LOGINRelata Nathan
Acababa de unir su vida a la mía, en esta vez con su verdadero nombre. Había firmado; era como si hubiera entregado su alma al diablo. Ella era mía, y aunque solo era una chiquilla de dieciocho años, me pertenecía, y siendo de mi propiedad nadie podría tocarla, ni siquiera su familia.
A estos últimos les esperaba una vida llena de tinieblas. Habían tentado al mismo demonio, debían recibir su castigo, y quién más para castigarlos que mi persona, porque yo soy conocido como el señor del inframundo. El cruel y miserable Nathan Pinheiro, castigador de los pecadores quienes intentan ser o saber más que yo.
No eran los primeros que intentaban engañarme; ya otros lo habían intentado. Sin embargo, siempre fracasaban. No parecían ser lo suficientemente inteligentes para engañarme, o quizás era mi habilidad la que no les permitía verme la cara.
Pero en esta vez Oliver Martinek había logrado engañarme, aunque no por mucho tiempo, pero lo hizo. Tenía que reconocer que el tipo era muy cauteloso y precavido; logró cubrir bien la traición a su esposa, más aún, a la bastarda que tuvo. Pero no siempre tuvo cautela: se dejó engañar aquella vez que hizo negocios con quienes lo llevaron a la ruina. Aunque pensándolo bien, debo darme ese mérito, ya que estuve detrás de eso.
Porque sí, fui yo quien lo llevó a la quiebra. Si no hacía eso, ¿de qué otra manera podría tenerlos en mis manos?
Al principio pensé en destruirlos por completo, pero sentía que no sería saciable cobrar mi venganza de esa forma, porque esa mujer se merecía lo peor. Esa maldita debía sentir mi poder.
Por ello planifiqué salvarlos de la ruina a cambio de su hija. ¿Quién no querría pertenecer a la familia Pinheiro? Era una oferta difícil de rechazar. ¿Quién podría rechazar al heredero de uno de los portugueses más importantes del continente asiático?
Mis antepasados habían llegado hace muchos años a Asia, donde emprendieron varios negocios, y hoy somos la familia extranjera más poderosa del continente asiático.
Cualquier mujer ambiciosa se casaría sin pensarlo, y Luzmila era la mujer más ambiciosa, presuntuosa y ostentosa. Estaba convencido de que aceptaría; sin embargo, lo que se decía de mi persona la acobardó, o quizás sabía lo que le esperaba perteneciendo a mi familia. Debía imaginar las razones por las cuales la quería convertir en mi esposa, por eso se escondió y dejó que otra pagara su culpa.
Pero Luzmila olvidó que soy el mismo señor del inframundo y que dondequiera que se encontrara la sacaría. Esa desgraciada no se quedaría sin pagar por la muerte de mi hermano.
Agarré la mano de Adamari. Era delgada, con unos dedos bien definidos; en sí, era la mano más hermosa que había visto. A pesar de que sus uñas estaban maltratadas, no dejaban de ser hermosas.
Introduje el anillo en su dedo, levanté las pestañas y le sonreí. Seguidamente me giré al público, levanté la mano unida a la de ella y, a continuación, salimos tomados de la mano mientras todos aplaudían.
Aunque la gente solicitaba un beso, no iba a hacerlo. La mujer a mi lado era una cría. ¿Cómo podría besarla? Podría ser su padre; eran quince años los que le sacaba. A mis treinta y tres años no había besado a una mujer tan joven.
Si me casé con ella es porque me convenía tenerla de mi lado. Tenía muchos planes para con ella, pero no precisamente planes de formar una familia; eso estaba descartado. No podría enredarme con una niña tonta y estúpida.
Después de culminar la boda me adentré en la mansión, subí hasta el cuarto piso y desde ahí observé a todos, precisamente a ella. Creo que si en la boda anterior hubiera bajado me habría dado cuenta de que no era Luzmila. Por mucho parecido que hubiera entre las dos, se podía distinguir lo tierna que estaba Adamari.
Estaba perdido en los pensamientos cuando mi móvil sonó. Sin desconectar la mirada del patio trasero, lo saqué del saco y contesté.
