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Capítulo 5

Author: Edgar Romero
last update publish date: 2026-01-24 02:39:00

 Mi primer marido fue Joseph, un muchacho muy lindo, dulce, cariñoso, bastante divertido y que apenas había cumplido la mayoría de edad, era inmaduro, soñador, con un kilometraje exiguo en los avatares de la existencia, tanto que no había tenido antes enamorada alguna, que pensaba en marcianos invadiendo la Tierra y que el fútbol era su principal razón de existencia. Yo también era bastante joven aún, pese a que ya era súper millonaria, una modelo cotizada, estrella en las pasarelas y convocada siempre por las casas de modas más importantes del mundo para que exhibiera sus mejores conjuntos  desatando la euforia en todo el planeta. Pese a mi éxito, yo seguía siendo una chica desinhibida en extremo, y distendida, al extremo que no me importaba más que disfrutar de los placeres de la vida, darme mis gustos, ir a discotecas, comer en restaurantes exclusivos y exhibir mi belleza en al playa, ataviada en minúsculas tangas, convertida en imán de las miradas de los hombres.  

    Me contrataban para todo tipo de avisajes publicitarios y querían que hiciera novelas y películas que aunque, ya les digo, no me eran de mi gusto, tenía algunos papeles que merecían elogios de la crítica especializada. Participaba en numerosos  videos en el internet y clips musicales con cantantes famosos, como también  les conté antes y las imágenes se tornaban en virales en el internet. 

    Estaba, en realidad,  en el pináculo de la gloria y podía darme mis gustos y placeres, viajando por  diversos países, alojándome en buenos hoteles y acumulando una fortuna en mis cuentas bancarias, cuando de repente, Joseph se cruzó en mi camino.  Él me encandiló  de inmediato, apenas lo vi en  bailando en forma desaforada en  la fiesta de cumpleaños de una amiga en común. Joseph parecía un títere moviendo las piernas y los brazos, igualito se fuera el hombre de jebe y reía, reía mucho, haciendo brillar los ojos, siguiendo la música tan mal que daba risa, sin embargo, él me gustó mucho porque a Joseph  no le importaban las mofas, las burlas o las carcajadas de los demás. Era como yo, gozaba del momento y el resto era simplemente un tinglado a su dicha y felicidad.

   Viéndolo bailar tan feo, pensaba que lo importante no era hacerlo bien, sino disfrutar del momento intentándolo. Era un poco la filosofía de vida que yo tenía y que me había catapultado al éxito. 

    Además, yo quería olvidar del mal rato que me había significado Ronald y me pareció magnífico iniciar un affaire con ese muchacho que era el alma de la fiesta del cumpleaños de mi amiga, bailando en forma tan desquiciada,  igual como si lo hubieran electrocutado. Todos reían viéndolo tan alborotado, sin embargo a mí me gustaba su entusiasmo, lo divertido que era y la algarabía que desbordaba en toda su humanidad, sin importarle nada, ni las risas ni las mofas de sus amigos. Lo único que él quería era divertirse, reír y gozar de la música a sus anchas.

    Joseph era feo, enjuto, delgado, desgarbado y tenía la nariz tan larga que parecía una escopeta  o una lanza, pero, ya les digo, era muy divertido, encantador, afable y reía bastante, por cualquier cosa. Contaba chistes, además. -Un hombre ve a su amigo que va a pescar. "¿Qué pescarás?-, se interesó y el tipo le responde, "un pez martillo y un pez sierra porque necesito hacerme una mesa y unas sillas" ja ja ja-, contaba sus  chascarrillos con mucha animosidad, alzando la voz, retumbando las paredes, ventanales y aparadores. A mí me hacían reír a carcajadas, incluso a gritos. En ese sentido me hacía recordar a Ronald y eso también me daba en la yema del gusto. ¡¡¡Me gustan los hombres divertidos!!!

  Yo fui quien le habló, rompiendo tabúes, acercándomele sin miedo, dando el primer paso e hicimos click de inmediato, mientras bailábamos una deliciosa salsa, muy cadenciosa, sabrosa y provocativa, súper sugerente, ideal para iniciar un romance. Él, incluso, se atrevió a tomar mis cintura que yo cimbreaba igual si fuera un barco a al deriva. Eso le encandiló. Yo le di mi número de celular y así empezó todo. Comenzamos a vernos a comer, a tomar lonche, a pasear por el parque, a charlar por el móvil y a conocernos. Supe, entonces, que Joseph estudiaba medicina, quería ser neumólogo, y también me gustó el detalle de que no me conociera aún fuera yo tan famosa en el jet set. -No sabía que eras modelo-, se asombró. Yo me reía de su cara de sorpresa, porque hasta para poner la cara de bobo Joseph era lindo y seductor. 

