FAZER LOGINDAMIAN
-Tanteé la cama buscando el cuerpo de Isabella, aún con los ojos cerrados. No estaba. Mi teléfono no paraba de sonar.
Veintitrés llamadas perdidas. Una mezcla de nombres: Alessandro Valcán, Ezequiel Villalobos, Thiago... Sabía que la decisión que había tomado anoche no iba a ser fácil de sostener. El anillo sobre la mesilla de noche me dejó claro que Isabella Montenegro no estaba dispuesta a llevar esto más allá. Tenía que convencerla.
Recogí mi ropa del suelo; una pieza, después otra y otra, marcaban el camino hacia la puerta. Recordé el recorrido de anoche. Isabella me desvestía mientras me besaba y yo la desvestía a ella, pero al llegar a la cama la timidez la alcanzó. Se metió debajo de las sábanas y me pidió que apagara la luz.
-No podré ver lo hermosa que eres si apago la luz.
Sus mejillas enrojecieron. El recuerdo me arrancó una sonrisa; había sido divertido.
Cuando salí, el sol me cegó. Una punzada de dolor me atravesó las sienes. Recordé las botellas de whisky: una en el carro, camino al hotel, entre besos y toqueteos; y otra después de que Isabella se escondiera debajo de las sábanas, ocultándose de mi mirada. Después de unos cuantos tragos perdió todo el pudor. Sonreí de nuevo.
Me llevó un rato ubicarme en el tiempo y en el espacio. Estaba cerca de Villalobos Corporation, pero no quería aparecer en la oficina así. Pedí un taxi y fui a casa.
-Damian -la voz de mi padre me alcanzó en cuanto atravesé la puerta-. ¿Puedes explicarme esto?
Tenía un periódico en las manos. Lo levantó hacia mí.
-Es un periódico físico. Algo anticuado, si me lo preguntas, con tantas opciones digitales. ¿Quién lee periódicos hoy en día?
Leí el titular:
"CEO de Villalobos Corporation revela su identidad y rompe acuerdo millonario con Biotech Company".
No dice nada del compromiso, pensé, y le arranqué el periódico de las manos. Leí la columna.
El heredero multimillonario Damian Villalobos, CEO de la compañía Villalobos Corporation, ha revelado su identidad en un evento corporativo que celebraba la unión con Biotech Company... Ojeé las líneas buscando su nombre. Ahí estaba. También sorprendió a todos al pedirle matrimonio a su novia Isabella Montenegro, quien había estado comprometida con el CEO de Biotech Company, Alessandro Valcán.
-¿Lo ves? -le mostré el periódico-. Mira, solucioné el problema del matrimonio.
Mi padre se quedó mudo.
-Bueno... sí, eso es bueno. Pero ¿por qué romperías la fusión?
En momentos como aquel me hubiese gustado decirle que no era problema suyo, que Villalobos Corporation era mi empresa y yo hacía con ella lo que me diera la gana. Pero, muy en el fondo -y aunque no quisiera aceptarlo- lo respetaba. Lo respetaba, aunque él no se mereciera aquel respeto.
-Porque haré una mejor fusión -le di un par de golpecitos al periódico, justo sobre el apellido de Isabella-. Los Montenegro nos convienen más que los Valcán. Son matemáticas simples: dos pájaros de un solo tiro.
Se quedó callado. No hubo elogios ni felicitaciones, solo silencio. Sabía que era su forma de decir: tenías razón, lo has hecho bien. Solo se quedaba callado porque su boca no había sido hecha para reconocer mis aciertos, sino para reprochar mis errores.
-Bueno, me voy. Debo visitar a mi novia.
Llegué a Montenegro Quantum Dynamics con un ramo de flores enorme. No sabía qué flores le gustaban a Isabella, así que elegí rosas. Rosas rojas. Un clásico.
-Señor Villalobos -la voz de Helena Montenegro llegó a mí antes que su imagen.
La mujer era alta, imponente, con una elegancia impecable que te hacía sentir que no ibas lo suficientemente arreglado para la ocasión. Me pregunté si Isabella se sentía así con la presencia de su madre.
