LOGINAndrea se quedó callada un instante tras escucharla y soltó un largo suspiro.
—Deberías haberlo dejado hace años. —Golpeó la mesa con la palma—. ¿Sabes todo lo que le diste?
Sofía guardó silencio.
—Rechazaste proyectos de investigación por él, renunciaste a premios que ya te correspondían. Te adaptaste a sus caprichos: aprendiste a cocinar para su estómago delicado, le preparabas sopa a las tres de la madrugada cuando se quedaba trabajando hasta tarde. Cuando su empresa estuvo al borde del colapso, entregaste las patentes que te había dejado tu madre para salvarlo.
La voz de Andrea subía con cada palabra. —¿Y qué recibiste a cambio? ¿Te veía como algo más que una asistente gratuita?
—Andrea.
—Hablo en serio. Tres años enteros, Sofía. Tres años encogiéndote para no estorbar.
Sofía esbozó una sonrisa tenue. Había entregado todo a un hombre incapaz de verla. Esa obsesión se había apagado, y no pensaba perder más tiempo reviviéndolo.
—Se acabó. Ahora solo importa el instituto.
—Que importe más de lo que él importó jamás.
Los días siguientes, Sofía volcó toda su energía en el laboratorio.
Largas mañanas de papeleo, tardas enteras supervisando a los contratistas, revisando cableado, fontanería y los bancos de trabajo que ella misma había dibujado al dorso de viejas recetas médicas.
Su padre la llamaba repetidamente, y ella dejaba que el teléfono sonara hasta cortar. Ya sabía su discurso: que era imprudente, que debía haber conservado el matrimonio, que si se hubiera esforzado más nada habría ocurrido. Una vez, por viejo hábito, dejó sonar cuatro tonos antes de silenciarlo. No escuchó el mensaje que dejó después.
Dante, por su parte, no dio señal de vida. Sin llamadas, sin mensajes, sin presentar la demanda de divorcio. Parecía que la existencia de Sofía no le generaba ninguna reacción, ni buena ni mala.
Y a Sofía ya no le dolía.
Hasta que llegó la revisión final para el registro del instituto: faltaba el certificado original de la patente. Estaba en la caja fuerte de la antigua casa.
Esa tarde condujo hacia la villa sin prisas. La ruta le resultaba automática. Aparcó, se acercó a la puerta y puso el dedo sobre el sensor de huellas por inercia. Por un instante esperó que la rechazara.
Clic. La cerradura abrió.
Se quedó sorprendida. Había asumido que él habría borrado su huella hace mucho. No lo había hecho. No intentó buscar una explicación.
Antes de cruzar el recibidor, escuchó risas en el salón.
Serena estaba sentada en el suelo, armando bloques con Clara, una torre desequilibrada de rojo y amarillo. Dante estaba en el sofá, papeles sobre las rodillas, bolígrafo entre los dedos.
Clara dijo algo que Sofía no alcanzó a oír, se rió y corrió a abrazarlo.
—Papi…
La sala pareció congelarse. La mano de Dante se detuvo sobre el documento, su frente se tensó por un segundo, pero no la corrigió. Rodeó a la niña con el brazo y ella se aferró a su cuello. Serena, muy cerca de él, le dedicó una sonrisa tierna y ajustó la pinza del pelo de Clara sin apartar la mirada de Dante.
Desde la entrada, era la imagen perfecta de una familia. La clase de escena que Sofía alguna vez había soñado vivir.
Sofía lo observó un rato. Lo extraño no fue la escena, sino su propia indiferencia. No había celos, ni ese viejo dolor agudo. Era como ver una película que no le pertenecía.
—Solo he venido a recoger algo.
Su voz hizo que los tres giraran la cabeza. La sonrisa de Serena se heló un instante antes de recomponerse, pegándose más a Dante con aire apenado.
Dante la miró fijamente. Algo en ella era distinto, pero no lograba identificar qué. Antes, sus ojos siempre buscaban los suyos primero. Ahora ella pasaba por alto su mirada sin dudarlo.
