuando el camión se detuvo finalmente frente a aquella cerca de madera descolorida, el silencio que nos recibió no era el de una tumba, sino el de una promesa.-Hemos llegado -dije en un susurro, como si hablar demasiado alto pudiera romper el hechizo y devolvernos a la mansión de los Ricci.Aria despertó a mi lado. Sus ojos, marcados por ojeras de cansancio y tensión, buscaron los míos antes de mirar hacia el exterior. A través del cristal sucio del camión, se extendía una pequeña colina que moría en un acantilado bajo, y sobre ella, una casa de madera y piedra que parecía haber estado esperando por nosotros desde el principio de los tiempos. No era una mansión de mármol frío; era una estructura robusta, con grandes vent
(POV Kyler)El sonido de la lluvia golpeando el techo del vehículo era una percusión constante que marcaba el pulso de nuestra huida. Estábamos en una camioneta negra que Noah había conseguido, y el interior olía a humedad y a la tensión electrizante de cinco personas que acababan de arriesgarlo todo por un mañana que, hasta hace apenas unas horas, parecía una utopía.Connor conducía con una destreza casi inhumana, esquivando los baches mientras revisaba constantemente el retrovisor. Noah iba de copiloto, con el maletín de documentos sobre el regazo como si fuera un escudo sagrado. En la parte trasera, Aria estaba acurrucada contra mí, con Adrián y Gabriela dumiendo profundamente a nuestros lados, ajenos al hecho de que sus vidas habían cambiado para siempre.—¿Crees que nos sigan? —preguntó Aria, su voz apenas un susurro. Sus manos estaban entrelazadas con las mías, aferradas a mi piel con una fuerza que me decía que no me soltaría jamás.—Bruno no va a dejar pasar esto, bonita —resp
(POV Kyler)El aire dentro de la mansión Ricci era gélido, un silencio artificial que olía a cera de muebles cara y a una libertad amordazada. Noah se movía con la precisión de un fantasma; ya tenía a Adrián y a Gabriela con él, junto con la evidencia que hundiría los negocios de Bruno para siempre.—Lévatelos ya —le ordené a Noah en un susurro, mientras vigilaba el pasillo—. Saca a los niños de aquí. No quiero que vean lo que está por pasar.Noah asintió, llevándose a los pequeños por la salida de servicio. Me quedé a solas con Aria en el rellano del segundo piso. Ella entró en su habitación —la que compartía con Bruno— para recoger lo indispensable: recuerdos que no pensaba dejar atrás. Pero en cuanto cerré la puerta tras de nosotros, el ambiente cambió.La cama matrimonial, una mole de madera oscura y sábanas de seda negra, presidía la estancia. Al verla, una oleada de bilis y celos salvajes me subió por la garganta. Imaginé a Aria allí, sometida a ese hombre, y el control que habí
(POV Aria)El silencio de la mansión Ricci siempre me había parecido el de un mausoleo. Esa noche, antes de que Kyler recuperara su vida, el aire pesaba más que nunca. Bruno estaba allí, reclamando su "derecho", marcando un territorio que yo le había negado en mi mente cada segundo de los últimos años.El recuerdo me golpeaba mientras estaba en los brazos de Kyler, en ese hotel, fundiéndome con él. Mi mente viajaba al pasado reciente, a esas noches donde tenía que cerrar los ojos y fingir que estaba en otra parte para no morir de asco.Bruno estaba sobre mí. El olor a su perfume caro y a tabaco me asfixiaba. No había ternura en sus movimientos, solo una posesividad fría. Lo sentía recorrer mi cuerpo con una insistencia que me arrancaba gemidos, pero no de placer, sino de una reacción nerviosa que mi cuerpo no podía evitar.—Eres mía, Aria —susurrabas él contra mi piel—. Por mucho que lo busques con la mirada, ese carpintero no va a venir a salvarte.Yo no respondía. Mantenía la mirada







