MasukSara Bermúdez lo perdió todo justo antes de su boda. Después de dos años de relación, Mateo la abandonó para volver con su exnovia. Con el corazón destrozado, aceptó una propuesta que jamás imaginó recibir: casarse con Víctor Arismendi, el poderoso tío de su ex. El trato parecía perfecto: dinero, lujos y un matrimonio sin sentimientos ni complicaciones. Pero Sara cometió un error: creyó que Víctor solo quería una esposa de mentira. Porque mientras ella pensaba únicamente en vengarse de Mateo, él ya tenía otros planes. Víctor no quiere una esposa de papel. La quiere a ella. Y ahora que Mateo regresa arrepentido, dispuesto a suplicarle una segunda oportunidad, Sara descubre que el hombre que una vez la abandonó ya no es el único que lucha por tenerla. Hay un secreto que puede cambiarlo todo: Víctor la había elegido mucho antes de que ella aceptara casarse con él. Y mientras él no piensa dejarla escapar, Sara empieza a descubrir que quizás tampoco quiere huir.
Lihat lebih banyak—Te di dos años de mi vida, Mateo. ¿Qué coño pasó por tu cabeza?
Él la miró sin inmutarse, con esa calma fría que a Sara siempre le había parecido fortaleza y que ahora, por primera vez, reconocía como indiferencia.
—Sara, hice lo que pude. Si llegué a quererte, pero no fue suficiente.
—Eres un cobarde.
—Ya párale a los insultos, ¿ok? Porque tú también saliste beneficiada de este compromiso. Te di dinero, viajes, joyas, hasta estudios. ¿Qué más quieres? Confórmate con eso, que esto se acabó.
Sara lo miró con rabia.
Sara Bermúdez había sido la prometida de Mateo Arismendi durante dos años, dos años en los que jamás llegó a conocer a la familia de él, dos años que ahora se derrumbaban en un salón que ya no le pertenecía.
—Meses atrás ya te lo dije, Sara —continuó Mateo, con voz calmada—. Te dije que tú, a pesar de todo, no venías de una familia con dinero, y que tarde o temprano mi mundo te iba a aplastar. Te lo advertí.
—Lo dijiste como si fuera un consejo —respondió ella, con la voz temblando de rabia—. Pero era una sentencia, ¿verdad? Ya lo tenías decidido desde entonces.
—No es eso...
—Es exactamente eso, Mateo. Y ahora qué, ¿me vas a decir cómo piensas "resolverlo"?
Él suspiró, como si la respuesta fuera obvia y le aburriera repetirla.
—Te voy a indemnizar. Te dejo el apartamento, algo de dinero para que empieces de nuevo. Eso es lo justo.
—¿Lo justo? —Sara soltó una risa amarga—. Dos años de mi vida resumidos en una liquidación. Qué generoso de tu parte.
Sara se dejó caer en el sofá.
Un dolor sordo le apretaba el pecho.
Apenas tenía veintitrés años, estaba profundamente enamorada, y había confiado en el hombre equivocado. No tenía familia a la cual recurrir. Estaba, en el sentido más literal de la palabra, sola.
—Esto no tiene nada que ver con tu familia —dijo por fin, con la voz quebrada pero firme—. Estoy segura de que es por otra mujer. Dime la verdad, Mateo.
La expresión de él cambió. Por un instante, algo parecido a la culpa le cruzó el rostro, pero desapareció tan rápido como había llegado.
—Lo siento. Mariana volvió a mi vida.
—¿Tu ex?
—Así es. Y esta vez no la voy a dejar ir.
Sara lo miró con una mezcla de ironía y desprecio. Buscó reírse, necesitaba reírse, pero el cinismo con el que Mateo pronunció esas palabras se lo impidió.
Sintió que algo dentro de ella, la parte que todavía esperaba una explicación que doliera menos, terminaba de romperse.
Se puso de pie despacio. Cuando volvió a hablar, su voz ya no temblaba.
—Muy bien. Si ya diste esto por terminado, entonces escúchame bien: no quiero tres lochas y un puto apartamento. Quiero más. Quiero diez millones de dólares y una casa en Bel Air.
Mateo soltó una risa seca, incrédula.
—Te volviste loca. Toma lo que te estoy dando y punto.
—No, mi amor, no estás ni tibio —Sara dio un paso hacia él, y por primera vez en la conversación fue ella quien no parpadeó—. Me das lo que te pido, o te hundo. Y a tu queridita Mariana se le van a quitar las ganas de andar contigo otra vez. Me das lo que te pedí, para que sigas protegiendo tu imagen de hombre perfecto.
Silencio. Mateo abrió la boca para responder, pero no encontró nada que decir. Por primera vez en dos años, Sara lo vio dudar.
—¿Qué pensaste, que me deshago de esta idiota que no tiene familia y sigo con mi vida como si nada?
—Sara, por favor, no lo hagas más difícil, joder.
—Tampoco te lo voy a poner nada fácil. ¿Qué dirá tu familia y tus amigos cuando sepan que estuviste saliendo con una chica de pueblo, de Villalobos? Me prometiste que te casarías conmigo, que sería tu esposa en dos años, y ahora me sales con esto y tienes el tupé de decir que no te lo ponga difícil. No me jodas, Mateo.
—Estás actuando como una mujer irracional y ambiciosa.