—Nathan, ¿te casaste otra vez? —apreté los labios, incluso el celular.
—¿Quién te lo dijo? —se suponía que solo los Pinheiro lo sabían. Lo que menos quería era que el mundo exterior se enterara de que realicé una segunda boda cuando ya semanas atrás lo había hecho.
—Iré a verte.
—No, no quiero ver a nadie. Es mejor que le digas al soplón que tienes vigilándome que se marche, porque si lo llego a encontrar le cortaré la lengua.
Cerré la llamada y bajé. Me encerré en el despacho con Gabriele, mi mano derecha, el hombre que había abandonado Lisboa para seguirme hasta Corea.
Hace cinco años me encargaba de las empresas de Lisboa, pero después de lo sucedido con mi hermano tuve que mudarme a Corea, hacerme cargo de las empresas y ya luego ocurrió ese accidente que me cambió la vida.
—Alguien le está pasando información de lo que sucede en estas cuatro paredes al abuelo. Quiero que lo encuentres y le des una lección.
—Sí, señor.
Después de que Gabriele se marchó, fui a la habitación, me recosté en ella y cerré los ojos.
«—¡No quiero ver a nadie! —escuché su voz.
—¿Ni siquiera a tu hermano mayor? —escuchó mi voz y me miró. Se encontraba en la cama, con una parte de su rostro desfigurado.
—Soy un monstruo, Nathan. No te acerques.
—Eres mi hermano —llegué hasta él, me senté a su lado y lo observé—. Siempre serás mi hermano.
Diogo era un hombre muy seguro de sí mismo, alegre, divertido. Era muy diferente a mí; su carisma hacía que todas las personas lo amaran, pero un degenerado le lanzó ácido en su rostro y con eso lo destruyó.
—¿Quién fue? ¿Quién lo hizo? —apretó los labios.
—El ex de Luzmila. No aceptaba que lo dejara y en venganza hizo esto.
—Luzmila, ¿es tu novia? —asintió—. ¿Y dónde está? ¿Por qué no está aquí?
—Sus padres no la dejan salir, pero una vez que pueda vendrá a visitarme. Ella me ama, Nathan, nos vamos a casar.
—¿Ya le propusiste matrimonio?
—Hace un mes.
El doctor ingresó; salí porque lo iban a revisar. Junto a Gabriele salí del hospital.
—Quiero que busques al ex de Luzmila Martinek —asintió, me dejó en la empresa y se marchó a realizar su trabajo. Por la noche ya lo tenía—. ¿Sabes quién soy? —negó—. Soy Nathan Pinheiro, hermano de Diogo Pinheiro, el hombre al cual le destruiste la cara, y hoy pagarás con tu vida por ello.
—Lo siento, no era para él, era para Luzmila, pero ella se cubrió tras de él. Era a ella a quien le iba a lanzar el ácido.
—¿Por qué? ¿Por celos? ¿Porque no aceptabas que eligiera a mi hermano?
—Sí, quería que se arrepintiera por haberme abandonado.
—Pues tu plan fracasó. Heriste a la persona equivocada y ahora pagarás por ello.
—¡No, por favor! —suplicó. Le hice señas a Gabriele; este agarró el balde de ácido y lo lanzó sobre el hombre atado.
Los gritos no se hicieron esperar. Sin darle importancia salí, subí al coche y me dirigí al hospital. Cuando iba llegando a la habitación de Diogo, la puerta se abrió; una hermosa mujer salió. Supuse que era Luzmila. Tras ella salió mi hermano.
—¡Por favor, Luz! ¡No me abandones!
—No te acerques, me das asco. Yo no podría volver contigo. No, no podría, jamás volveré —salió corriendo y Diogo fue tras ella.
—¡Diogo! —corrí para detenerlo—. ¡Debes volver a la habitación! Tu rostro está sangrando.
—Luz, Luzmila no me quiere, ella me está dejando.
—Esa mujer no merece tu amor. Déjala que se marche; cuando te recuperes podrás vengarte de ella…
—Es que no entiendes, Nathan, Luz es mi vida. No puedo dejar que se marche, tengo que explicarle que me operaré, que volveré a ser como el hombre que conoció, del cual se enamoró.