-Damian. Puede llamarme Damian, suegra.
-Y usted puede llamarme señora Montenegro, por favor.
Frunció los labios y levantó una ceja. Me estudió con la mirada, pero mantuvo una distancia prudente, como si yo tuviese una enfermedad contagiosa.
-Claro, señora Montenegro. Pero debe saber que su hija y yo...
-Mi hija no está en sus cabales. Cualquier cosa que ella haya hecho deberíamos discutirla con calma.
-Claro. ¿Dónde está ella?
Helena Montenegro entornó la mirada.
-¿No lo sabe?
Dejó salir una risa ahogada.
-Isabella dejó su cargo en la empresa hace unos meses. Creí que usted ya lo sabría, dada su relación con ella.
No supe qué responder.
-Isabella no está bien. Desde que Alessandro le hizo lo que le hizo se comporta de forma errática y autodestructiva. Y no quiero que me malinterprete, señor Villalobos, pero probablemente ella lo esté usando.
No, soy yo quien la usa a ella, pensé. Mi interés por Isabella era meramente estratégico. La habíamos pasado bien, sí, pero mi verdadero interés era un matrimonio por conveniencia: cumplir con los requisitos de mi abuelo para no perder la empresa familiar. Me jodiste, viejo, pensé, y dejé salir un suspiro.
-Señora Montenegro -me acerqué-, Isabella y yo no nos conocemos tanto, pero estamos enamorados y estamos dispuestos a...
-Sí -estornudó-. Estoy segura de que no se conocen. Ella es alérgica -dijo, señalando las flores.
M****a.
-Ah... estas son para usted -agregué.
Un estornudo me interrumpió.
-Heredó la alergia de mí, pero gracias.
Se dio media vuelta y me dejó ahí, en medio del lobby del edificio, sosteniendo el ramo de flores y preguntándome dónde podría encontrar a mi prometida.
ISABELLA Salí de la clínica abrazando la carpeta contra mi pecho. Durante el trayecto hasta la oficina no dejé de sonreír. Era una sensación extraña. Hacía años que no experimentaba una felicidad tan sencilla, tan limpia, tan parecida a la esperanza. Cada vez que el semáforo obligaba al automóvil a detenerse, mi mano terminaba, casi por instinto, sobre el vientre. Todavía no existía ninguna diferencia visible. Ni siquiera podía llamarlo bebé. Apenas era una pequeña vida que comenzaba a abrirse paso dentro de mí. Y, sin embargo, ya sentía la necesidad de protegerla. Cuando llegué a la oficina, procuré comportarme con normalidad. Saludé a los empleados. Revisé algunos documentos. Firmé dos contratos que llevaban varios días esperando sobre mi escritorio. Intenté convencerme de que debía concentrarme en el trabajo.Fue inútil.Cada pocos minutos volvía a abrir discretamente la carpeta donde guardaba el resultado del análisis de sangre solo para comprobar que seguía allí. Positivo.
