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Muerta para Él, Libre para Mí
Muerta para Él, Libre para Mí
Autor: Ingrid Herrera Aparicio

Capítulo 1

Autor: Ingrid Herrera Aparicio
Bajé la mirada hacia mi vientre abultado. Lo acaricié con suavidad, y las lágrimas ya me nublaban la vista.

Con razón, cada vez que le pedía a Miguel que escuchara las pataditas del bebé, él no mostraba ni una pizca de emoción. Resulta que lo sabía desde el principio: este bebé estaba condenado a no nacer.

Miguel salió del baño sonriendo.

—Amor, ¿se portó bien el bebé? ¿Otra vez anda inquieto? A ver, déjame hablarle para que se calme.

Levanté el rostro empapado en lágrimas para mirarlo. Las palabras de reproche se me atascaban en la garganta. Al verme así, se acercó alarmado y me apretó contra su pecho, nervioso.

—¿Qué pasa, amor? ¿Estás demasiado tensa? Yo voy a estar contigo todo el tiempo, no tengas miedo.

Apretó mi mano y me dieron náuseas. ¿Cómo podía ser tan cruel? Matar a nuestro bebé, mantener a su amante, y aun así soltar esas palabras dulces con naturalidad. Se me hizo amarga la boca; con dificultad, me llevé la mano al vientre y apoyé la palma, buscando una patadita.

—Cariño, ¿por qué… por qué no siento que el bebé se mueva?

Él se inclinó y pegó el oído a mi barriga. Yo lo miré fijamente, y vi esa sombra de impaciencia que asomó un instante y se le esfumó en cuanto notó mi mirada. Me habló con una ternura impecable.

—Claro que se mueve. El bebé está bien inquieto; eres tú la que estás muy ansiosa, amor. Aquí estoy contigo.

Cuando abrí la boca para preguntarle por esa llamada, tocaron la puerta. Era su asistente.

—Señor, el médico quiere hablar con usted sobre la cirugía.

Miguel me miró instintivamente y, con voz suave, dijo:

—Voy un momento y vuelvo enseguida.

Siempre que el médico tenía algo que decir, me lo decía ahí mismo, frente a mí, para que yo no me preocupara por mi estado. Pero esta vez el asistente habló en voz baja desde la puerta.

—Patricia insiste en verlo. Me da miedo que ella se altere y ponga en riesgo al bebé.

El corazón se me apretó sin darme cuenta. Los seguí en silencio, y vi cómo él entraba en la habitación de al lado.

Tal vez tenía demasiada prisa; ni siquiera se acordó de cerrar. La puerta quedó entornada, apenas una rendija, y él entró directo.

En la cama estaba Patricia López, la hija de la empleada doméstica.

Miguel pegó el oído a su vientre, sonriente, y la calmó con una voz baja y dulce.

—¿Ves? El bebé está perfecto. Ya casi vas a ser mamá y todavía pareces una niña. La próxima vez no me salgas con que te sientes mal; me preocupas, ¿sí?

Le dio un toquecito en la frente a Patricia, con una ternura que dolía. Ella sonrió, le tomó la mano y le besó los nudillos, como si fuera una niña.

—Es que te extraño. Te la pasas con esa mujer. ¿No puedes dedicarme un poquito más de tiempo?

Miguel se inclinó y le dio una lluvia de besos rápidos en los labios; luego le susurró para calmarla.
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