En el despacho, abrió la caja fuerte como tantas veces antes. Junto al certificado había llaves de repuesto, un pasaporte viejo y una cajita de terciopelo que no tocó. Sacó el documento, cerró la caja y se dispuso a marcharse. El ambiente aún conservaba su perfume, la pila de papeles seguía en el mismo rincón del escritorio. No se detuvo.
Al volver a pasar por el salón, Dante habló.
—¿Cuándo vas a volver?
Sofía se detuvo y se giró lentamente. Serena observaba en silencio, inmóvil junto a la torre de bloques.
Sus ojos estaban serenos cuando respondió:
—No voy a volver.
Un silencio breve cayó sobre la habitación. La calidez de Dante se desvaneció de golpe, su rostro se volvió frío, el tono que reservaba para quienes ya no merecían su atención.
—Como quieras.
Sofía no añadió nada. Caminó hacia la puerta y se marchó.
Dante seguía convencido de que Sofía solo se había ido temporalmente a la casa de su madre para despejarse. No tenía ni la más mínima idea de que ella ya había tomado una decisión irreversible: el divorcio era definitivo.
—No puedes —continuó—. No desde fuera. No por sus palabras. Podría decirte ahora mismo que he cambiado. Podría decirlo muy bien. Se me dan bien las palabras. No tendrías forma de comprobarlo.—Entonces, ¿qué hago?—Observas —se inclinó hacia delante, con los codos sobre las rodillas—. Observas lo que hace cuando sería más fácil no hacerlo.Sofia se quedó muy quieta.—Cuando nadie mira —dijo Marco—. Cuando no hay recompensa. Cuando le cuesta algo y podría saltárselo, y nadie lo sabría jamás. Esa es la única prueba que hay. No el lo siento. No el discurso. La pequeña cosa que hace cuando tiene todas las razones para no hacerlo.Ella no se movió. Su mente volvió a aquella ocasión en el hospital en la que le había dicho a Dante que eran las seis y cuarto en lugar de las seis.Él se había quedado allí sentado durante más de una hora, en el frío, sin más motivo que el hecho de que podría habérsela perdido.Cerró los ojos.Era como sostener dos pesos, uno en cada mano. Podía sentir a ambos t
Sofia miró la pantalla. Zumbó de nuevo contra el suelo, traqueteando un poco, como algo que intenta salir.Ella no lo recogió.Se inclinó lentamente y puso el teléfono boca abajo sobre la alfombra. El zumbido continuó durante unos segundos más, ahora amortiguado. Luego se detuvo. La habitación volvió a estar en silencio, salvo por el suave tic-tac del hornillo enfriándose.Marco no dijo una palabra. Solo la miraba, con la cuchara aún en la mano.—Lo siento —dijo ella—. Eso fue grosero.—Es tu teléfono.—Es tu habitación.—Es una habitación de hotel. La alquilo por noches. —Dio una sonrisa pequeña y cansada—. No tienes que explicarte.Ella se recostó en el sillón. Su corazón latía demasiado deprisa. Se encogió de piernas y las rodeó con los brazos, como solía hacer de niña, cuando quería ocupar menos espacio. El vestido amarillo se subió un poco por encima de los tobillos. No se lo arregló.—Marco —dijo—. Ibas a contarme sobre ella. La de la que nunca bromeas.Él no respondió enseguida
