LOGINEl día que mi esposo me traicionó, el destino me dio el poder de destruirlo.Para el mundo entero, Lucas era el magnate perfecto y Emma la esposa afortunada. Detrás de las puertas cerradas, la realidad era una pesadilla de engaños protagonizada por Lucas y su eficiente secretaria, Carla. Cuando Emma descubrió la verdad, el dolor la cegó, firmó el divorcio y huyó hacia un destino fatal que terminó con su muerte.Sin embargo, el final fue solo el prólogo.Emma parpadea y se encuentra en su habitación. El calendario marca un día antes del colapso. Con el dolor de la traición quemándole el pecho y los secretos del futuro en sus manos, Emma decide jugar el juego de Lucas, pero bajo sus propias reglas. Se acabó la mujer débil. Es hora de mover las piezas del tablero, seducir al enemigo y desmantelar el imperio del hombre que la destruyó. La venganza es un plato que se sirve frío, y Emma está lista para el banquete.
View MoreLa lluvia golpeaba con furia los cristales del piso treinta y cinco de la corporación Vanderbilt. El reflejo de Emma en el vidrio parecía el de un fantasma: pálida, con los ojos hinchados y sosteniendo una carpeta de cuero que pesaba más que su propia existencia. Dentro de esa carpeta estaba la prueba de que sus últimos cinco años de matrimonio habían sido una farsa perfecta.
Lucas Vanderbilt, el magnate automotriz que la prensa financiera catalogaba como un hombre intachable y despiadado en los negocios, había resultado ser igual de implacable en la traición. Emma tragó saliva, tratando de contener la náusea. No necesitaba abrir la puerta de la oficina presidencial; las voces filtrándose por la fina madera tallada eran más que suficientes. —Lucas, mi amor, tienes que apurarte con los papeles —decía una voz femenina, suave, juguetona. La voz de Carla, la secretaria personal que Emma misma había ayudado a seleccionar meses atrás—. No quiero seguir escondiéndome en los hoteles de la periferia. Merezco estar a tu lado. En tu cama. En tu casa. —Calma, preciosa —respondió la voz profunda y barítona de Lucas, esa misma voz que una vez le juró amor eterno a Emma frente a un altar—. Emma es una mujer predecible y mansa. Firmará el acuerdo de divorcio sin chistar si le hago creer que es lo mejor para los dos. No tiene el dinero ni la astucia para pelear contra mis abogados. Mañana mismo estará fuera de mi vida, y tú ocuparás el lugar que te corresponde. Un gemido ahogado y risas cómplices sellaron la promesa. El mundo de Emma se resquebrajó. La humillación le quemó las entrañas. Sin pensarlo, empujó la puerta con fuerza, estrellándola contra la pared. El estruendo interrumpió el abrazo lujurioso de los amantes. Carla, con la blusa ligeramente desabrochada, soltó un grito y se ocultó detrás del imponente escritorio de caoba. Lucas, sin embargo, ni siquiera se inmutó. Solo se acomodó los puños de su costoso traje italiano y miró a su esposa con una frialdad que congelaba la sangre. —Emma. No es propio de ti entrar sin anunciar —dijo él, con una calma insultante. —¿Propio de mí? —la voz de Emma tembló, pero de pura rabia—. ¿Y es propio de ti revolcarte con esta mujer en la oficina que yo ayudé a financiar con la herencia de mi padre? ¡Eres un monstruo, Lucas! Lucas soltó una risa seca, desprovista de cualquier rastro de culpa. Caminó hacia su sillón y sacó un fajo de documentos de su cajón. Los arrojó sobre la mesa. —Ya que estás aquí y decidiste jugar a la detective, ahorrémonos el drama. Firma esto. Es el acuerdo de divorcio. Te dejaré el departamento de la playa y una pensión mensual básica. Si intentas apelar o ir a los medios, te hundiré. Sabes perfectamente que controlo a los jueces y a la prensa de esta ciudad. Saldrás de aquí sin un centavo si me haces perder el tiempo. Emma miró los papeles. El acuerdo era una burla; la despojaba de todas las acciones de la empresa que legalmente le correspondían. Miró a Carla, quien ahora la observaba con una sonrisa de superioridad maliciosa, limpiándose el labial corrido con un pañuelo. El dolor mutó en una desesperación ciega. Con las manos temblorosas, Emma tomó el bolígrafo sobre el escritorio. Sabía que no tenía las fuerzas ni el apoyo para luchar contra el imperio Vanderbilt. —Espero que el karma te devuelva cada gota de este dolor, Lucas —susurró ella, firmando el documento con trazos rápidos y erráticos. —El