MasukMargothMe encontraba en la sala principal repasando una lista de pendientes para la llegada del bebé, con una taza de té tibio entre las manos mientras Sebastián trabajaba en su despacho, a solo unos metros de mí, con la puerta entreabierta como solía dejarla para escucharme si se me ofrecía algo.El embarazo avanzaba con normalidad, mi bebé estaba fuerte y tan grande que ya incomodaba mantenerme en una sola postura por demasiado tiempo. Me faltaban un par de meses para dar a luz, pero ya me sentía a punto de explotar, que no podía resistir los días que me hacían falta.Las molestias se esfumaban al pensar en mi bebé y la emoción que me dominaba cada vez que lo pensaba entre mis brazos, por fin sosteniéndolo y viendo su carita que me había imaginado cientos de veces.Aunque Sebastián repartía su tiempo entre la clínica y mis cuidados, poco me dejaba sola. Había delegado sus funciones a otro médico de su confianza mientras él se tomaba su tiempo, y aunque no me pareció buena idea en u
GRACENo hablamos en todo el camino, él aún seguía furioso y yo, aunque un poco molesta porque se metiera en cosas que no le competían, también, como siempre, estaba demasiado confusa y ansiosa por lo que él me hacía sentir.Knox detuvo el auto frente a mi edificio y bajó primero, rodeó el auto y me abrió la puerta para ayudarme a bajar. Mantenía la seriedad, aun así, no dejaba de ser caballeroso ni hacerme cuestionarme con los pequeños detalles: como ayudarme a caminar, preocuparse de que no diera un paso en falso, me abriera la puerta del edificio y me protegiera el vientre si alguien pasaba demasiado cerca de mí.Y eso me molestaba más, que todo eso fuese más relevante que su intromisión a mi vida.El silencio se prolongó incluso cuando subimos al ascensor. Pensé que se iría una vez me dejara, no que subiría conmigo hasta mi apartamento y se adentraría sin más como si fuera el amo y señor de mi casa.Me molestó su actitud, no lo iba a negar, además de que solía fastidiarme constant
Grace Knox estaba sentado a mi lado en la pequeña sala de examen, con los codos apoyados en las rodillas y los nudillos apretados con los ojos fijos en la pantalla que aún se veía en negro. Cuando la doctora deslizó el transductor sobre mi vientre cubierto de gel frío, el sonido rítmico y acelerado del corazón del bebé llenó la habitación como la más bonita y dulce de las melodías.Giré la cabeza hacia Knox, su postura erguida y su habitual expresión distante se desmoronaron en un segundo. Sus ojos se abrieron de par en par, fijos en la pantalla en blanco y negro, y una sonrisa genuina, casi infantil, iluminó su rostro. Se pasó una mano por el cabello, soltando un suspiro tembloroso que no pudo contener. En ese instante, detrás de la coraza arrogante y la actitud controladora que me sacaba de quicio, vi al hombre real: alguien aterrado, maravillado y profundamente comprometido con la vida que crecía dentro de mí. Mi propio corazón dio un vuelco ridículo, latiendo al mismo compás que
GRACEKnox se ha convertido en una sombra en cada paso que doy, una que no se despega ni un solo segundo y que parece respirar el mismo aire que yo. Va conmigo a cada una de las consultas médicas, se aprende los nombres de los especialistas, memoriza las fechas de las ecografías y me mira con una fijeza tan intensa que a veces me cuesta mantenerle la vista. Se preocupa por todo: si comí a la hora adecuada, si el asiento está lo suficientemente cómodo, si la caminata ha sido muy larga. Es insoportable o al menos, eso es lo que intento repetirme cada mañana para no sentir que me está haciendo perder la cabeza.Esta tarde logré escapar un poco de esa asfixiante vigilancia para reunirme con Margoth. Caminamos sin prisa por los pasillos iluminados del centro comercial, entre vitrinas llenas de ropa diminuta, mantas de colores pasteles y baberos bordados. El aire del lugar olía a limpio y a café recién molido, un entorno tranquilo que en teoría debía relajarme, pero yo no podía dejar de sol
Margoth La sombra de Valeria, con todas sus locuras y el miedo sofocante que nos dejó tras el secuestro, por fin se había disipado de nuestras vidas. Por fin me había recuperado, estaba fuerte y llena de una vitalidad distinta.Lo mejor de todo no era solo mi salud, sino la calma que poco a poco regresaba al pecho de Sebastián. Aquella paranoia asfixiante que lo dominaba, esa necesidad de revisar cada esquina y mantener su mirada alerta sobre mí las veinticuatro horas del día, había comenzado a ceder. Ya no me miraba como si fuera a romperme en cualquier segundo; ahora me miraba con más calma y me permitía ser un poco más libre.Entendía su miedo, pero su paranoia me estaba volviendo loca. Si no bajaba las defensas, no iba a soportar estar un segundo más a su lado sin sentirse asfixiada.Ahora que toda la tormenta había cesado, los dos estaban más tranquilos y viviendo la vida que desearon.Era un domingo por la mañana cuando nos encontramos en medio de lo que sería la habitación del
Knox Apoyé la espalda contra el respaldo de la silla, moviendo la pierna derecha de forma frenética mientras Grace, sentada a mi lado, hojeaba en silencio una revista de decoración sin prestarle la menor atención.Llevaba un vestido color azul que se ceñía a sus curvas y resaltaba la pequeña protuberancia de su vientre. Mi mirada se desviaba hacia allí cada dos segundos y sentía que el corazón se me aceleraba cada vez más fuerte. La tensión entre los dos seguía siendo tangible, una mezcla explosiva de resentimiento, deseo y la inminente realidad que estábamos a punto de enfrentar.—Puedes parar de mover la pierna, por favor —murmuró ella sin levantar la vista de la revista con un dejo de fastidio en la voz—. Me estás poniendo más nerviosa de lo que ya estoy.—Lo siento —dije, deteniendo el movimiento de golpe y pasándome una mano por el cuello—. No es fácil estar aquí, Grace.—Nadie dijo que fuera fácil.Antes de que pudiera responder, la puerta del consultorio se abrió y una mujer d