¿Un tomate entero?" "Uno muy maduro. Me dio en la oreja. Nunca lo olvidé." Se tocó la oreja pensativo. "Buen tomate, sin embargo. Pude saberlo por el sonido." Sofia se llevó la mano a la boca. Sus hombros temblaban. "Número tres", dijo Marco, divirtiéndose ahora. "Elena. Dijo que amaba mi cocina más que a ella. Le dije que eso no era verdad, que amaba mi cocina exactamente la misma cantidad. No le pareció reconfortante." "Marco". "Lo sé. Lo sé. Era joven y estúpido". Se inclinó hacia adelante y bajó la voz. "Ahora el número cuatro. Este es el mejor. Siéntate muy quieta". Ella se sentó muy quieta. "Se llamaba Beatrice. Estuvimos juntos dos años. Una buena mujer, inteligente, muy hermosa. Pensé que nos casaríamos. Y luego, un invierno, me dijo que necesitaba hablar. Le hice té. Pensé, esto es todo, me dirá que me ama". Dejó que el silencio se alargara. "Me dijo que me dejaba por un hombre que vendía seguros". Sofia se quedó mirando. "Seguros", volvió a decir Marco, con enorme d
El pasillo era largo y silencioso. Unas luces amarillas y suaves brillaban a lo largo del techo, y la alfombra amortiguaba cada paso.Sofia caminaba lentamente. No tenía ningún plan. Solo sabía que no podía volver a entrar en aquella habitación, así que siguió adelante, pasando puerta tras puerta.Al final del pasillo se detuvo junto a una ventana alta. Abajo, el jardín estaba oscuro, con unos cuantos farolillos meciéndose con el viento. Apoyó la frente contra el cristal. Estaba frío.Sacó el teléfono. Su pulgar se detuvo sobre el nombre de Ana.Había prometido llamar mañana. Ana llevaba media noche despierta ya, preocupada. Si llamaba ahora, Ana se quedaría al teléfono hasta el amanecer, y Sofia se oiría a sí misma repetir las mismas palabras tristes una y otra vez.Volvió a guardar el teléfono en el bolsillo.Dio media vuelta y caminó hacia el otro lado. Subió un piso. Luego volvió a bajar. Dos veces se detuvo frente al ascensor y no pulsó el botón.Entonces, en el tercer piso, vio
Ella lo pensó. Pensó en lo que podría decir. Bien. De acuerdo. Haz lo que necesites. Cien pequeñas respuestas que lo librarían de culpa y la mantendrían a ella tranquila. Había escrito ese tipo de mensajes durante años.Sus dedos no se movieron.Dejó que la pantalla se quedara en negro.No sabía cuánto tiempo llevaba sentada. La luz de la ventana se había vuelto naranja y luego rosada. En algún lugar de la playa, sonó una campana y unas cuantas personas aplaudieron.Su teléfono se iluminó.Ana.Contestó al instante.—¿Alguna novedad? —la voz de Ana era rápida y baja—. Llevo una hora mirando el teléfono. ¿Has encontrado el vuelo?—Lo he encontrado.—¿Y?—Está retrasado. Va a un pueblo de pescadores más abajo en la costa. Es un sitio al que Dante solía ir de niño. —Sofia oyó lo plana que sonaba su propia voz—. Lo estaba mirando cuando él llamó. No contesté. Luego me mandó un mensaje.—¿Qué ha dicho?Sofia se lo leyó, palabra por palabra. Dijo «cariño» sin ninguna expresión, como si estu
Sofia miró la pantalla y no se movió.Dante.El teléfono vibró en su mano, una, dos vez, un pequeño y duro escalofrío contra la palma. Sabía que podía pulsar el botón verde. Tardaría menos de un segundo. Podría decir hola, él diría algo, y entonces lo sabría.Su pulgar se quedó donde estaba.Tres. Cuatro. Vio el nombre latir en el cristal. Su corazón latía tan fuerte que podía oírlo en los oídos, y por debajo oyó el mar, yendo y viniendo como si no hubiera pasado nada.Contéstalo.No podía.La llamada se detuvo.El nombre se desvaneció lentamente de la pantalla, de la misma manera que la luz se apaga cuando alguien sale de una habitación. Luego solo quedó su propio rostro, oscuro y pequeño en el cristal negro.Dejó escapar un suspiro que no sabía que estaba reteniendo.El teléfono volvió a vibrar casi al instante. Esta vez no era una llamada. Un escalofrío corto y rápido.Un mensaje.Giró la pantalla hacia ella.Cariño, no esperaba que apareciera, pero tengo que ir a buscarla. No hay







