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Capítulo 6

Author: Edgar Romero
last update publish date: 2026-01-24 18:20:42

Yo, una vez más, fui quien le propuse a Joseph casarnos, en una boda muy concurrida, majestuosa, en un palacio en la montaña, con miles de invitados, con mucha música, trago y algarabía y luego pasar nuestra luna de miel en una paradisíaca playa del Caribe, rodeados de gaviotas y el estallido de las olas, reventando en la arena. Yo, como bien imaginan, era súper romántica, me sentía una princesa de cuento de hadas, que quería hacer de mi vida una película de amor, sin más preocupaciones que ser inmensamente feliz.

   Joseph estaba encandilado conmigo. Yo le era exquisita, deliciosa, erótica y muy sensual, la mujer más bella del mundo. Joseph sentía que se había sacado la lotería conmigo y ni loco deseaba perderme sino, por el contrario, acapararme por el resto e su existencia. Aceptó de inmediato casarnos, sin dudar un solo instante. Decidimos que la boda se haría en apenas quince días. ¡¡¡Estábamos locos el uno por el otro!!!

   Los padres de Joseph, sin embargo se opusieron a nuestro matrimonio. -Ustedes están muy jóvenes, mi hijo está recién en el primer año de la universidad, queremos que primero se convierta en doctor, tenga su consultorio, trabaje en una gran clínica y después casarse y tener hijos, casarse ahora es precipitado y prematuro-, me dijeron los papás de Joseph muy iracundos y enfadados  pero no le hicimos caso y  decidimos llevar a cabo nuestra boda sin su anuencia.  

   Le pedí, entonces a Joseph firmara el contrato de matrimonio.  Yo no iba a arriesgar mi fortuna y futuro con un muchacho al que los padres manejaban como un títere. -Lo mío es mío y lo tuyo es tuyo-, le dije, alzando mi naricita mientras tomábamos café en un restaurante cercano a mi casa.

   Joseph tomó el documento que yo había impreso, lo leyó con cuidado y arrugó la boca. ¡¡¡Estaba molesto!!! Lo sabía, lo sabía, lo sabía,  la sugerencia de Helen era a todas luces, despreciable, ruin y malévolo.

   -Me parece bien porque yo no tengo nada, je je je-, me dijo entonces Joseph volviendo a reírse, firmando el contrato sin ponerle pero alguno a ninguna de las cláusulas.  Luego fuimos juntos al notario y lo legalizamos.

   Yo iba a correr con todos los gastos. Viviríamos en mi casa, le pagaría sus estudios, me encargaría de su ropa, la comida, en fin, de todo. Él sólo se dedicaría ser mi esposo y a estudiar en la universidad.

  Definitivamente a mí me faltaba un tornillo, pero valía la pena. Joseph era muy lindo conmigo. 

   Nos casamos un viernes por la noche, en una gran fiesta, con muchísimos invitados, el doble de periodistas. La boda la transmitieron en la televisión y en los portales de internet. Fue todo un acontecimiento. -Jacqueline Monroe, la modelo más bella del mundo, se casa-, decían y eso alborotaba las redes sociales y al país entero. No exageraban, tampoco. Mi rostro de cielo era súper conocido, todos estaban enamorados de mis ojos celestes y de mis pelos rubios largos y lacios. Mi figura bien pincelada, de curvas exactas, maravillaba al mundo entero y era la mujer más codiciada por todos los hombres del planeta.  

   Obviamente todos  se mofaban de mi novio viéndolo tan enjuto, desgarbado y poco agradable, pero a mí me parecía encantador, con su smoking, bien arreglado, nervioso, esperando por mí, al lado de sus padres. Yo estaba muy linda con un traje de novia de cola kilométrica, bouquet, tiara y velo. Mi amiga Helen fue la dama de honor y contraté a la orquesta sinfónica para la marcha nupcial.  La boda en el internet provocó casi un millón de likes y miles de curiosos estaban amontonados en la puerta de la iglesia, expectantes del matrimonio de la afamada Jacqueline Monroe.

   Todo salió de maravillas. La recepción se hizo en un local exclusivo que quedó atiborrado de invitados y luego nos fuimos de luna de miel a dar la vuelta por el Caribe en un crucero. Creo que jamás dormí en esa semana que estuvimos recorriendo las playas caribeñas porque nos la pasamos haciendo el amor desenfrenados, eufóricos, frenéticos, entregados a los placeres de nuestra pasión. Yo era la más vehemente, me desquiciaba entre los brazos de mi flamante esposo. Lo mordía, lo arañaba al extremo que le hacía garabatos en la espalda con mis largas uñas. También me jalaba los pelos, aullaba como una mujer lobo y perdía la conciencia en todo momento sometida al ímpetu de Joseph.

   De regreso a la ciudad, y como yo le había prometido a sus padres, Joseph reanudó sus clases de medicina y yo me aboqué a mis contratos de publicidad. El matrimonio aumentó mi popularidad, me hice aún más famosa y en los medios sensacionalistas, en los portales de internet, en los programas de chismes de la televisión nos conocían como la pareja energía porque los dos éramos jóvenes, muy fogosos y hasta súper eróticos. Y es que yo me pavoneaba ante los reporteros diciendo que mi esposo era muy viril y era un permanente volcán en erupción.

   Ya imaginarán los titulares de los medios: "Joseph hace delirar a la más bella del mundo", "Marido lleva al delirio a Jacqueline", "Súper modelo ve estrellas en la cama"  y cosas así. A mí no me importaba porque eso aumentaba mi popularidad y por ende, tenía mayor publicidad a mi favor, je.

   Esos primeros fueron de ensueño, tanto que quise quedar embarazada de Joseph. Él estaba dubitativo. -Es mucha responsabilidad ser padres-, me dijo, arrugando la nariz.

   -Tengo dinero suficiente para mantener a cien bebés-, yo estaba demasiado entusiasmada.

   Finalmente lo convencí. Yo tenía muchos argumentos para hacerlo, además, je je je. Me bastaba una mirada, una caricia, el canalillo de mis pechos o mis exuberantes curvas para convencerlo y tenerlo rendido a mis pies. 

  La hicimos mil veces, incluso hasta cuando Joseph ya no tenía fuerzas, estaba hecho una piltrafa, exánime, sudoroso, exprimido igual una naranja, echando humo en su aliento y con los ojos desorbitados... pero nada. Yo le hacía todo y dejaba, también qué el se deleitara conmigo, pero la vacuna no prendía. 

   A Joseph parecía no importarle. -C'est la vie-, decía riéndose cuando tenía mi periodo y no podíamos convertirnos en padres.

   Entonces adiviné que uno de los nosotros no podía concebir.

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