karma no existe en el mundo de los negocios, Emma. Solo el poder —sentenció él, tomando el documento firmado sin siquiera mirarla a los ojos—. Ahora, sal de mi oficina. Emma salió corriendo. Las lágrimas le nublaban la vista mientras cruzaba el vestíbulo y subía a su vehículo en el estacionamiento subterráneo. El motor rugió. Necesitaba huir, escapar de la humillación que le asfixiaba el pecho. Conducía a toda velocidad por la autopista mojada, las luces de la ciudad borrándose a su alrededor debido al llanto. "¿Por qué?", se preguntaba una y otra vez. "¿Por qué me entregué por completo a un hombre que me veía como un objeto desechable?" De repente, unos faros cegadores aparecieron de la nada. Un enorme camión de carga perdió el control en la curva contraria, derrapando sobre el pavimento helado. Emma pisó el freno a fondo, pero los neumáticos perdieron adherencia. El auto giró sobre su propio eje. El impacto fue ensordecedor. El metal se retorció como si fuera papel, el parabrisas estalló en mil pedazos y un dolor agudo, indescriptible, le atravesó el cuerpo. El olor a gasolina y a sangre inundó el aire. Mientras su vista se oscurecía y el último aliento escapaba de sus pulmones, el rostro de Lucas y la risa burlona de Carla se proyectaron en su mente. "Si tuviera una oportunidad más... si tan solo pudiera hacerlos pagar..." El monitor de su corazón dejó de sonar. Emma murió en la fría oscuridad de la autopista. —¡Emma! ¡Emma, despierta, vas a llegar tarde al almuerzo con mi madre! Una voz estridente rompió el silencio. Emma abrió los ojos de golpe, ahogándose, buscando aire desesperadamente. Se llevó las manos al pecho, esperando sentir el dolor lacerante del metal incrustado, la sangre caliente, las costillas rotas. Pero no había nada. Su piel estaba intacta. Vestía un camisón de seda blanco y la luz del sol entraba suavemente por los ventanales de una habitación impecable. No era el suelo de la autopista. Era su propia cama. Confundida y con el corazón latiéndole a mil por hora, miró a su lado. Lucas estaba allí, de pie frente al espejo, ajustándose una corbata de seda azul. Se veía impecable, joven, sin un solo rasguño. —¿Qué te pasa? Parece que hubieras visto un fantasma —dijo Lucas, mirándola de reojo con esa sutil pizca de fastidio que siempre usaba cuando ella no reaccionaba rápido—. Apúrate. Carla llamó para recordar que tenemos la reunión con los inversionistas mañana por la tarde, y no quiero retrasos hoy. Emma se quedó paralizada. ¿Carla? ¿Inversionistas? ¿Mañana? Con las manos temblando, estiró el brazo hacia la mesita de noche y tomó su teléfono móvil. Miró la pantalla. La fecha parpadeaba en la pantalla de bloqueo: 12 de septiembre. Un escalofrío violento recorrió su espina dorsal. 12 de septiembre. Eso era... veinticuatro horas antes del accidente. Veinticuatro horas antes de descubrir la traición en la oficina. Veinticuatro horas antes de firmar su sentencia de ruina y morir. El destino, el universo o alguna fuerza desconocida le había otorgado lo imposible: había regresado en el tiempo. Tenía todos sus recuerdos intactos. El dolor de la traición seguía quemándole el pecho, pero la debilidad y la ingenuidad que la habían caracterizado durante años se evaporaron en ese mismo instante. Miró la espalda de Lucas a través del espejo. El hombre que amaba ya no era su esposo; era su verdugo. Y esta vez, ella no iba a ser la víctima. —¿Emma? ¿Me estás escuchando? —preguntó Lucas, volteándose con una ceja alzada, impaciente. Emma bajó las piernas de la cama. Sus pies tocaron el frío suelo de mármol, pero esta vez se sintió extrañamente firme, conectada a la tierra de una manera que nunca antes había experimentado. Una chispa de hielo y fuego se encendió en sus ojos oscuros. Una sonrisa milimétrica, calculadora y fría, se dibujó en sus labios. —Te escucho perfectamente, querido —dijo Emma, con una voz tan serena y melódica que hizo que Lucas la mirara con una extraña curiosidad—. Solo estaba pensando en lo hermoso que es el día de hoy. El día perfecto para empezar a cambiar las reglas del juego. Lucas la miró por un segundo más, extrañado por su tono, pero restándole importancia con un gesto antes de salir de la habitación. Emma se quedó sola. Caminó hacia el gran ventanal y observó la ciudad a sus pies. La dulce, sumisa e ingenua Emma Vanderbilt