LOGINDante no estaba en Suerve Pharmaceuticals cuando llegaron los papeles del divorcio aquella mañana. Su asistente depositó la carpeta sobre su escritorio, con una nota pegada: Urgente – Su esposa mandó un documento.
No regresó hasta la tarde, con la corbata desabrochada. Serena ya lo esperaba en su oficina junto a Clara, para el chequeo médico de la niña. Su abrigo reposaba doblado sobre el brazo.
—Papá —Clara corrió hacia él y abrazó su pierna—, ¿cuándo vamos con el doctor?
Por toda la alfombra estaban esparcidos aviones de papel que ella había doblado. Nadie reparó en que la carpeta del divorcio estaba entre ellos. Serena recogió uno y lo colocó con cuidado en la estantería.
Dante tomó el documento. Era un borrador de reparto de bienes redactado a petición de su madre, diseñado para blindar sus derechos, dejando a Sofía sin nada.
Él creyó que era el ducomento que Sofía había mencionado. Lo leyó dos veces, frunció el ceño por las condiciones, lo guardó sin llave en el archivador y no volvió a pensar en ello.
—¿Lista? —preguntó a Serena.
—Sí, vámonos.
Salieron los tres juntos, Clara agarrada de su mano. Al salir, dejó la carpeta descuidadamente en un cajón abierto.
Al otro lado de la ciudad, Sofía estaba en un almacén abandonado desde años atrás. Se puso en cuclillas y pasó un dedo por el suelo de hormigón; una línea limpia quedó sobre la capa gruesa de polvo.
—¿Estás segura? —Ana permanecía en la puerta, mirando el techo manchado por la humedad—. Solo la limpieza nos llevará tres días.
Sofía alzó la vista, hacia las tuberías expuestas y la ventana rota por donde entraba la luz del atardecer. Ya podía imaginar los bancos de trabajo, la campana de extracción zumbando en un rincón.
—Hagámoslo.
Ana entró y probó un interruptor muerto.
—Hará falta cableado nuevo, absolutamente todo. ¿Por dónde empezamos?
—Primero los armarios y los bancos. El resto puede esperar.
En ese momento entró Sebastián, con abrigo negro, bufanda gris y un termo bajo el brazo. Miró el local sin críticas.
—Tiene mucho trabajo, pero la ubicación es ideal, cerca del hospital central. Será clave cuando empiecen los ensayos.
Sofía se levantó y se sacudió el polvo de las manos.
—No puedo prometerle éxitos. El desarrollo de fármacos tarda años. La mayoría de los proyectos fracasan antes de llegar a pacientes, y no voy a maquillar la realidad.
—Lo sé —la miró con firmeza—. No invierto en proyectos. Invierto en personas. Tu mentor me dijo que fuiste su alumna más brillante, y él no habla así a la ligera.
Sofía dudó. ¿Seguía siendo esa estudiante brillante, o solo el recuerdo que otros conservaban? Tres años atendiendo consultas en una clínica no se borraban de la noche a la mañana. Su mentor, ya jubilado en el extranjero, la llamaba de vez en cuando con la misma pregunta: ¿Sigues con la investigación? Y ella mentía, cada vez con mayor facilidad. No había tocado material de laboratorio desde que guardó su bata, convencida de que era algo temporal.
—Invertiré veinte millones para empezar —dijo Sebastián—. Suficiente para equipar el laboratorio, contratar a tres personas y comprar reactivos para el primer año. En un año revisamos los datos y decidimos la siguiente etapa.
El corazón de Sofía latía con fuerza.
—No seré suave con su dinero por ser el tío de Ana. Cada dólar se gestionará como si fuera mío. Le avisaré sin rodeos cuando algo falle.
Él sonrió, sorprendido.
—Perfecto. Olvídese del “señorita Sofía”. A partir de ahora, Dra. Sofía. Espero sus resultados.
Le estrechó la mano con determinación.
Al día siguiente, se reunió con Fabien y Andrea en la cafetería cerca de la universidad, el mismo rincón que compartían cuando eran estudiantes.
