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Capítulo 44. Parte 1

last update publish date: 2025-10-27 10:59:25

Antonella:

Me siento en el sofá a pensar un sinfín de cosas, hasta que caigo en cuenta de que he estado casi una hora imaginando la decoración de la casa que Diego ha comprado para Marcus y para mí. Entonces me quedo ahí, intentando mantener la calma frente a la tormenta que se avecina. Y me refiero a Ambra, a esa mujer que no desea que nadie sea feliz. Entiendo que soy la amante, pero también sé que ella perdió a pulso a su familia, especialmente a ese ser tan vulnerable que es Marcus, que, de
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  • Mírame    FIN

    Antonella:Diego se acerca luego a mí, besa mi frente, toma mi mano y nos quedamos así, mirando la escena. Y aunque me muero de ganas de tenerlos en mis brazos, no digo nada, porque sé que pronto los tendré.Cinnia y Enzo deciden irse, pues comprenden que debo descansar. Así nos quedamos solos. Diego me pasa a la pequeña para que la alimente, pero lo único que hace es dormir. Trato de acomodarla en mi pecho, pero es perezosa. Decido intentarlo con el niño y, al contrario de su hermana, se acopla de inmediato, haciéndome sentir un dolor que soporto solo porque es mi hijo y porque, extrañamente, a pesar de lo incómodo de la situación, siento una agradable conexión.«Creo que ya te enredaste... —¿No dije que te fueras? Además, hay que ser madre para entenderme. —Pero si somos la misma persona... —A veces creo que no».—Ya quiero ver a Marcus... ¿por qué aún no llega?—En cualquier momento entra por esa puerta —me dice Diego mientras acomoda a los niños en sus cunitas.—Por cierto... ¿qu

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    Antonella:Dejo que Diego me examine. Cuando termina, entra a la sala el anestesista, saluda a Diego y luego me mira a mí. Se queda ahí, cruzado de brazos. Me pregunto qué tienen en la cabeza estos hombres que están tan serenos. Luego pienso: la única con dolores aquí soy yo; por lo tanto, es obvio que ellos estén tan tranquilos.—Los gritos de tu esposa se escuchan hasta la otra ala... —lo miro con cara de pocos amigos. Diego esconde una risita divertida, que se desvanece cuando lo crucifico con la mirada.—Antonella está lista para que la anestesies; sugiero que sea rápido.—¡Yo también! —digo, y es verdad, lo sugiero de corazón.—Bien... debes estar muy quieta. Si te viene una contracción, debes aguantar hasta que yo te lo indique.—¡Mierda!—¿Qué? —escucho preguntar a Diego—. Ya... no importa —dice después.Y sucede el milagro: el dolor se va. Diego se queda a mi lado; incluso conversamos civilizadamente, sin insultos —o sea, yo sin insultarlo—. Ahora es cuando me doy cuenta de lo

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    Antonella:Llegamos a la sala de preparto; me visto con una camisa del hospital, me acuestan en la cama y colocan un cinturón conectado a un monitor sobre mi vientre. Diego da instrucciones a la enfermera mientras él se prepara. Me quedo esperando, pensando que hoy conoceré a mis hijos. No puedo creerlo, y de paso escucho una voz desde el más allá.—¡Perdón! Estaba distraída... ¿qué me decía? —interrumpo a la enfermera.—Le digo que ha tenido muchas contracciones.—¡Pero... no he sentido nada!—A veces las pacientes no sienten mucho dolor; el monitor indica la actividad uterina.—Tal vez soy una paciente afortunada y no sentiré tanto dolor —respondo con entusiasmo.—Tal vez... —dice la enfermera.Diego:Observo cada movimiento y gesto de Antonella y, al igual que ella, me siento nervioso, pero no se lo hago saber. Quiero que vea en mí la serenidad que ella no posee. Con tanto conocimiento, mi instinto se activa, y una alerta roja me dice que “me siento extraña” no es solo una casualid

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    Antonella:Al terminar de bañarme, cierro el agua y ahí está Diego esperándome con una toalla. Le sonrío y tomo su mano; me ayuda a salir. Antes de envolverme, su mirada se detiene en mi vientre, sube lentamente hasta encontrarse con mis ojos. Juro por Dios que me pone nerviosa. Algo pasa, y quisiera saber qué es.—¿Qué... qué pasa? ¿Por qué me miras así? —pregunto, temiendo su respuesta.—Has tenido contracciones —me dice, o más bien lo reafirma. Pienso que el día anterior también sentí leves dolores, nada preocupante, y solo por instantes.—Un poco, pero estoy bien —aseguro.—Ven acá, amor, te voy a examinar —su voz es firme y mis nervios se disparan. Hago lo que me pide, no sin antes soltar el aire que llevaba retenido desde que me lanzó esa mirada inquietante.Mientras me revisa, cierro los ojos y aprieto los puños al sentir un leve dolor. Estoy asustada, no porque crea que algo malo sucederá —sé que estoy en las mejores manos—, sino porque le tengo miedo al dolor.—¿Está todo bie

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    Antonella:Tengo treinta y seis semanas de gestación y, si pudiera describirme, diría que soy una lombriz con panza... una muy grande. En los primeros meses me propuse mantenerme activa —y cuando digo “activa”, hablo de tres sesiones semanales de media hora—. No se le puede pedir más a una mujer que nunca ha sido amiga del ejercicio. Y, aun así, para sorpresa de todos, no he ganado mucho peso. Bueno... salvo que contemos los “cien kilos” que bromeo tener cada vez que alguien me pregunta. La verdad es que siempre he sido delgada, y parece que Dios ha decidido dejarme así.Han sido meses extraños, llenos de cambios, pero también de un cariño que jamás imaginé recibir. Roberta me prepara mis platos favoritos, Cinnia me cuida como si fuera de cristal en el colegio, mi hermano me visita con regularidad, Marcus me regala dibujos llenos de colores, y Diego... bueno, de Diego solo puedo decir que me roba suspiros sin pedir permiso. Este hombre maravilloso parece hecho a medida para mí.Si me

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    Antonella:Llegamos al frente. Diego me mira y sonríe. Le devuelvo la sonrisa. Enzo se detiene a esperar a Cinnia, y yo me coloco al lado de mi amor. Él me toma la mano, y de pronto siento una mano pequeña en la otra. Miro hacia abajo y veo a Marcus.«¿Cuándo llegó aquí?»No le doy importancia, pues se ve tan guapo y elegante en su esmoquin que no desentona en absoluto.Miro al fondo del salón. Cinnia viene del brazo de su padre. Ella es hermosa, siempre dije que parecía una modelo, y ahora la veo caminar como si estuviera en una pasarela. Creo que estoy viendo mi sueño hecho realidad.El padre la deja junto a Enzo. Me pregunto si estamos bien colocados.—Amor... movámonos —le murmuro a Diego.—No lo creo, estamos bien aquí —me responde en el mismo tono.Me encojo de hombros y no insisto.De repente, el juez comienza su monólogo sobre el amor, la fidelidad, la confianza y esas cosas que, siendo sincera, me aburren un poco. No presto mucha atención. Al fin y al cabo, no soy la novia.H

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