INICIAR SESIÓNCuando descubrí que estaba embarazada, Miguel Michaus gastó una fortuna en contratar a un médico de renombre para que me prescribiera medicamentos para proteger al bebé. Él, que jamás fue creyente, se arrodilló en una iglesia durante horas, rogando que yo pudiera dar a luz sana y salva. —Amor, has sufrido mucho. Cuando nazca el bebé, te lo voy a compensar como te lo mereces. Ese mismo día, por accidente, contesté una llamada en su lugar. —Señor Michaus, tal como indicó, a los medicamentos de la señora ya se les añadió el fármaco esterilizante. Cuando llegue el momento, el bebé nacerá sin vida. En cambio, el hijo de la señorita López está perfectamente sano; nacerá sin complicaciones y se convertirá en el heredero del Grupo Michaus. La señora Santerbás no notará nada, ni se dará cuenta; no se verá afectada su relación con usted. Esté tranquilo. Bajé la mirada hacia mi vientre abultado. Jamás imaginé que su amor fuera tan falso. Así que ya no tenía nada que me retuviera. Firmé los papeles del divorcio y elegí marcharme.
Ver másYo todavía no entendía nada cuando el abogado abrió la boca.—Este acuerdo se redactó hace tres meses. Aquí se especifica que todas las acciones del Grupo Michaus pasan a su nombre. Usted solo tiene que firmar.No podía negarlo: era lo más "sincero" que iba a ser.No dudé. Firmé.Me debía ocho años de mi vida.Con el abogado de por medio, el trámite del divorcio se resolvió rápido. Durante todo ese tiempo, Miguel no dijo una sola palabra.El tiempo se me iba, y él solo se quedaba sentado a mi lado, mirándome en silencio, como si quisiera memorizar cada detalle. Estaba más delgado. Tan consumido que parecía un hombre que llevaba demasiado tiempo bebiendo y fumando, al borde del colapso. Cuando me miraba, tenía la mirada vacía. Nadie sabía qué estaba pensando.Cuando el abogado terminó, preparó dos copias y nos las entregó a ambos. Miguel se puso de pie y, sin mirarme demasiado, dijo:—Cuídate.Lo vi alejarse.Cojeaba, iba tambaleándose, como si las piernas ya no le respondieran.Llamé a
Murmuró:—Después… firmamos el divorcio.Al ver su expresión, supe que no estaba fingiendo. Acepté.En el avión, Miguel volvió a ser el de siempre: pendiente de mí, atento, como si nada hubiera pasado. Ángel lo vio y no dijo nada.Al fin y al cabo, en la universidad nosotros fuimos la pareja que todos envidiaban, Ángel también sabía de nuestra relación.Antes, a Ángel hasta le caía bien Miguel. Pero desde que supo que yo dejé la asociación por Miguel, solo le quedó frialdad.Después de ver a Miguel tan solícito conmigo, Ángel bufó.—Cuando ella te quería, no supiste quererla como se merecía. Ahora sí vienes a hablar de "valorar".La mano de Miguel, que estaba a punto de ponerme una manta encima, se quedó a medio camino. Forzó una sonrisa tensa y retiró la mano, en silencio.—Perdón, me pasé.Esa cautela, ese cuidado de no tocarme, de no invadirme, me dejó una satisfacción extraña. Porque si ya íbamos a divorciarnos, así era como tenía que ser.Por miedo a que Ángel siguiera, le susurr
—¡¿Estás loco?! ¡Miguel! ¡Ya estamos divorciados! ¡Ubícate!Mi reacción terminó de encenderlo. El pecho se le subía y bajaba con fuerza y, con la cara ensombrecida, me soltó:—Susana, ven acá. Ponte a mi lado. ¡Ese tipo es una basura! ¿Cómo puedes creerle?Justo después, José me rodeó la cintura con un brazo, a propósito, y lo miró con burla.—Esa frase no te toca a ti, ¿o sí? Haya hecho lo que haya hecho, siempre será menos asqueroso que alguien capaz de matar a su propio hijo.Miguel lo fulminó con la mirada. Yo estaba segura de que, si yo no estuviera delante, ya le habría soltado otro puñetazo.Pero bajó el tono. Alzó las manos hacia mí, como si quisiera atraerme.—Ven, Susana. No te quedes a su lado. Lo que él hizo, se lo voy a cobrar. Tú no tienes nada que ver.Yo me mantuve ahí, firme, delante de José. Solté una risa fría.—¿Todavía no entiendes? Mataste a nuestro hijo. ¿Y todavía te atreves a actuar así, haciéndote el gran esposo enamorado? Para que te quede claro, Miguel Micha
Miguel cumplió su promesa, sí: nunca me soltó la mano. Solo que, cuando fui yo la que lo solté y me fui, empezó a acosarme. Un acoso interminable, sin descanso. No sé qué habrá sido del Grupo Michaus. Lo único que sé es que Miguel se quedó en Nova.Todos los días, a la misma hora, aparecía a la salida de la exposición. A veces incluso entraba, se quedaba ahí, y me clavaba la mirada mientras yo le explicaba los murales a la gente, como si se le hubiera ido el alma, como si se perdiera en mí.Mis compañeros lo conocían, pero nadie se atrevía a decir una palabra a su favor.Porque todos sabían lo mucho que nos quisimos. Y también conocían mi carácter: yo no era de tomar decisiones a la ligera. Si yo decidía algo, era porque ya no había vuelta atrás. Y no me arrepentía.Los quince días de la exposición terminaron. Ángel me hizo copias de varios murales más y me las regaló.Quizá por la edad, últimamente estaba especialmente nostálgico. Hablaba una y otra vez de los años de universidad, de












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