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Capítulo 3

作者: Mónica Herrera
Al menos, habría podido suplicarles a esos desconocidos que me salvaran la vida.

Ahora mi solicitud estaba en manos de papá.

—Miles, eres una decepción.

Se reclinó en el asiento. Su voz no transmitía enojo. Estaba cargada de algo mucho peor: desprecio.

—La familia Voss te ha dado de comer y de vestir durante tantos años. ¿Y así nos agradeces? ¿Te inscribes a escondidas en uno de esos registros de ADN para buscar a tus verdaderos padres? ¿Qué pasa? ¿Tan mal te ha tratado nuestra familia que ya estás buscando un lugar mejor donde vivir?

Me quedé mirando los papeles. Se me hizo un nudo en la garganta y me quedó un sabor metálico en la boca.

Había buscado a mis padres biológicos porque quería seguir viviendo. Pero para papá, yo solo era un hijo ingrato al que nada le bastaba.

—No es eso —dije mientras guardaba las hojas en el sobre con calma—. Solo quería saber de dónde vengo.

Soltó una risa fría y se incorporó al tráfico.

—Si tanto quieres saberlo, te daré una respuesta. Vamos a casa.

***

Cuando llegamos, mamá y Nolan estaban sentados en uno de los sofás de la sala.

Frente a ellos había una pareja de mediana edad, con ropa vieja y raída. El hombre tenía la piel curtida por la intemperie y las manos ásperas. El cabello enmarañado de la mujer le enmarcaba el rostro, y sus ojos recorrían sin descanso aquella lujosa sala.

Papá entró y señaló a la pareja.

—Miles. Ven aquí.

Me detuve junto a la mesa de centro.

—Querías encontrar a tus padres biológicos, ¿no? —dijo con naturalidad, como si estuviera cerrando un negocio sin importancia—. Mandé a alguien a investigar. Estos son tus padres. Clive y Martha Haskett.

Martha se levantó de un salto y me agarró la mano, fingiendo emocionarse hasta las lágrimas.

—¡Ay, hijo mío! ¡Por fin te encuentro! En aquel entonces éramos tan pobres que no teníamos ni para darte de comer. No nos quedó más remedio que dejarte a un lado de la carretera. No me culpas por eso, ¿verdad?

Me llegó una ráfaga de olor a cigarrillos baratos y sudor rancio. Retiré la mano y miré a mamá y a papá.

Eran pésimos actores.

Si no hubiera escuchado la verdad la noche anterior, quizá me habría creído aquella historia y habría aceptado a esos dos desconocidos como prueba de mis humildes orígenes. Pero lo había oído todo. Yo era el hijo biológico de la familia Voss. Aquella pareja no era más que parte de una farsa: dos personas que mis padres habían traído de algún pueblo perdido para hacerlas pasar por mi familia.

Mamá se secó con elegancia la comisura de un ojo con un pañuelo de papel.

—Miles, por favor, no pienses que estamos siendo crueles. Si estás tan decidido a encontrar a tus verdaderos padres, ¿quiénes somos nosotros para interponernos entre ustedes? Prepara tus cosas. Puedes pasar un tiempo con ellos en el campo.

Nolan estaba sentado a su lado y habló con voz suave y comprensiva.

—No tengas miedo, Miles. Puede que la vida allá sea más dura, pero ellos son tu familia. Pasar un tiempo fuera te ayudará a forjar el carácter. Quizá así aprendas a valorar todo lo que mamá y papá han hecho por ti.

Me quedé allí de pie, contemplando a aquella absurda familia de cuatro.

Forjarme el carácter. Enseñarme a ser agradecido.

Para darme esa lección, mis propios padres estaban dispuestos a entregar a su hijo enfermo terminal a dos completos desconocidos.

Me invadió un cansancio que me caló hasta los huesos. Ni siquiera pude reunir fuerzas para discutir.

De todos modos, no me quedaba mucho tiempo de vida. Si moría en la mansión de los Voss, probablemente solo arruinaría otra alfombra cara. Morir en el campo quizá fuera más fácil para todos.

—Está bien —dije en un hilo de voz—. Voy a preparar mis cosas.

Mamá parpadeó. Estaba claro que no esperaba que aceptara tan fácilmente. Todos los sermones que había preparado se le quedaron en los labios.

Subí al antiguo cuarto de la empleada doméstica y guardé en una mochila las pocas prendas raídas que tenía. Cuando volví a bajar, Clive Haskett ya estaba impaciente por irse.
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