LOGINRelata Adamari
¿Alguna vez has sentido las ganas de pertenecer a otra familia? Yo sí, hubiera dado todo para tener una familia diferente a la que tengo. Creo que la pobreza es diez veces mejor que pertenecer a los Ribeiros.
Ver a mi abuelo debía animarme; tenía años que no lo veía. Sin embargo, solo trajo recuerdos perturbadores y desató los mil demonios que tengo dentro.
—¡Vete y no vuelvas!
—No puedes seguir apartándonos. Ya es mucho tiempo, Nathan.
—Será hasta el último día de mi vida. No quiero verte, no quiero saber de ella, menos de ellos. Quiero que olviden que existo. La única persona que aceptaría ver está muerta y nunca más volverá.
—Tienes más hermanas, primos, tíos… con los cuales compartir.
—¡Basta! —cubrí la cabeza con ambas manos—. ¡Largo! ¡Fuera de aquí, señor Ribeiros! Yo no tengo familia por parte tuya, ¿entiendes?
Los Ribeiros eran la cuarta familia portuguesa más importante en Asia, pero desde hace años me aparté de ellos.
Me hacía cargo de los negocios de los Pinheiro, menos de los Ribeiros. No quería saber nada de ellos, absolutamente nada. Hace años que los enterré.
Si decidí quedarme en Portugal a cargo de la empresa más pequeña de los Pinheiro, fue porque no quería toparme con ningún Ribeiro, y durante todos estos años los había evitado. Pero ahora el abuelo se había atrevido a ingresar a mi mansión.
Estaba convencido de que su ingreso fue permitido por la abuela paterna. Ellos dos se llevaban muy bien; incluso había intervenido un par de veces para que los perdonara, pero yo no perdonaba, no podría perdonarlos nunca.
—Nathan, solo fue una ilusión —apreté los labios y dando media vuelta me marché. Los demonios que me acompañaban estaban por hacerme perder la estabilidad emocional. Si esto sucedía podría salir lastimado, incluso lastimarlo a él—. ¡Nathan! ¡Hijo, hablemos!
Subí lo más rápido que pude las escaleras, luego tomé el ascensor en el segundo piso. Llegué al cuarto piso y empecé a respirar ofuscado tratando de controlarme, pero fue imposible. Segundos después estaba lanzando todo lo que encontraba a mi paso. Necesitaba descargar la ira, necesitaba sacar todo de mí; era la única forma en la que podía hacerlo.
Ahí tenía todo para descargar mi enojo. Golpeé con tanta fuerza el saco de boxeo, no dejé de hacerlo hasta que me sentí saciado. Y cuando eso sucedió, cuando por fin había cesado esa sensación horrible dentro de mí, mis piernas se doblaron. Grité frustrado porque no fue una ilusión, fue real, tan real como lo era yo. Pero ellos quisieron que fuera eso, solo una ilusión; prefirieron creer que fue así.
Gabriele ingresó, posó su mano en mi hombro y lo apretó.
—Pediré a las empleadas que suban a ordenar.
—No. Aún no. Estaré un rato más aquí.
Me quedé hasta que llegó la hora de la cena. Después de darme un baño y cambiar de ropa bajé. Esperaba por ella con la mirada posada en el centro de la mesa. Una vez que apareció no pude evitar disculparme.
Ella tenía miedo, miedo de mí. Me gustaba que las personas sintieran miedo, que se aterraran con mi presencia, pero con ella era diferente. Quería que dejara de sentir miedo, que me viera como una persona normal, que estando a mi lado se sintiera protegida.
Éramos tan parecidos: ambos fuimos despreciados por nuestros padres, rechazados de tal forma que nos aislaron en la soledad, sin nosotros tener la culpa, sin siquiera haber contribuido en ello.
Cenamos en silencio; no tenía ánimos de hablar. La visita del abuelo me dejó desorientado. Por más que quería olvidarlo no podía; su presencia me trajo los peores recuerdos de mi vida, aquellos que me hicieron la persona que hoy soy. Fría, solitaria, sin alma, vacío.
Terminada la cena agradecí a la empleada y fui hasta el despacho. Me senté a realizar algunos pendientes para así sacar esos malos pensamientos.
