INICIAR SESIÓNEl aire ya no pesaba. Aquella mañana de primavera, los jardines de la propiedad de la costa no olían a traición ni a perfumes caros comprados con mentiras; olían a jazmines frescos y a la salinidad pura del océano. No había guardias armados ocultos tras las columnas, ni un patriarca gélido vigilando cada movimiento desde un trono de soberbia. Solo había amigos, risas y el sonido suave de un cuarteto de cuerdas que tocaba una melodía que hablaba de resurrección. Yestin caminaba por el pasillo de pétalos blancos, pero esta vez no lo hacía como una novia asustada ocultando su identidad. Caminaba del brazo de Donatello, quien vestía un traje gris acero y lucía una sonrisa que le borraba las cicatrices del pasado. En sus brazos, Yestin cargaba a Aura, que ya tenía un año de vida. La pequeña, con su vestidito de encaje y sus ojos azules curiosos, balbuceaba y estiraba sus manitas hacia el hombre que la esperaba en el altar. Castiel estaba allí, pero ya no era el espectro demacrado del div
El hospital privado de la ciudad estaba sumido en un silencio clínico, roto solo por el murmullo constante de la calefacción y los pasos apresurados del personal nocturno. En la suite de maternidad, sin embargo, el aire vibraba con una intensidad eléctrica. Yestin apretaba la mano de Castiel con una fuerza que él no sabía que ella poseía, mientras el sudor perlaba su frente y su respiración se convertía en un compás de lucha y esperanza. Castiel no se había movido de su lado ni un segundo. Había rechazado la silla de cuero del rincón para permanecer de pie, sosteniéndola, siendo el ancla que ella necesitaba en medio de ese mar de dolor. Sus ojos, antes cargados de arrogancia y duda, ahora solo reflejaban una devoción infinita. —Ya casi, mi amor. Estás haciendo un trabajo increíble —susurraba Castiel, besando los nudillos de su esposa cada vez que una contracción la sacudía. Yestin soltó un jadeo final, un grito que contenía meses de angustia, de exilio y de renacimiento. Y entonces
El sol comenzaba a ocultarse tras las montañas de la costa, tiñendo el cielo de un violeta profundo que se reflejaba en el mar. Para Castiel y Yestin, los últimos meses habían sido un proceso de reconstrucción, ladrillo a ladrillo, caricia a caricia. Castiel había cumplido su promesa: se había despojado de la armadura de arrogancia de los De la Rua para convertirse en el hombre que Yestin merecía. Vivían en una pequeña villa cerca de la fortaleza de Donatello, un lugar donde el lujo no se medía en mármol, sino en paz. Castiel se despertaba antes que ella cada mañana para prepararle infusiones naturales que calmaran sus náuseas tardías. Se dedicaba a enamorarla con los detalles más mínimos: una nota dejada en el espejo del baño, el aroma de las flores frescas que él mismo cultivaba en el jardín, o el simple gesto de arrodillarse cada noche para masajear sus pies hinchados y hablarle al vientre de Yestin, que ahora lucía una redondez imponente y hermosa. —Hoy se mueve mucho —susurró C
La justicia, cuando llega tarde, no solo castiga, sino que desgarra todo a su paso. Por petición expresa de Yestin, quien no quería que las manos de su padre se mancharan de más sangre ahora que un nuevo miembro de la familia estaba en camino, Donatello Armani tomó una decisión que nadie esperaba: entregó a Leonardo y a River De la Rua a las autoridades federales. No los entregó con las manos vacías. Donatello puso sobre el escritorio del fiscal una carpeta que contenía años de investigación silenciosa, grabaciones de voz, registros bancarios y testimonios que probaban que la muerte de Francisco De la Rua, el padre de Castiel, no había sido obra de la mafia, sino una ejecución interna. Lo más devastador de los documentos era la prueba de que Leonardo, el gran patriarca, siempre supo que su hijo menor era el asesino y decidió encubrirlo para "proteger el apellido". La sentencia fue rápida y contundente. El escándalo paralizó al país. River fue condenado por asesinato en primer grado
El caos en los jardines de la mansión De la Rua era una coreografía de justicia y desesperación. Mientras los invitados huían despavoridos y los pétalos de flores blancas eran pisoteados por las botas de los hombres de Donatello, Yestin permanecía en el centro de la tormenta como una aparición. Sus ojos, antes apagados por la tristeza del exilio, brillaron con una luz genuina al ver a Joseph dar un paso al frente desde el grupo que la escoltaba. —¡Joseph! —exclamó ella, y por un segundo, la dureza de su expresión se suavizó. El joven barman se acercó a ella, ignorando la tensión del ambiente, y la tomó de las manos con una devoción fraternal. —Te dije que no dejaría que se salieran con la suya, Yestin. Rosa y yo… no podíamos permitir que este circo continuara —le susurró Joseph, mirando con orgullo el vientre de su amiga—. Te ves hermosa. La maternidad te ha dado una fuerza que ellos no pueden comprender. Yestin sonrió, una sonrisa pequeña y cansada. —Gracias por no soltarme la ma
El viento del acantilado soplaba con una fuerza salvaje, agitando las cortinas de la terraza como si fueran banderas de rendición. Rosa de la Rua no apartaba la vista del vientre de Yestin. Esa curva perfecta era la prueba irrefutable de que todo el odio, las dudas y el divorcio habían sido una farsa alimentada por el despecho. —No puedes quedarte aquí escondida mientras él firma su sentencia de muerte, Yestin —dijo Rosa, dando un paso hacia ella—. Castiel está acelerando la boda porque piensa que tú lo borraste de tu vida. Se está casando con su propia verduga por puro dolor. Yestin se acarició el vientre, sintiendo una patada leve, un recordatorio de que la vida seguía su curso a pesar de la tragedia. —Rosa, mírame. Soy la hija de Donatello Armani. Para tu abuelo, soy el enemigo. Si aparezco ahí, solo causaré más dolor. Castiel me mirará con odio, pensará que este bebé es otra herramienta de mi padre para manipularlo. —No si llegas con la verdad en la mano —Rosa le tomó las mano