—Voy a fundar un instituto de investigación. Sebastián financia todo. Quiero que los dos se unan a mí.
Fabien se iluminó de inmediato.
—Sofía, es lo que te corresponde. Nunca dudé de tu talento, ni siquiera cuando desapareciste para casarte y te encerraste en esa clínica pequeña, renunciando a todo lo que eras.
Él recordaba a la chica de veintidós años: la primera de la clase, la referencia de todos los profesores, con un talento que generaba admiración y envidia a partes iguales. Luego llegó Dante, y ella dejó todo de lado, año tras año, obligándose a ser más pequeña de lo que podía ser.
—Acepto —dijo Fabien—. Puedo montar el laboratorio y construir el equipo desde cero, tal como soñamos.
Andrea asintió emocionada.
—El respaldo de Sebastián abre todas las puertas. Estaremos por delante de la competencia antes incluso de contratar al primer técnico.
Después, casi como un comentario casual, preguntó con un matiz burlón:
—Hablando de eso… tú y Sebastián trabajando tan cerca. ¿No tendrá Dante algo que opinar?
La pregunta apagó la alegría de la mesa en un instante.
Antes, Sofía habría buscado palabras para suavizarlo. Ahora no. Su rostro permaneció tranquilo, sin rastro de lamento.
—Él y yo nos vamos a divorciar.
—No puedes —continuó—. No desde fuera. No por sus palabras. Podría decirte ahora mismo que he cambiado. Podría decirlo muy bien. Se me dan bien las palabras. No tendrías forma de comprobarlo.—Entonces, ¿qué hago?—Observas —se inclinó hacia delante, con los codos sobre las rodillas—. Observas lo que hace cuando sería más fácil no hacerlo.Sofia se quedó muy quieta.—Cuando nadie mira —dijo Marco—. Cuando no hay recompensa. Cuando le cuesta algo y podría saltárselo, y nadie lo sabría jamás. Esa es la única prueba que hay. No el lo siento. No el discurso. La pequeña cosa que hace cuando tiene todas las razones para no hacerlo.Ella no se movió. Su mente volvió a aquella ocasión en el hospital en la que le había dicho a Dante que eran las seis y cuarto en lugar de las seis.Él se había quedado allí sentado durante más de una hora, en el frío, sin más motivo que el hecho de que podría habérsela perdido.Cerró los ojos.Era como sostener dos pesos, uno en cada mano. Podía sentir a ambos t
Sofia miró la pantalla. Zumbó de nuevo contra el suelo, traqueteando un poco, como algo que intenta salir.Ella no lo recogió.Se inclinó lentamente y puso el teléfono boca abajo sobre la alfombra. El zumbido continuó durante unos segundos más, ahora amortiguado. Luego se detuvo. La habitación volvió a estar en silencio, salvo por el suave tic-tac del hornillo enfriándose.Marco no dijo una palabra. Solo la miraba, con la cuchara aún en la mano.—Lo siento —dijo ella—. Eso fue grosero.—Es tu teléfono.—Es tu habitación.—Es una habitación de hotel. La alquilo por noches. —Dio una sonrisa pequeña y cansada—. No tienes que explicarte.Ella se recostó en el sillón. Su corazón latía demasiado deprisa. Se encogió de piernas y las rodeó con los brazos, como solía hacer de niña, cuando quería ocupar menos espacio. El vestido amarillo se subió un poco por encima de los tobillos. No se lo arregló.—Marco —dijo—. Ibas a contarme sobre ella. La de la que nunca bromeas.Él no respondió enseguida