La hora se me fue de prisa. Cuando miré el reloj, ya era pasada la medianoche. No salí del despacho, solo abrí la puerta secreta y subí al ascensor. Lo detuve en el tercer piso, justo en mi habitación. Saqué la ropa y me coloqué el pijama. Una vez listo me lancé a la cama, cerré los ojos con la esperanza de que esa pesadilla no interrumpiera mis sueños. Sin embargo, eso no ocurrió.
Desperté a las tres de la madrugada bañado en sudor. Me paré por un vaso de agua, volví a darme un baño y me quedé sentado en el balcón hasta que amaneció.
Muy a las seis de la mañana los encargados del traslado de la madre de Adamari llegaron a casa. Empezaron a trabajar en una de las habitaciones de planta baja. Así estarían muy cerca una de la otra.
La nueva habitación de Adamari no contenía cámara de seguridad, así que no podía continuar espiándola. Y eso estaba bien, porque últimamente pasaba más pegado en la pantalla que concentrado en mis labores.
Fui hasta la ducha y volví a ducharme. Me gustaba salir bañado cada día; si no lo hacía, la concentración no se me daba.
Al bajar fui a la habitación de Adamari, toqué la puerta y le entregué la caja que había encargado.
—Imagino que no tienes qué ponerte para el día de hoy. Así que me atreví a comprar algo acorde a un nombramiento.
—No es necesario, señor.
—Lo es. Colócatelo y te espero en el comedor.
No esperé su respuesta, solo me di la vuelta y fui hacia el comedor. Agarré el periódico y empecé a leer las noticias como cada mañana.
Grupo Martinek iba de crecida. Desde que se unieron a nosotros las puertas se les abrieron y cada día escuchaba nueva cooperación.
—Es una lástima que no seguirás liderando, Oliver —moría por ver la cara de ese infeliz el momento que su hija fuera nombrada como nueva líder de grupo Martinek. Sin darse cuenta, ese imbécil me había dado ese poder, de ser yo quien eligiera los próximos líderes de grupo Martinek.
Dejé el periódico a un lado y levanté la mirada. Al hacerlo me quedé estupefacto.
Había estado tan concentrado en la noticia del periódico que ni cuenta me di de que había llegado.
Estaba vestida con un hermoso vestido el cual delineaba sus caderas y moldeaba su cuerpo delgado. Sabía lo hermosa que era, pero no pensé que solo usar un vestido la hiciera lucir tan perfectamente.
Aparté la mirada y ordené a la empleada que sirviera el desayuno. Hasta que lo hicieran volví a tomar el periódico. Solo mantuve la mirada posada en una imagen, y ni siquiera estaba viendo la imagen, porque mi mente estaba reviviendo la imagen de ella con ese vestido que le quedaba exquisitamente hermoso.
—Señor Pinheiro —levanté las pestañas y la miré—. ¿Está seguro de esto? Mire que podría perder muchos millones si el grupo Martinek fracasa. Aún podría arrepentirse, yo no tendría problema en…
—¿Arrepentirme? ¿Puedes explicarme el significado? Porque desconozco lo que significa. En mi vida no me he arrepentido de nada. Todo lo que he hecho ha sido porque así lo decidí. Dime, ¿no confías en que eres capaz? Solo las personas de mente perdedora pueden pensar en el fracaso cuando ni siquiera lo han intentado. Los perdedores son los que se sienten derrotados cuando la carrera aún no empieza. ¿Eres una perdedora, Adamari?
—No soy una perdedora.
—Muy bien. Ahora deja de pensar que fracasarás, porque quien trabaja conmigo no fracasa.
El resto del desayuno lo pasamos en silencio. Una vez terminado fui al baño de planta baja, luego salí y la esperé en el coche.
Al rato salió. Cuando subió se sentó alejada de mí. Recordé el día en que aparecí por primera vez ante ella y la tomé entre mis piernas. Estaba enojado; había escuchado que le llamaba mamá a aquella mujer de la cama.
Cuando salió de casa quise saber a dónde iba, qué hacía. Me trajo al hospital, donde me intrigó y no pude evitar ingresar y averiguar qué hacía ahí. Luego de saber que visitaba una paciente y pararme cerca de aquella habitación donde escuché que le decía mamá a la mujer moribunda, quise saber más. Entonces procedí a hacer las respectivas averiguaciones.
