LOGINGRACEEl beso pasó de ser dulce y lento a uno apasionado y desenfrenado en el que los dos nos vimos gimiendo en la boca del otro. Knox no esperó a que dijera una sola palabra más, me tomó en brazos sin romper el contacto visual, apartando mis piernas para acomodarme contra su cadera mientras sus manos se aferraban a mis muslos con una fuerza posesiva que me hizo ahogar un gemido.Caminó a ciegas por el pasillo directo hacia la habitación, empujando la puerta con el hombro. En cuanto la madera chocó con la pared, me depositó sobre la cama con cierta brusquedad, pero antes de que pudiera protestar, su cuerpo ya estaba sobre el mío besándome con fuerza y vehemencia.—No tienes idea de cuántas ganas tenía de hacer esto —murmuró contra mi cuello, bajando la cremallera de mi pijama con una agilidad impresionante.Sus labios quemaban, no había espacio para la lentitud ni para las dudas. Knox se deshizo de su chaqueta y su camisa en un movimiento torpe y apresurado, dejando al descubierto su
GRACELos días siguientes tuvieron un ritmo completamente diferente. Había aceptado darle una oportunidad a Knox, con reservas, con los pies en la tierra y con el freno de mano puesto porque no pensaba lanzarme así nada más a sus brazos, pero al final del día había cedido. Y lo cierto es que empezar a ceder no era tan aterrador como lo pintaba mi cabeza.A la mañana siguiente, cuando abrí los ojos, sobre la mesa de la cocina ya había un vaso con el batido verde que tanto me daba asco, acompañado de una nota escrita con su letra incomprensible y típica de doctor que decía: "Te lo tomas todo. Sin peros, Grace". No pude evitar sonreír mientras me lo tomaba de mala gana.Knox se había vuelto experto en infiltrarse en mis días sin resultar asfixiante. O al menos, estaba intentando bajarle dos rayitas a su instinto de guardaespaldas sobreprotector y psicótico. Me consentía con pequeños detalles que desarmaban mis murallas una a una: aparecía por las tardes con mi postre favorito, se sentaba
Margoth Desde que Sebastián me dio aquella noticia, no he tenido paz alguna. Todo el tiempo estaba tensa, presa del pánico, estresada por cualquier mínimo movimiento y teniendo pesadillas que solo me estaban llevando a lo locura.Soñaba que Esteban lograba entrar a la casa y me llevaba con él, peor aun, que mataba a Sebastián y luego a mí. Era tanto lo que me estaba carcomiendo la cabeza y por dentro que no me sentía a salvo por más que mi esposo me asegurara que Esteban jamás podría volver a llegar a mí.Las noches se transformaron en un martirio interminable donde el descanso era imposible. Apenas lograba conciliar el sueño por unos minutos antes de despertarme sobresaltada, con la respiración entrecortada y el sudor frío bañándome la espalda. Soñaba una y otra vez con el mismo escenario desgarrador: las puertas de la mansión cediendo violentamente, Esteban cruzando el umbral con una sonrisa macabra y Sebastián tendido en el suelo sobre un charco de sangre, inerte, mientras las man
MargothMe encontraba en la sala principal repasando una lista de pendientes para la llegada del bebé, con una taza de té tibio entre las manos mientras Sebastián trabajaba en su despacho, a solo unos metros de mí, con la puerta entreabierta como solía dejarla para escucharme si se me ofrecía algo.El embarazo avanzaba con normalidad, mi bebé estaba fuerte y tan grande que ya incomodaba mantenerme en una sola postura por demasiado tiempo. Me faltaban un par de meses para dar a luz, pero ya me sentía a punto de explotar, que no podía resistir los días que me hacían falta.Las molestias se esfumaban al pensar en mi bebé y la emoción que me dominaba cada vez que lo pensaba entre mis brazos, por fin sosteniéndolo y viendo su carita que me había imaginado cientos de veces.Aunque Sebastián repartía su tiempo entre la clínica y mis cuidados, poco me dejaba sola. Había delegado sus funciones a otro médico de su confianza mientras él se tomaba su tiempo, y aunque no me pareció buena idea en u
GRACENo hablamos en todo el camino, él aún seguía furioso y yo, aunque un poco molesta porque se metiera en cosas que no le competían, también, como siempre, estaba demasiado confusa y ansiosa por lo que él me hacía sentir.Knox detuvo el auto frente a mi edificio y bajó primero, rodeó el auto y me abrió la puerta para ayudarme a bajar. Mantenía la seriedad, aun así, no dejaba de ser caballeroso ni hacerme cuestionarme con los pequeños detalles: como ayudarme a caminar, preocuparse de que no diera un paso en falso, me abriera la puerta del edificio y me protegiera el vientre si alguien pasaba demasiado cerca de mí.Y eso me molestaba más, que todo eso fuese más relevante que su intromisión a mi vida.El silencio se prolongó incluso cuando subimos al ascensor. Pensé que se iría una vez me dejara, no que subiría conmigo hasta mi apartamento y se adentraría sin más como si fuera el amo y señor de mi casa.Me molestó su actitud, no lo iba a negar, además de que solía fastidiarme constant
Grace Knox estaba sentado a mi lado en la pequeña sala de examen, con los codos apoyados en las rodillas y los nudillos apretados con los ojos fijos en la pantalla que aún se veía en negro. Cuando la doctora deslizó el transductor sobre mi vientre cubierto de gel frío, el sonido rítmico y acelerado del corazón del bebé llenó la habitación como la más bonita y dulce de las melodías.Giré la cabeza hacia Knox, su postura erguida y su habitual expresión distante se desmoronaron en un segundo. Sus ojos se abrieron de par en par, fijos en la pantalla en blanco y negro, y una sonrisa genuina, casi infantil, iluminó su rostro. Se pasó una mano por el cabello, soltando un suspiro tembloroso que no pudo contener. En ese instante, detrás de la coraza arrogante y la actitud controladora que me sacaba de quicio, vi al hombre real: alguien aterrado, maravillado y profundamente comprometido con la vida que crecía dentro de mí. Mi propio corazón dio un vuelco ridículo, latiendo al mismo compás que







