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EL DIA SIGUIENTE

Author: Agatha Dixon
last update publish date: 2026-03-04 08:35:40

ISABELLA

Después de salir a hurtadillas del hotel llegué a casa y me dejé caer en el sofá, estaba agotada.

Solo quería cerrar los ojos y dormir un día o dos, pero mi teléfono no dejaba de sonar. Miré la pantalla, mi madre me había mandado un mensaje con un enlace, lo abrí completamente desmotivada, segura de que era alguna dieta revolucionaria, algún medicamento novedoso o un procedimiento estético para ayudarme a perder peso, pero no, no era nada de eso, el video me hizo sentarme de golpe. Era yo, en una tarima aceptando la propuesta de matrimonio de Damian Villalobos, CEO de la compañía Villalobos Corporation, busqué las noticias, todas hablaban de una sola cosa, el evento corporativo de la noche anterior, abrí un video.

..."el CEO de Villalobos Corporation decidió revelar su identidad después de una década de anonimato y además apareció con prometida incluida y no cualquier prometida, la heredera del imperio empresarial Montenegro, nada más y nada menos que Isabella Montenegro y como cereza del pastel, el CEO ha decidido anular la fusión con Biotech Company, la empresa del ex prometido de Montenegro, el mundo empresarial ha dado un giro dramático y..."

Un sabor amargo subió desde mi estómago hasta mi garganta, corrí al baño y vomité toda la comida chatarra de la noche anterior. Me miré en el espejo, estaba destruida, mi cabello hecho un nido de pájaros, el maquillaje se había borrado de mi rostro por completo, me lavé los dientes para quitar el sabor del whisky mezclado con el vómito. Nunca tomo whisky pero me había acabado dos botellas anoche, la primera por diversión, la segunda para armarme de valor, la escena vergonzosa de la noche anterior volvió a mi cabeza.

Después de quitarnos la ropa con el desespero de animales en celo a punto de aparearse, cuando noté que estaba completamente desnuda, demasiado expuesta, me metí debajo de las sábanas y cuando Damian intentó meterse junto conmigo, le pedí que apagara la luz, no quería que me viera desnuda, no quería que se espantara, él pareció entenderlo de inmediato. Se acercó al minibar, caminó desnudo, con pasos seguros, claro, con ese cuerpo quién no iba a sentirse seguro, cogió el whisky más caro, bebió directo de la botella y me invitó a hacerlo, yo acepté.

El vidrio frío chocó contra mis labios. Tomé un trago más largo de lo que debería. El whisky quemó mi garganta, pero no tanto como la vergüenza que me ardía bajo la piel. Él me miró beber sin decir nada, como si cada gesto mío le resultara interesante.

-¿Cómo voy a admirar lo hermosa que eres si apago la luz? -dijo con una media sonrisa, esa que parecía hecha a medida para desarmar defensas.

Recuerdo haber pensado que estaba mintiendo. ¿Hermosa yo? Sí, claro...

-No voy a apagar la luz -dijo finalmente-. Pero tampoco voy a quitarte nada que no quieras mostrar.

Se acercó despacio.

Yo seguía sentada, recostada contra el respaldo alto tapizado en terciopelo gris, con la sábana blanca apretada bajo mis brazos. Las lámparas laterales daban una luz cálida que hacía que su piel pareciera casi dorada. Se levantó y caminó hacia el extremo de la cama. Levantó un poco las sábanas hasta descubrir mis pies y mis tobillos, los masajeó con suavidad.

-Bebe un trago cada vez que quieras que suba -yo bebí.

La tela subió lentamente por mis piernas. No la arrancó. La deslizó. Sus dedos acompañaban el movimiento, rozando mi piel con una presión ligera, casi reverente. Yo no sabía qué me ponía más nerviosa: que me estuviera viendo... o que lo estuviera haciendo con tanta calma. Cuando la sábana llegó a mis rodillas, se inclinó y besó mi tobillo. Un beso suave, luego otro más arriba. Se detuvo esperando mi permiso.

La botella tembló un poco en mi mano cuando bebí de nuevo.

La tela siguió subiendo. Mis muslos quedaron expuestos al aire tibio de la habitación. Sus labios reemplazaron el recorrido de sus manos, dejando besos lentos, pausados, como si estuviera memorizando cada centímetro.

Yo seguía pensando que no era hermosa, que cuando llegara a la parte que más odiaba, algo en su expresión cambiaría, pero no cambió. La sábana subió hasta mi abdomen. Se detuvo ahí. Sus ojos recorrieron mi cuerpo sin prisa, sin burla, sin juicio, solo deseo. Un deseo concentrado con el que nadie jamás me había mirado, tuve que recordarme a mí misma que le había pagado para eso, solo estaba haciendo su trabajo y lo estaba haciendo demasiado bien.