—Pues quiero lo que corresponde por derecho y ya está.
—Lo que corresponde por derecho —repitió él, con una risa sin gracia—. No teníamos ni un papel firmado, Sara. No hay "derecho" que valga aquí.
—El derecho de dos años dándote todo. Acostándome contigo, cuidándote cuando estuviste enfermo, aguantando tus viajes, tus ausencias, tus excusas. Eso también cuenta, aunque no esté en ningún papel.
—No puedes cobrarme como si fuera una factura.
—Y tú no puedes botarme como si fuera basura y esperar que me quede callada.
Mateo se pasó una mano por el rostro, exasperado.
—Esto se te está yendo de las manos.
—No, Mateo. Se te fue de las manos a ti, cuando decidiste que Mariana valía más que dos años de mi vida. Yo solo estoy cobrando lo que me corresponde.
Se levantó del sofá con calma, se acomodó el bolso en el hombro y caminó hacia la puerta sin volver a mirarlo.
Mateo se quedó ahí, de pie, con las palabras atoradas en la garganta y un extraño vacío abriéndose paso en el pecho.
Habían pasado dos días desde que Sara estaba en la obra por trabajo. Casi no había tenido oportunidad de salir, ni siquiera para tomar un café con sus compañeros.Se sentía aliviada de que Mariana no estuviera con ella; eso había hecho el viaje mucho más llevadero.Víctor ni siquiera la había llamado en todo ese tiempo, ni contestaba sus mensajes.Ella pensaba que debía de estar atiborrado de trabajo, como siempre. Después de terminar su jornada, Sara se fue a descansar a su hotel.Se sentó en la cama, pidió un café al servicio a la habitación y, por un impulso, tomó su teléfono para llamar a Víctor.Dejó la taza sobre la mesita de noche y marcó el número, esperando escuchar esa voz grave y segura que ya empezaba a extrañar.Cuando contestaron, la voz al otro lado de la línea no era la de Víctor. En su lugar, era la voz de un niño que no debía de tener más de cinco años.Sara se quedó conmovida por la sorpresa. Al darse cuenta de lo que estaba escuchando, el corazón comenzó a latirle
En la mansión, Sara estaba acomodando su maleta para viajar a las afueras de la ciudad, a una obra que le habían asignado supervisar.La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por la lámpara de su mesa de noche, y afuera, el jardín se veía envuelto en esa quietud espesa que solo llega pasada la medianoche y Víctor aún no regresaba a casa.Dejó la maleta a un lado, sobre la cama, y se quedó mirando la ropa a medio doblar sin verla realmente.De pronto, la duda comenzó a rondarle la cabeza, insistente, como un zumbido que no la dejaba concentrarse en nada más.No sabía si llamarlo para preguntarle dónde estaba, ya que su matrimonio no era convencional, y esa clase de preguntas no encajaban del todo en el acuerdo que habían firmado.Por otro lado, Víctor ya le había advertido, desde el principio, que siempre estaba ocupado y que no solía pasar mucho tiempo en casa.Ella lo sabía. Lo había aceptado. Y, sin embargo, ahí estaba, revisando el reloj cada pocos minutos como si eso fue
A las diez de la noche, Víctor se encontraba en casa de su mejor amigo, Iván Gallardo, quien había regresado ese mismo día de Londres.Cuando Víctor llegó, Iván ya tenía puesta la mesa con piqueo y tragos, como si lo hubiera estado esperando desde antes.Iván era un médico reconocido en el país, un importante cirujano bariátrico. Sus antecedentes familiares eran igual de poderosos que los de los Arismendi, y ambos tenían su propio peso —cada uno en su campo— dentro de los círculos más cerrados de Los Ángeles.—Por fin viniste a verme.—No exageres, si recién llegaste ayer de viaje —contestó Víctor con voz calmada, desabotonando su saco oscuro para quitárselo mientras una de las empleadas de la casa se acercaba discretamente para llevárselo.Víctor tomó asiento frente a él, aflojando ligeramente el nudo de su corbata.—Cuéntame cómo va todo.Víctor tomó el vaso, sintiendo el frío vaso contra sus dedos.—En la empresa todo va viento en popa.Iván soltó un resoplido divertido y se dejó c
¿Víctor tenía pareja?La pregunta le daba vueltas en la cabeza como un disco rayado, golpeando contra su mente.Jamás había escuchado una sola palabra al respecto. Su tío era muy discreto, un hombre que mantenía su vida privada bajo siete llaves.—Me tengo que ir, Elena —soltó Mateo de golpe, retrocediendo hacia la puerta. Necesitaba aire.—¿No vas a comer, muchacho? —insistió el ama de llaves, mirándolo con preocupación.—Te dije que no tengo hambre.Mateo salió de la mansión casi huyendo, con la mente hecha un manojo de confusión.Mientras caminaba hacia su auto, repasó mentalmente el historial de su tío. Durante años, Víctor había mantenido a raya a todas las mujeres que intentaban acercarse a él.Mateo lo había visto rechazar con frialdad a un sinfín de ellas, desde modelos deslumbrantes hasta mujeres ricas y herederas de grandes fortunas que prácticamente se le ofrecían en bandeja de plata.Entonces, ¿quién demonios era aquella joven? ¿Y por qué Elena la había descrito exactamen


















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