Esperaba que al momento que la tocara terminara diciendo la verdad; no obstante, continuó con la mentira.
En ese momento no la entendía, pero ya luego de saber por qué lo hizo comprendí. Hasta yo hubiera hecho lo mismo. Si hubiera tenido la oportunidad de salvar la vida de mi hermano a cambio de algo, lo hacía. Sin dudarlo lo hubiera hecho.
—¿Lista? —pregunté al momento que el coche se detuvo.
—Sí. Lista —le sonreí. Cuando la puerta se abrió bajé, extendí mi mano para ayudarla a salir. Dudó en dármela, pero terminó accediendo.
—Sostente de mí. No mires a nadie y solo piensa en mí —la miré. Estaba sonrojada, se notaba lo nerviosa que estaba. Su delgado brazo se enganchó al mío. Palmeé su suave y pequeña mano, seguido caminamos hacia el interior.
Las miradas no cesaron hasta que llegamos al ascensor. Estando dentro, retiró su brazo y se recostó en el frío metal. Estaba pálida, parecía que en cualquier momento se iba a desmayar.
Me giré quedando frente a ella, enganché los dedos en la barbilla y levanté su rostro que tenía la mirada posada en el suelo. Conectamos las miradas.
—Solo respira y recuerda que estoy a tu lado, que siempre lo estaré. Ya no estás sola, Adamari, me tienes a mí, siempre me tendrás.
Las puertas del ascensor se abrieron. Sin perder tiempo tomé su mano. Sentí cómo quiso soltarse del agarre, pero apreté más su mano, que no pudo liberarse.
—Señor Pinheiro, buenos días. Ya todos los de grupo Martinek se encuentran en la sala de reuniones —me detuve y miré a la mujer que acababa de hablarme, la cual ignoró por completo a Adamari.
—Ella es mi esposa. La próxima vez que me veas con ella, debes saludarla también, ¿entendido?
Relata Adamari¿Alguna vez has sentido las ganas de pertenecer a otra familia? Yo sí, hubiera dado todo para tener una familia diferente a la que tengo. Creo que la pobreza es diez veces mejor que pertenecer a los Ribeiros.Ver a mi abuelo debía animarme; tenía años que no lo veía. Sin embargo, solo trajo recuerdos perturbadores y desató los mil demonios que tengo dentro.—¡Vete y no vuelvas!—No puedes seguir apartándonos. Ya es mucho tiempo, Nathan.—Será hasta el último día de mi vida. No quiero verte, no quiero saber de ella, menos de ellos. Quiero que olviden que existo. La única persona que aceptaría ver está muerta y nunca más volverá.—Tienes más hermanas, primos, tíos… con los cuales compartir.—¡Basta! —cubrí la cabeza con ambas manos—. ¡Largo! ¡Fuera de aquí, señor Ribeiros! Yo no tengo familia por parte tuya, ¿entiendes?Los Ribeiros eran la cuarta familia portuguesa más importante en Asia, pero desde hace años me aparté de ellos.Me hacía cargo de los negocios de los Pinh
Relata AdamariCaminaba de brazos cruzados por el jardín, pensando y analizando lo que estaba por suceder. Sería la nueva líder del grupo Martinek. Esto era algo que no me lo esperaba, menos lo imaginé.Siempre tuve en claro que mi padre jamás me permitiría trabajar en su empresa. Además de que era un machista de mierda, que creía que las mujeres solo habíamos nacido para ser amas de casa, era su hija bastarda. Ni siquiera el apellido fue capaz de darme, menos me dejaría liderar su grupo, más aún cuando él aún podía.Lo que iba a suceder mañana tenía mis pelos de punta, más que no sabía cómo iba a liderar el grupo. En verdad que el señor Pinheiro se había vuelto loco. Sus ganas de vengarse por lo que había hecho mi padre no le permitían pensar con claridad.Es que tampoco le interesaba lo que pasara con el grupo. Total, no era suyo; si se arruinaba, qué más le daba. Los millones que perdería los podría recuperar en un chasquido.Estuve un rato caminando, disfrutando de este hermoso pa