¿Un tomate entero?" "Uno muy maduro. Me dio en la oreja. Nunca lo olvidé." Se tocó la oreja pensativo. "Buen tomate, sin embargo. Pude saberlo por el sonido." Sofia se llevó la mano a la boca. Sus hombros temblaban. "Número tres", dijo Marco, divirtiéndose ahora. "Elena. Dijo que amaba mi cocina más que a ella. Le dije que eso no era verdad, que amaba mi cocina exactamente la misma cantidad. No le pareció reconfortante." "Marco". "Lo sé. Lo sé. Era joven y estúpido". Se inclinó hacia adelante y bajó la voz. "Ahora el número cuatro. Este es el mejor. Siéntate muy quieta". Ella se sentó muy quieta. "Se llamaba Beatrice. Estuvimos juntos dos años. Una buena mujer, inteligente, muy hermosa. Pensé que nos casaríamos. Y luego, un invierno, me dijo que necesitaba hablar. Le hice té. Pensé, esto es todo, me dirá que me ama". Dejó que el silencio se alargara. "Me dijo que me dejaba por un hombre que vendía seguros". Sofia se quedó mirando. "Seguros", volvió a decir Marco, con enorme d
El pasillo era largo y silencioso. Unas luces amarillas y suaves brillaban a lo largo del techo, y la alfombra amortiguaba cada paso.Sofia caminaba lentamente. No tenía ningún plan. Solo sabía que no podía volver a entrar en aquella habitación, así que siguió adelante, pasando puerta tras puerta.Al final del pasillo se detuvo junto a una ventana alta. Abajo, el jardín estaba oscuro, con unos cuantos farolillos meciéndose con el viento. Apoyó la frente contra el cristal. Estaba frío.Sacó el teléfono. Su pulgar se detuvo sobre el nombre de Ana.Había prometido llamar mañana. Ana llevaba media noche despierta ya, preocupada. Si llamaba ahora, Ana se quedaría al teléfono hasta el amanecer, y Sofia se oiría a sí misma repetir las mismas palabras tristes una y otra vez.Volvió a guardar el teléfono en el bolsillo.Dio media vuelta y caminó hacia el otro lado. Subió un piso. Luego volvió a bajar. Dos veces se detuvo frente al ascensor y no pulsó el botón.Entonces, en el tercer piso, vio
Ella lo pensó. Pensó en lo que podría decir. Bien. De acuerdo. Haz lo que necesites. Cien pequeñas respuestas que lo librarían de culpa y la mantendrían a ella tranquila. Había escrito ese tipo de mensajes durante años.Sus dedos no se movieron.Dejó que la pantalla se quedara en negro.No sabía cuánto tiempo llevaba sentada. La luz de la ventana se había vuelto naranja y luego rosada. En algún lugar de la playa, sonó una campana y unas cuantas personas aplaudieron.Su teléfono se iluminó.Ana.Contestó al instante.—¿Alguna novedad? —la voz de Ana era rápida y baja—. Llevo una hora mirando el teléfono. ¿Has encontrado el vuelo?—Lo he encontrado.—¿Y?—Está retrasado. Va a un pueblo de pescadores más abajo en la costa. Es un sitio al que Dante solía ir de niño. —Sofia oyó lo plana que sonaba su propia voz—. Lo estaba mirando cuando él llamó. No contesté. Luego me mandó un mensaje.—¿Qué ha dicho?Sofia se lo leyó, palabra por palabra. Dijo «cariño» sin ninguna expresión, como si estu
Sofia miró la pantalla y no se movió.Dante.El teléfono vibró en su mano, una, dos vez, un pequeño y duro escalofrío contra la palma. Sabía que podía pulsar el botón verde. Tardaría menos de un segundo. Podría decir hola, él diría algo, y entonces lo sabría.Su pulgar se quedó donde estaba.Tres. Cuatro. Vio el nombre latir en el cristal. Su corazón latía tan fuerte que podía oírlo en los oídos, y por debajo oyó el mar, yendo y viniendo como si no hubiera pasado nada.Contéstalo.No podía.La llamada se detuvo.El nombre se desvaneció lentamente de la pantalla, de la misma manera que la luz se apaga cuando alguien sale de una habitación. Luego solo quedó su propio rostro, oscuro y pequeño en el cristal negro.Dejó escapar un suspiro que no sabía que estaba reteniendo.El teléfono volvió a vibrar casi al instante. Esta vez no era una llamada. Un escalofrío corto y rápido.Un mensaje.Giró la pantalla hacia ella.Cariño, no esperaba que apareciera, pero tengo que ir a buscarla. No hay