   Fue un romance muy tórrido el que sostuve con Joseph, de muchos besos y caricias, arrumacos y poesía, incluso ninguno de los dos se resistió en dar el primer paso y empezamos a besarnos muy acaramelados, con demasiado embeleso, envueltos en fuego. Yo ardía como bonzo entre sus brazos y me encantaban los labios ásperos de Joseph, sus manos tan grandes, disfrutando de la lozanía de mi piel. Me embriagaba en su aliento y reía con sus bromas que parecían  nunca tener fin. -El bus de transporte público venía tan lleno que hasta el chofer iba de pie je je je-, decía  él y yo no podía contener las risotadas aún estuviera empalagada con su boca. ¡¡¡Estallaba en risas con tanta furia que la gente me miraba absorta pensando que había enloquecido!!!

   Con él fue, entonces, mi primera vez en mi casa. Lo invité a cenar, pero al final yo fui la merienda je je je. Joseph me comió, literalmente, de pies a cabeza. Ni siquiera llegamos a la cama. Se abalanzó sobre mí como una fiera hambrienta y me devoró por completo, tanto que ni recuerdo en qué momento quedé desnuda y a su entera merced. Fue una faena tan idílica, deliciosa e inolvidable que quedé sumida en mis propias ansias, envuelta en llamas y acaramelada a los labios ásperos y masculinos de mi ahora amante y prometido, parpadeando con dificultad, jadeando y echando humo en mis soplidos alborozados.   

   Joseph me dejó las huellas de su ímpetu en todos los rincones de mi sensual anatomía, escaló mis cumbres, conquistó mis curvas y redondeces y llegó a mis entrañas casi sin detenerse, apurado por la necesidad de amar, de hacerme gemir y arribar a las fronteras más distantes de mi adorable anatomía, con encono y vehemencia, provocando, más y más llamas en mis intimidades  hasta convertirme en una gran tea chisporroteando enormes llamaradas, volviéndome cenizas.  

     Pertenecerle a ese hombre tan impetuoso que no era nada bello pero que resultaba muy viril, fue una sensación súper erótica, en realidad, que me encandiló y prendó en forma definitiva, hasta dejarme convertida en su títere. 

     Recuerdo que yo  echaba fuegos igual a un lanzallamas  por todos mis poros, con cada beso, cada caricia y por las manos de Joseph, deslizándose en mi piel lozana, recorriendo mis carreteras, deleitándose con la suavidad de mis piernas, mis muslos firmes y mis nalgas tan redondas y prodigiosas. 

     Joseph estaba encantado con  mi magia tan sexy, gozaba con mis gemidos que le eran una música excitante que lo hacía a él aún más vehemente en su terquedad de llegar a mis fronteras más lejanas, perdidas en lo profundo de mis intimidades porque el deseo de él era ser el dueño de todo lo mío, hasta de mis pensamientos y de mi propia sombra. 

    Esa primera noche que fui suya. Joseph se transformó en un maremoto, un caudaloso río, un alud arrasando con mis defensas. Fue igual a un huracán que me hizo sucumbir  hasta llegar a las recónditas esquinas de mi sensualidad. Yo estaba tan eufórica que le mordí con furia la piel dura, áspera, insensible, musculosa de Joseph y a él le encantó mi emoción exultante, en el preciso momento que su torrente de fuego, alcanzó el clímax, invadiendo mis vacíos igual a un chorro de fuego candente, abrasador y encendido que me hizo arder en el encanto y la magia del erotismo.  Aullé convertida en una mujer lobo y le hundí mis uñas afiladas en su espalda, abriéndole grandes surcos y provocando hilachas de sangre que resbalaban por sus músculos flácidos pero que, sin embargo, me seducían y me hacían febril e impetuosa.

   No nos detuvimos aún estuviéramos  cansados, agotados, rendidos, satisfechos, encharcados en sudor y echando humo, cabalgándonos mutuamente, con desenfreno y locura. Yo  exhalaba pasión en mi aliento, soplaba  sensualidad en mis alaridos y gemidos,  mis ojos estaban obnubilados, sumidos en el embeleso que me producía pertenecerle a ese hombre tan impetuoso, terco y varonil que seguía hundiéndose más y más en mis profundidades, llegando a distancias inhóspitas e inverosímiles de mi  feminidad. Finalmente nos quedamos  tumbados sobre las almohadas, sin fuerzas,  convertidos en dos pilas de carbón humeante, después de haber disfrutado de esa velada tan placentera y romántica.

   Ni recuerdo en qué momento me quedé dormida encadenada entre sus brazos pero sí que lo hice convencida de que había encontrado al hombre perfecto que tanto ansiaba, anhelaba, ilusionaba y soñaba, pues me sentía una mujer hecha y derecha en los brazos de Joseph. ¡¡¡Ahora quería ser su esposa y tener muchísimos hijos a su lado!!!

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