Llegué a la oficina, dejé el maletín sobre el escritorio y rodeé este. Me acomodé en el gran sillón de cuero y esperé que ingresara Doyun, mi sustituto.—Mr. Pinheiro, ¡hwan-yeonghabnida!—¡Gracias! —se sentó y continuó hablándome en coreano. Lo hacía tan rápido que casi no lograba entenderle—. Háblame en portugués, francés, español, italiano, inglés, pero deja de lado tu idioma —solicité. Estaba en su tierra, pero a pesar de ser mi cuñado era mi empleado y debía regirse a los idiomas que más manejaba.Mientras me daba un informe completo sobre estas semanas que no había asistido, revisaba la pantalla del ordenador. Mantuve la mirada fija en aquella toalla que envolvía su silueta, la cual cayó dejando completamente desnudo su cuerpo. Aparté la mirada y la dirigí a Doyun.—Organiza una reunión. El grupo que acaba de unirse tendrá nuevo líder.—¿Nuevo líder?Enarqué una ceja.—¿No me hice entender en portugués?—Nathan, es que… no podremos elegir un líder en el nuevo grupo, porque tiene
Relata NathanAcababa de unir su vida a la mía, en esta vez con su verdadero nombre. Había firmado; era como si hubiera entregado su alma al diablo. Ella era mía, y aunque solo era una chiquilla de dieciocho años, me pertenecía, y siendo de mi propiedad nadie podría tocarla, ni siquiera su familia.A estos últimos les esperaba una vida llena de tinieblas. Habían tentado al mismo demonio, debían recibir su castigo, y quién más para castigarlos que mi persona, porque yo soy conocido como el señor del inframundo. El cruel y miserable Nathan Pinheiro, castigador de los pecadores quienes intentan ser o saber más que yo.No eran los primeros que intentaban engañarme; ya otros lo habían intentado. Sin embargo, siempre fracasaban. No parecían ser lo suficientemente inteligentes para engañarme, o quizás era mi habilidad la que no les permitía verme la cara.Pero en esta vez Oliver Martinek había logrado engañarme, aunque no por mucho tiempo, pero lo hizo. Tenía que reconocer que el tipo era mu
RELATO DE AUTOR.Apretaba su mano contra la otra. La mirada de ese hombre la aterraba, pero debía explicarle bien las cosas, porque por la cara que mostraba, lo dicho no lo había convencido.—La mujer de la clínica es mi madre. Mi abuela fue empleada fiel de los Martinek, por lo tanto, mamá creció siendo empleada de ellos —hizo una pausa—. Cuando tenía diecisiete, Oliver la tomó por la fuerza y la obligó a ser su amante. Ella no quería —la voz se le quebró, pero en vez de llorar sonrió—. Pero la abuela la obligó…—¡No me interesa la trágica vida de tu madre! —dijo con total indiferencia—. Lo que quiero que me digas es: ¿por qué suplantaste a Luzmila?—Ya se lo dije —apretó los labios—. Me obligaron. Tengo a mi madre con cáncer terminal en el hospital —parpadeó—. Es muy joven para morir. Ella tampoco quería morir, por eso aceptó el tratamiento, para durar unos años más.En esta vez sus ojos se iluminaron, las lágrimas formaban fila para emprender la caída, pero Ada era una joven a la q
Nathan salió caminando del despacho. Cuando las empleadas lo vieron, se quedaron gélidas, no porque les sorprendiera que caminara —eso ya lo sabían—, todos en esa mansión sabían que Nathan Pinheiro recuperó el movimiento de sus piernas hace años. Lo que las dejó aturdidas fue que lo hiciera en pleno día, con aquella muchachita caminando por la casa sin nadie que la vigilara.La puerta de la habitación de Adamari se abrió lentamente. Aquellos ojos verdes hicieron un recorrido por la habitación como un faro: firme y solo moviendo el círculo de los ojos.Ingresó dando pisadas suaves, lentas y cautelosas. Llevó la mano a la manija de la puerta del vestidor, abrió sigilosamente y, cuando no la encontró en el vestidor, prosiguió con la del baño.El rock estaba a full volumen, tanto que los oídos de Nathan dolieron. Sus ojos se posaron más allá del cristal vaporizado, en la esbelta figura moviéndose divinamente al ritmo de la música. Estiró su largo brazo y los definidos dedos apretaron la t







