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006

作者: estela
last update publish date: 2026-03-02 21:13:45

EL COMEDOR brillaba cálidamente bajo la suave luz del candelabro; la mesa de caoba pulida estaba dispuesta con elegancia y esmero. El cordero asado ocupaba el centro, con su corteza dorada reluciendo, rodeado de cuencos con puré de papas a la mantequilla, verduras asadas y panecillos frescos que aún humeaban. Un pastel de queso con fresas, decorado con diminutas virutas de chocolate, esperaba en el extremo opuesto junto a una botella de vino tinto y copas ya servidas. La mesa estaba impecablemente montada con cubiertos de plata, servilletas dobladas y algunas decoraciones de cumpleaños que Hazel había insistido en poner: globos atados a las sillas y un pequeño cartel de "Feliz Cumpleaños" sujeto contra la pared. Todo lucía perfecto, preparado para la celebración por la que Adrian había prometido sacar tiempo.

Amelia salió de la cocina cargando el último plato, una bandeja de alitas de pollo glaseadas, y lo colocó suavemente sobre la mesa. Se alisó el vestido, un elegante traje azul marino que abrazaba su figura pero lucía elegante sin esfuerzo; su cabello caía en rizos definidos sobre sus hombros y su maquillaje era suave pero radiante. Se había arreglado para la velada, decidida a hacerla especial, incluso si las horas se habían alargado más de lo previsto.

Sus ojos se dirigieron hacia la sala de estar. En el sofá, Hazel yacía acurrucada con la cabeza apoyada en una almohada y su pequeña tiara de cumpleaños ladeada. Su rostro se veía cansado y sus bracitos se envolvían a sí misma como si estuviera tratando de no quedarse dormida mientras esperaba. El pecho de Amelia se apretó. Volvió a mirar hacia la mesa, recorriendo el festín que seguía intacto, y luego el reloj de pared sobre el umbral. Las manecillas marcaban las 9:20 p.m. Exhaló lentamente, dejando caer los hombros bajo el peso de la decepción.

Con pasos silenciosos, cruzó hacia el sofá y se sentó junto a su hija. Hazel se movió, parpadeando hacia su madre.

—Papi todavía no ha vuelto, mami —susurró con la voz teñida de tristeza.

Amelia apartó un mechón de pelo de la frente de Hazel y forzó una sonrisa dulce.

—Lo sé, cielo. Pero a veces el trabajo lo retiene más de lo que él quisiera. Estoy segura de que está haciendo todo lo posible por venir a casa.

Los labios de Hazel temblaron.

—Pero él prometió... hoy es su cumpleaños. Dijo que estaría aquí.

—Lo sé, nena. —Amelia la atrajo a sus brazos, besando la coronilla de su cabeza—. Tal vez solo viene con retraso. Mantendremos la comida caliente y, cuando vuelva, le cantaremos de nuevo. ¿De acuerdo?

Hazel asintió suavemente contra su pecho, aunque sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.

En ese momento, el teléfono sobre la mesa auxiliar sonó, cortando el silencio de la habitación y sobresaltándolas a ambas. Amelia lo miró rápidamente. Era Clara. Su corazón dio un vuelco y lo alcanzó, rechazando la llamada a toda prisa.

Hazel ladeó la cabeza, observándola.

—¿Es papi?

—No, nena —respondió Amelia suavemente, dejando el teléfono en su lugar—. Es la tía Clara.

Hazel frunció el ceño, confundida, pero Amelia le acarició la espalda, tratando de mantenerla tranquila. No quería explicar por qué había estado evitando las llamadas de Clara. No esta noche.

La habitación era modesta, cálida y silenciosa, nada extravagante como la suite principal de Adrian, pero acogedora a su manera. El suave resplandor de la lámpara de noche pintaba las paredes color crema con un tono meloso, mientras el leve murmullo de la brisa nocturna se filtraba por una ventana entreabierta.

Bajo el edredón, Adrian yacía de espaldas, con el brazo rodeando relajadamente a Vivian, quien se había acurrucado contra él. La mejilla de ella descansaba sobre el pecho desnudo de él; su respiración era constante y ligera en el resplandor posterior a su intimidad. Las sábanas estaban enredadas a su alrededor y el tenue aroma de su pasión aún flotaba en el aire, mezclándose con el perfume que ella había usado antes.

Durante un largo rato, el silencio llenó la habitación, roto solo por el rítmico subir y bajar de sus pechos.

De pronto, los ojos de Adrian se abrieron de golpe, agudos y alertas como si le hubiera golpeado una comprensión súbita. Se quedó petrificado por medio segundo antes de incorporarse bruscamente, haciendo que el edredón cayera de su torso. El movimiento repentino sobresaltó a Vivian, quien se removió; sus largas pestañas postizas aletearon mientras soltaba un bostezo somnoliento. Lentamente, se incorporó también, con la confusión nublando su expresión.

—¿Qué hora es? —murmuró Adrian apresuradamente, con la voz ronca por la urgencia. Se estiró sobre el tocador y arrebató su teléfono.

La pantalla se iluminó.

Su rostro se tensó.

—¡Oh, Dios mío! —soltó, y su voz rompió la frágil quietud de la noche.

Los ojos de Vivian se agrandaron y su bruma de sueño desapareció.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —preguntó, con la preocupación asomando en su tono.

Adrian se giró hacia ella, apretando la mandíbula.

—Ya es más de la una de la mañana —dijo.

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