Cuando finalmente llegó a mi pecho, la sábana ya no era una barrera, no porque él la arrancara sino porque mis manos dejaron de sostenerla, estaba encima de mí, sus labios rodearon uno de mis pezones, mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Un gemido escapó de mi garganta, traicionándome. Su lengua jugó con lentitud, succionó con la presión exacta para hacerme arquear la espalda contra el respaldo.

La luz seguía encendida. Y por primera vez en mucho tiempo, no quise apagarla. Lo que más me duele de ese recuerdo no es la apuesta. Es que esa noche... mientras él ascendía por mi cuerpo con devoción y yo me deshacía bajo sus manos...

Yo creí que me deseaba. Pero no, claro que no, él no estaba ahí por casualidad, sabía perfectamente con quién se iba a encontrar al subir a mi auto anoche, sabía que yo había contratado a un hombre que me hiciera compañía, no sé cómo, pero lo sabía y fue con una sola intención, cumplir con una apuesta, o un castigo, no lo sé, follarse a Isabella Montenegro, la heredera gorda a quien nadie desea, seguro pensó que era una presa fácil, seguro pensó que estaría tan desesperada que le abriría las piernas sin problemas, y estaba en lo correcto

Me quedé mirando mi reflejo unos segundos más, respirando con dificultad, con esa sensación asquerosa de haber sido abierta en canal y luego cerrada de golpe sin anestesia. No tenía sentido. No nos conocíamos. Más allá de aquel encuentro incómodo en el ascensor, de la discusión tensa en el hospital, Damian Villalobos no tenía ninguna razón para hacerme algo así. No éramos enemigos. No éramos amantes. No éramos nada. Entonces ¿por qué? ¿Por qué meterse en mi vida de esa manera, suplantar al hombre que yo había contratado, meterse en mi cama, besarme como si de verdad me deseara, mirarme como si no le diera asco cada centímetro de mi cuerpo? ¿Qué ganaba con eso?

La idea empezó a tomar forma en mi cabeza como una sombra desagradable.

¿Venganza?

Recordé el ascensor. Mi tono cortante. La forma en que lo miré por encima del hombro. Recordé el hospital, mi actitud defensiva, mis palabras cargadas de prejuicio. ¿Había sido eso suficiente para herir su ego? ¿Para que decidiera humillarme de la forma más cruel posible? La heredera malcriada tratando mal al hombre equivocado. El hombre que resultó ser el CEO más poderoso del país. Sonaba ridículo. Sonaba exagerado. Pero también sonaba posible. Los hombres como él no estaban acostumbrados a que los miraran con desprecio.

La rabia empezó a treparme por el pecho como fuego.

Me había sentido deseada.

Esa era la parte que más me dolía. No el sexo. No la exposición. No la luz encendida. Sino el instante en que creí que su mirada era real. Que el deseo no estaba actuado. Que su boca descendiendo por mi cuerpo no era estrategia sino impulso. Fui tan ingenua. Tan estúpidamente ingenua. Un hombre como Damian Villalobos no mira a una mujer como yo de esa manera sin una razón detrás. Los hombres como él eligen modelos, ejecutivas perfectas, mujeres que encajan en portadas de revista. No herederas gordas que beben whisky para poder soportar que las miren desnudas.

Sentí cómo algo dentro de mí se rompía.

El frasco de perfume que estaba sobre el lavamanos terminó en el suelo antes de que me diera cuenta de haberlo lanzado. El vidrio estalló contra las baldosas y el aroma dulce se mezcló con el olor ácido del vómito reciente. Respiré fuerte. No fue suficiente. Agarré la caja de maquillaje y la barrí con el brazo, cayó al suelo desparramando sombras, polvos, labiales como restos de una batalla absurda. Todo era absurdo. Él. Yo. La apuesta. La propuesta pública. El mundo empresarial celebrando mientras yo no entendía nada

El teléfono empezó a sonar. El sonido cortó el aire como una cuchilla. Se me revolvió el estómago cuando miré el nombre en la pantalla. El pulgar se quedó suspendido sobre la pantalla unos segundos eternos. Podía ignorarlo. Podía dejar que sonara hasta que se cansara. Podía bloquearlo y fingir que no existía. 

El teléfono dejó de sonar.

Un segundo después volvió a vibrar.

Más insistente.

Más decidido.

Apreté los dientes y deslicé el dedo.

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