SARAH Me alejé unos metros de la sala de rehabilitación antes de volver a sacar el teléfono del bolsillo. Había intentado mantener la conversación lo más lejos posible de Damián, pero conocía demasiado bien su manera de observar. Después de dos años dormido todavía estaba desorientado, sin embargo, nunca había dejado de notar los pequeños detalles. Respondí la llamada antes de que volviera a sonar. —¿Dónde está ahora? La voz al otro lado de la línea sonaba tan nerviosa como la primera vez que llamó aquella mañana. —Hace media hora salió de la mansión. Insistió en entrar otra vez. Miré por la ventana del hospital. —¿Lo dejaron pasar? —No. Asentí para mí misma. —Perfecto. —Pero no piensa rendirse. Dice que necesita hablar con el señor Damián, que es urgente. Una sonrisa apenas perceptible apareció en mis labios.Thiago siempre había sido demasiado persistente. Precisamente por eso llevaba semanas preparándome para él.Cuando los médicos comenzaron a decir que el despertar
DAMIANLa rehabilitación era mucho más humillante de lo que imaginé. Durante años di por sentado algo tan simple como ponerme de pie. Nunca pensé que llegaría el día en que celebrar un paso completo se convertiría en una victoria.Las piernas respondían. Pero no como antes. Cada movimiento exigía un esfuerzo que terminaba dejándome completamente agotado.—Muy bien, Damián, otra vez.El fisioterapeuta retrocedió un paso mientras yo sujetaba con fuerza las barras paralelas.Respiré profundamente, intenté concentrarme. Un pie. Después el otro. Las piernas comenzaron a temblar casi de inmediato y un dolor sordo recorrió mis músculos, como si protestaran por obligarlos a recordar algo que habían olvidado durante dos años. —Eso es... no te apresures.Avancé otro paso, después otro y finalmente tuve que detenerme. El aire apenas alcanzaba para llenar mis pulmones. Sentía el cuerpo empapado en sudor. Jamás imaginé que caminar pudiera ser tan difícil.—Por hoy es suficiente. Asentí sin d
Desperté antes de que sonara la alarma. No había dormido bien.Durante toda la noche miré el reloj varias veces, convencida de que apenas habían pasado unos minutos desde la última vez que abrí los ojos. Sin embargo, cuando finalmente decidí levantarme, todavía faltaba casi una hora para la cita en la clínica.Catorce días.Había esperado exactamente catorce días.Me preparé un café que terminé dejando a la mitad sobre la encimera. Intenté responder algunos correos de la oficina, pero descubrí que llevaba varios minutos leyendo el mismo mensaje sin comprender una sola palabra.No podía concentrarme. Solo pensaba en una cosa.Antes de salir del departamento abrí el cajón del baño. Todavía quedaba una prueba de embarazo.La había comprado junto con las otras tres meses atrás, convencida de que probablemente también terminaría en la basura.La sostuve unos segundos entre las manos.—No debería hacerlo —murmuré para mí misma.La doctora había sido muy clara. Esperar al análisis de sangre
El día que me dieron el alta no sentí ninguna alegría.Durante las semanas anteriores los médicos habían insistido en que aquello era una excelente noticia. Había sobrevivido al accidente, el trasplante había sido un éxito y la rehabilitación avanzaba mejor de lo que esperaban. Todos parecían convencidos de que abandonar el hospital era el comienzo de una nueva etapa. Yo solo sentía que estaba dejando el único lugar donde todavía existía alguna posibilidad de encontrar respuestas. Sarah empujaba lentamente mi silla de ruedas por el pasillo mientras varias enfermeras se despedían de mí con sonrisas que intenté devolver por simple educación. No tenía ganas de sonreír. No tenía ganas de fingir que estaba agradecido de seguir vivo. Seguía leyendo aquella carta una y otra vez en mi cabeza. Cada palabra, cada frase, cada maldita línea. "No perdí a nuestro hijo. Decidí no tenerlo." Había noches en las que despertaba convencido de que todo había sido una pesadilla. Buscaba desesper
ISABELLAHabían pasado casi tres meses desde mi primera visita a la clínica. Durante ese tiempo intenté convencerme de que aquella idea había sido producto de la desesperación. Me repetí una y otra vez que jamás sería capaz de ocultarle algo así a Nikolai, que una relación construida sobre un secreto tan grande estaba destinada a romperse tarde o temprano y que, si realmente lo amaba, debía respetar la decisión que él había tomado respecto a los tratamientos. Sin embargo, también existían noches en las que despertaba imaginando la habitación de un niño que nunca había existido. Había mañanas en las que me sorprendía observando a madres caminar con sus hijos por las calles de Londres y terminaba preguntándome cuánto tiempo más iba a esperar para empezar a vivir la vida que siempre había soñado. Nikolai seguía convencido de que algún día encontrarían otra alternativa. Yo comenzaba a aceptar que esa alternativa probablemente no existía. Aquella mañana salí del departamento dicie