—No puedes salir… mira cómo estás.
Sin importarle nada salió. Cuando llegamos al parqueadero vimos a esa mujer subir a un coche muy lujoso; antes de eso, se dio un beso con un hombre.
—¡Luz! —gritó Diogo y corrió tras el coche.
—¡Esa perra ya te buscó reemplazo! —me había quedado pensando en cómo cobrársela. De pronto, las llaves que mis manos sostenían fueron arrebatadas.
Diogo iba a ir tras esa mujer. Subí al auto y le pedí que se detuviera. Pero entre más avanzaba, más aceleraba.
—Debes volver al hospital, detén el auto ya.
—No, no lo haré.
Alcanzamos el auto, atravesó el nuestro delante. Iba a bajar, pero dos hombres salieron y empezaron a disparar, por lo que me vi obligado a meter la mano al acelerador. Como habíamos quedado atravesados en la vía, caímos por la quebrada.
Quise salvar la vida de Diogo y la mía, pero terminé acabando con la de mi hermano. Estuve en coma por dos años, y esa culpa fue lo que me mantuvo infeliz por algunos meses, hasta que descubrí que fue una bala la que acabó con la vida de mi hermano. Si yo sobreviví a la caída, él también había podido sobrevivir. Pero los hombres del amante de esa mujer lo asesinaron antes de que cayéramos al precipicio».
Desperté asustado. Tras soltar un suspiro salí de la cama y me senté en el balcón, saqué un tabaco y lo encendió. Me quedé ahí hasta que amaneció. Una vez que el sol salió, me di un baño y me dirigí a la empresa. Cuando los ascensores se abrieron, todos me quedaron viendo. Para los empleados de la empresa, era nuevo que caminara.
Relata Adamari¿Alguna vez has sentido las ganas de pertenecer a otra familia? Yo sí, hubiera dado todo para tener una familia diferente a la que tengo. Creo que la pobreza es diez veces mejor que pertenecer a los Ribeiros.Ver a mi abuelo debía animarme; tenía años que no lo veía. Sin embargo, solo trajo recuerdos perturbadores y desató los mil demonios que tengo dentro.—¡Vete y no vuelvas!—No puedes seguir apartándonos. Ya es mucho tiempo, Nathan.—Será hasta el último día de mi vida. No quiero verte, no quiero saber de ella, menos de ellos. Quiero que olviden que existo. La única persona que aceptaría ver está muerta y nunca más volverá.—Tienes más hermanas, primos, tíos… con los cuales compartir.—¡Basta! —cubrí la cabeza con ambas manos—. ¡Largo! ¡Fuera de aquí, señor Ribeiros! Yo no tengo familia por parte tuya, ¿entiendes?Los Ribeiros eran la cuarta familia portuguesa más importante en Asia, pero desde hace años me aparté de ellos.Me hacía cargo de los negocios de los Pinh
Relata AdamariCaminaba de brazos cruzados por el jardín, pensando y analizando lo que estaba por suceder. Sería la nueva líder del grupo Martinek. Esto era algo que no me lo esperaba, menos lo imaginé.Siempre tuve en claro que mi padre jamás me permitiría trabajar en su empresa. Además de que era un machista de mierda, que creía que las mujeres solo habíamos nacido para ser amas de casa, era su hija bastarda. Ni siquiera el apellido fue capaz de darme, menos me dejaría liderar su grupo, más aún cuando él aún podía.Lo que iba a suceder mañana tenía mis pelos de punta, más que no sabía cómo iba a liderar el grupo. En verdad que el señor Pinheiro se había vuelto loco. Sus ganas de vengarse por lo que había hecho mi padre no le permitían pensar con claridad.Es que tampoco le interesaba lo que pasara con el grupo. Total, no era suyo; si se arruinaba, qué más le daba. Los millones que perdería los podría recuperar en un chasquido.Estuve un rato caminando, disfrutando de este hermoso pa