había muerto en esa autopista bajo la lluvia. La mujer que estaba de pie hoy planeaba quemar el imperio del magnate desde los cimientos. Lucas y Carla creían que tenían el control del futuro. Pero no sabían que Emma ya se los sabía de memoria. La venganza acababa de comenzar. Continuará...El silencio que quedó en el piso treinta y cinco tras la estrepitosa salida de Carla Mendoza era denso, casi asfixiante. Era un silencio que pesaba, cargado del murmullo ahogado de los empleados que, tras los cubículos de cristal esmerilado, contenían la respiración. Leonor Vanderbilt, satisfecha con el despliegue de autoridad de su nuera, rompió la rigidez del ambiente dando un paso hacia Emma. La miró con una devoción casi maternal, una devoción nacida de la gratitud eterna hacia la única mujer que había logrado arrebatar a su hijo de las garras de la muerte en aquel centro de rehabilitación. —Los dejo para que organicen la transición, Emma mi niña. Confío en que pondrás orden en este desastre de inmediato —dijo la matriarca con voz firme, dándole a Lucas una mirada de advertencia tan afilada como una cuchilla antes de caminar hacia el ascensor privado. Lucas y Emma se quedaron solos en la imponente recepción. El gran reloj de pared de la corporación Vanderbilt marcaba el avance i
La luz de la mañana de septiembre se filtró de manera implacable a través de los pesados cortinajes de seda de la suite matrimonial, iluminando la enorme cama despojada de su sábana superior. Lucas se despertó primero. Tenía el cuerpo tenso, los hombros rígidos y la mente sumida en un torbellino de frustración. Al mirar a su lado, descubrió que Emma ya no estaba. El espacio que ella había ocupado estaba frío, una señal inequívoca de que se había levantado hacía horas, dejándolo solo sobre el colchón desnudo. Lucas se sentó en el borde de la cama, hundiéndose el rostro entre las manos. El eco del desaire de la noche anterior todavía le zumbaba en los oídos con la fuerza de una bofetada. Recordar cómo ella lo había mirado con profundo asco, limpiándose como si él fuera una plaga después de haber compartido la intimidad más salvaje, le destrozaba el orgullo. Durante cinco años, él había sido el centro del universo de Emma; ella mendigaba sus caricias y aceptaba su frialdad con una so
La cena en el gran comedor de la mansión Vanderbilt fue un ejercicio de tortura psicológica pura. Sobre la mesa de roble descansaba una vajilla de porcelana fina y un festín que ninguno de los dos tocó. Sentado a un extremo, Lucas mantenía la mirada fija en su plato, con la mandíbula tan apretada que los músculos de su rostro se marcaban con violencia. Su imperio financiero acababa de recibir un golpe crítico y el enemigo no era un competidor extranjero, sino la mujer que se sentaba al otro lado de la mesa, observándolo con absoluta tranquilidad mientras bebía pequeños sorbos de agua mineral. Ninguno de los sirvientes se atrevía a romper el silencio. El aire en la habitación era tan pesado que resultaba difícil respirar. Lucas, el magnate tirano que controlaba los hilos de la ciudad, estaba completamente atado de manos. Sabía que si gritaba, si perdía los estribos o si intentaba violentar a Emma, ella solo tendría que hacer una llamada a Leonor para que su madre terminara de hundirl
La mañana del 13 de septiembre amaneció con un cielo gris plomizo, pero Emma nunca se había sentido más viva. Se miró al espejo del gran vestidor, ajustándose un impecable traje de dos piezas en color blanco marfil. El corte entallado y los tacones de aguja negros le daban un aire de autoridad que jamás había proyectado en su vida pasada, cuando prefería pasar desapercibida con ropa una talla más grande y colores pasteles. Se colocó unos aretes de diamantes y soltó su largo cabello negro, dejando que cayera en ondas perfectas sobre sus hombros. Hoy era el día en que, en la otra línea temporal, su vida se había vuelto cenizas. Hoy era el día de la confrontación, el divorcio y la muerte. Pero las reglas habían cambiado. Tomó su bolso de diseñador y bajó las escaleras con paso firme. Lucas ya se había ido a la corporación Vanderbilt temprano, huyendo prácticamente de la casa tras la silenciosa pero letal cena de la noche anterior. El golpe en el almuerzo con Leonor había sido quirú






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