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Capítulo 2

Autor: Ingrid Herrera Aparicio
—Estos días tengo que mantenerla tranquila. Si no, ¿cómo vamos a lograr que esa mujer críe a nuestro hijo? Todo lo que hago es para que tu bebé sea el heredero de los Michaus, ¿me entiendes?

Un vacío me golpeó el pecho. Sentí un hueco que me partió por dentro. Di dos pasos hacia atrás, tambaleándome.

No solo iba a matar a nuestro hijo, también pretendía que yo criara el hijo de él y Patricia.

Hace diez minutos, ese hombre estaba junto a mi cama, apretándome la mano y diciéndome palabras de amor. Y al siguiente segundo ya estaba en la habitación de otra mujer, hablando de cómo obligarme a criar al hijo de su amante.

Si no lo hubiera escuchado con mis propios oídos, jamás me lo habría creído. Era mi esposo, el hombre al que había amado durante ocho años.

Desde dentro llegaron besos húmedos, piel rozando, susurros. Patricia soltó una risa coqueta y se le colgó del cuello.

—El médico dijo que en el tercer trimestre, de vez en cuando puedes desahogarte... ¡mm! ¡Eres un desastre!

Me quedé mirando, como si me estuviera castigando a mí misma, hasta que por fin reaccioné y me aparté.

Me fui. Paso a paso, caminé hacia el consultorio de José Chávez.

—Dígame la verdad, ¿el bebé que llevo en el vientre ya no se ha movido desde hace un buen rato?

Cuando solté esa pregunta, me sorprendió mi propia calma. Tal vez mi corazón ya estaba entumecido.

José se acomodó los lentes. Se notaba que evitaba mi mirada, pero al final cedió y me lo dijo:

—Señora, sin la autorización del señor Michaus no debería contarle esto, pero el bebé lleva ya dos meses…

Ni siquiera pudo terminar la frase.

Miguel lo sabía. Sabía el daño que le hacía a mi cuerpo llevar un feto sin vida durante dos meses. Lo que quería era que yo me rindiera por completo, para luego salirse con la suya y decirme que criara a otro niño.

Yo, con frialdad, le dije a José:

—Necesito que me ayude con algo. Después de la operación, ¿podría decirle al señor Michaus que yo morí en el quirófano?

José bajó la cabeza, lleno de culpa.

—Sí, se lo prometo.

Salí del consultorio y me topé con Patricia, que andaba dando vueltas por el pasillo. A su lado estaba Miguel, sujetándola del brazo con una paciencia que me quemó por dentro.

En el instante en que nuestras miradas se cruzaron, Miguel se puso pálido. Soltó a Patricia de inmediato y caminó a grandes zancadas hacia mí, nervioso, para sujetarme.

—Amor, te he estado buscando por todas partes. ¿Cómo se te ocurre andar sola por aquí? Es peligroso.

En su pecho todavía se le marcaban rasguños rojizos, recientes, como una bofetada que me recordaba lo que acababa de pasar. Sonreí con ironía. Sí, era peligroso. Peligroso que yo descubriera su infidelidad.

—No me siento bien. Salí a buscar al médico para hablar con él.

Lo dije con frialdad y, sin armar escándalo, me aparté un poco de él.

Patricia se acercó, incapaz de ocultar su resentimiento. Con una sonrisa rara, cargada de intención, soltó:

—Susana, Miguel de verdad se preocupa por ti. Nada más se fue un par de minutos y ya anda buscándote por todo el hospital.

La burla en su cara era demasiado evidente como para fingir que no la veía. Yo todavía no había dicho nada cuando Miguel le lanzó una mirada fulminante y le gritó:

—¿Y a ti qué te importa? ¡Vete de aquí!

Usaba la frialdad y la impaciencia como máscara para esconder esa relación turbia. Pero cuando vi a Patricia marcharse furiosa y noté el destello de preocupación en los ojos de Miguel, él ya no pudo ocultarlo.

Entonces me fijé en algo: en la cintura de Patricia colgaba también un amuleto de protección. Se parecía al mío, pero no era igual.

De vuelta en mi habitación, lo busqué en internet desde el celular. Y ahí lo vi: el mío no coincidía con el auténtico.

Según varias páginas, si el amuleto era falso, podía dañar el cuerpo y afectar la salud del bebé.

Así que el verdadero era el que llevaba Patricia.
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