Llegué a la oficina, dejé el maletín sobre el escritorio y rodeé este. Me acomodé en el gran sillón de cuero y esperé que ingresara Doyun, mi sustituto.—Mr. Pinheiro, ¡hwan-yeonghabnida!—¡Gracias! —se sentó y continuó hablándome en coreano. Lo hacía tan rápido que casi no lograba entenderle—. Háblame en portugués, francés, español, italiano, inglés, pero deja de lado tu idioma —solicité. Estaba en su tierra, pero a pesar de ser mi cuñado era mi empleado y debía regirse a los idiomas que más manejaba.Mientras me daba un informe completo sobre estas semanas que no había asistido, revisaba la pantalla del ordenador. Mantuve la mirada fija en aquella toalla que envolvía su silueta, la cual cayó dejando completamente desnudo su cuerpo. Aparté la mirada y la dirigí a Doyun.—Organiza una reunión. El grupo que acaba de unirse tendrá nuevo líder.—¿Nuevo líder?Enarqué una ceja.—¿No me hice entender en portugués?—Nathan, es que… no podremos elegir un líder en el nuevo grupo, porque tiene
Relata NathanAcababa de unir su vida a la mía, en esta vez con su verdadero nombre. Había firmado; era como si hubiera entregado su alma al diablo. Ella era mía, y aunque solo era una chiquilla de dieciocho años, me pertenecía, y siendo de mi propiedad nadie podría tocarla, ni siquiera su familia.A estos últimos les esperaba una vida llena de tinieblas. Habían tentado al mismo demonio, debían recibir su castigo, y quién más para castigarlos que mi persona, porque yo soy conocido como el señor del inframundo. El cruel y miserable Nathan Pinheiro, castigador de los pecadores quienes intentan ser o saber más que yo.No eran los primeros que intentaban engañarme; ya otros lo habían intentado. Sin embargo, siempre fracasaban. No parecían ser lo suficientemente inteligentes para engañarme, o quizás era mi habilidad la que no les permitía verme la cara.Pero en esta vez Oliver Martinek había logrado engañarme, aunque no por mucho tiempo, pero lo hizo. Tenía que reconocer que el tipo era mu
RELATO DE AUTOR.Apretaba su mano contra la otra. La mirada de ese hombre la aterraba, pero debía explicarle bien las cosas, porque por la cara que mostraba, lo dicho no lo había convencido.—La mujer de la clínica es mi madre. Mi abuela fue empleada fiel de los Martinek, por lo tanto, mamá creció siendo empleada de ellos —hizo una pausa—. Cuando tenía diecisiete, Oliver la tomó por la fuerza y la obligó a ser su amante. Ella no quería —la voz se le quebró, pero en vez de llorar sonrió—. Pero la abuela la obligó…—¡No me interesa la trágica vida de tu madre! —dijo con total indiferencia—. Lo que quiero que me digas es: ¿por qué suplantaste a Luzmila?—Ya se lo dije —apretó los labios—. Me obligaron. Tengo a mi madre con cáncer terminal en el hospital —parpadeó—. Es muy joven para morir. Ella tampoco quería morir, por eso aceptó el tratamiento, para durar unos años más.En esta vez sus ojos se iluminaron, las lágrimas formaban fila para emprender la caída, pero Ada era una joven a la q
Nathan salió caminando del despacho. Cuando las empleadas lo vieron, se quedaron gélidas, no porque les sorprendiera que caminara —eso ya lo sabían—, todos en esa mansión sabían que Nathan Pinheiro recuperó el movimiento de sus piernas hace años. Lo que las dejó aturdidas fue que lo hiciera en pleno día, con aquella muchachita caminando por la casa sin nadie que la vigilara.La puerta de la habitación de Adamari se abrió lentamente. Aquellos ojos verdes hicieron un recorrido por la habitación como un faro: firme y solo moviendo el círculo de los ojos.Ingresó dando pisadas suaves, lentas y cautelosas. Llevó la mano a la manija de la puerta del vestidor, abrió sigilosamente y, cuando no la encontró en el vestidor, prosiguió con la del baño.El rock estaba a full volumen, tanto que los oídos de Nathan dolieron. Sus ojos se posaron más allá del cristal vaporizado, en la esbelta figura moviéndose divinamente al ritmo de la música. Estiró su largo brazo y los definidos dedos apretaron la t







