LOGINDescubrí que mi esposo me era infiel y le pedí el divorcio, y él se negó. Según la cláusula de nuestro matrimonio, antes de separarnos debía darle un hijo. Y ahora está decidido a hacerme cumplir el acuerdo, aunque tenga que obligarme a permanecer a su lado. Lo que no esperaba era que también quiere que lo ame. El problema es que quizá no sabía que ya lo amaba...
View MoreEl eco del disparo retumbó en la bodega vacía, llenando el aire con un olor a pólvora recién quemada que opacó por completo el hedor a humedad. Apreté la empuñadura de mi arma contra la palma de la mano. El metal estaba frío, firme, en un contraste con la descarga de adrenalina que corría por mis venas. Esteban respiraba con dificultad a unos metros, histérico, dando zancadas torpes mientras intentaba flanquear mi posición. —¡Da la cara, cobarde! —bramó, con la voz quebrada por el descontrol—. ¡Sal de ahí! Salí de la sombra de la columna ejecutando un movimiento rápido, con el arma levantada a la altura de los ojos. El proyector de luz me encandiló un instante, pero logré encuadrar el silueta desgarbada de Esteban. —Se acabó, Esteban —sentencié. Giré el pulgar para liberar el seguro, pero no me dio tiempo. En su desesperación suicida, Esteban no buscó cubrirse. Simplemente apretó el gatillo tres veces consecutivas, disparando a ciegas en mi dirección. El primer proyectil pasó r
SebastiánConduje sin escoltas en el último tramo, dejando atrás la camionetas a una distancia estratégica.Había sido una jugada calculada, peligrosa e incierta, pero estrictamente necesaria. Esteban no era más que un animal acorralado, un imbécil acosado por el delirio de grandeza y la desesperación de saberse vencido. Si veía una sola sirena o el despliegue de mi equipo de seguridad, se escondería de nuevo en las sombras como la rata que siempre había sido. Y yo no iba a permitir que siguiera respirando el mismo aire que mi esposa y mi hijo.La dirección que me había enviado al teléfono me condujo hasta una bodega abandonada a las afueras de la ciudad. Era un cascarón de hormigón y chapa oxidada, devorado por la maleza y la penumbra de la noche. Un lugar apartado, perfecto para resolver un asunto sin espectadores indeseados.Detuve el vehículo a metros de la entrada principal. Apagué los faros y el silencio de la nada cayó sobre mí como una roca pesado. Antes de bajar, pasé la mano
Margoth A pesar de la impresionante burbuja de seguridad que Sebastián había desplegado a nuestro alrededor —con guardias armados patrullando el perímetro y sistemas de vigilancia revisados minuciosamente cada segundo del día—, la calma nunca era absoluta. Sin embargo, tras el susto del desmayo y las estrictas advertencias del médico, había hecho un esfuerzo sobrehumano por mantenerme serena. Respiraba hondo, me concentraba en la en mi vientre y me repetía a mí misma, como un mantra, que debía confiar plenamente en el hombre que había prometido protegernos con su propia vida. Sebastián estaba más alerta que nunca. Su mirada no pasaba nada por alto y no permitía que pusiera un solo pie fuera de la propiedad. Sin embargo, con una ternura infinita, hacía todo lo posible por regalarme días normales. Preparaba desayunos tranquilos para los dos, me acompañaba a caminar lentamente por el jardín interno durante las tardes y me leía en voz alta en el despacho mientras acariciaba mi crecida
GRACEEl beso pasó de ser dulce y lento a uno apasionado y desenfrenado en el que los dos nos vimos gimiendo en la boca del otro. Knox no esperó a que dijera una sola palabra más, me tomó en brazos sin romper el contacto visual, apartando mis piernas para acomodarme contra su cadera mientras sus manos se aferraban a mis muslos con una fuerza posesiva que me hizo ahogar un gemido.Caminó a ciegas por el pasillo directo hacia la habitación, empujando la puerta con el hombro. En cuanto la madera chocó con la pared, me depositó sobre la cama con cierta brusquedad, pero antes de que pudiera protestar, su cuerpo ya estaba sobre el mío besándome con fuerza y vehemencia.—No tienes idea de cuántas ganas tenía de hacer esto —murmuró contra mi cuello, bajando la cremallera de mi pijama con una agilidad impresionante.Sus labios quemaban, no había espacio para la lentitud ni para las dudas. Knox se deshizo de su chaqueta y su camisa en un movimiento torpe y apresurado, dejando al descubierto su


















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