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Nunca fui una carga
Nunca fui una carga
Author: Cora Jamison

Capítulo 1

Author: Cora Jamison
Más de un centenar de miembros principales contemplaban el brillante trofeo de plástico en el escenario.

—¡Felicidades a Valentina, el mayor lastre de la familia!

Los aplausos resonaron en el salón, pero no era más que una burla. Comenzaron los murmullos y varios alzaron sus teléfonos para grabar. Observé el escenario con el ceño fruncido; aquel premio ridículo estaba pensado para matones mediocres. ¿Por qué me lo entregaban a mí?

—¿Qué esperas, Valentina?

Chloe salió de entre el grupo. Llevaba un vestido rojo y su maquillaje era digno de portada de revista. Me dio un codazo en el hombro y habló con voz dulce:

—Ve. Todos votamos por ti.

Las risas disminuyeron poco a poco y la atmósfera se volvió tensa.

—¿Estás bien? —preguntó tras parpadear, mirándome con inocencia—. No te lo tomes como algo personal.

Me giré hacia ella y mantuve la calma.

—¿Qué quieres?

—Solo creo que todos deberían conocer las razones —respondió mientras sacaba una carpeta de su bolso de mano, con una elegancia casi teatral.

La música de fondo continuaba sonando, pero las conversaciones se detuvieron al instante. La gente formó un círculo a nuestro alrededor.

—Ahora yo me encargo de la contabilidad y encontré unas cifras bastante interesantes —anunció Chloe al abrir la carpeta, dejando al descubierto balances financieros—. Nuestra principal generadora de ingresos no ha puesto un pie en los casinos en tres meses. ¿Y la gestión de los clubes nocturnos? ¡Cero!

Alzó la hoja para que el resto la viera.

—¿Pero sus gastos personales? —continuó mientras sacaba unos recibos—. La sala VIP de The Mirage: ocho mil por visita. El club de golf privado de Westchester: veinte mil cada vez. ¡Sin contar todas esas cenas personalizadas en restaurantes con estrellas Michelin!

Se oyeron murmullos y algunos capos comenzaron a vacilar. David, el supervisor de lavado de dinero, bajó la mirada hacia sus zapatos, sin atreverse a enfrentarme. El año anterior, cuando los federales nos hicieron una redada, utilicé mis influencias con el senador Morrison para reasignar a esos agentes de la noche a la mañana. Mark, el gerente del casino, se quedó escondido en la parte de atrás. El mes pasado, una banda rival estuvo a punto de matarlo por una deuda; le presté cien mil dólares para salvarle la vida. Ambos recordaban lo que hice; sin embargo, ninguno se atrevió a decir nada.

—¡Un total de ciento cincuenta mil dólares desviados! —exclamó Chloe agitando los libros contables—. Entonces, se ganó este premio, ¿verdad?

Los susurros aumentaron, algunos aplaudieron y más teléfonos comenzaron a grabar. Recorrí el lugar con la mirada hasta detenerla en la mesa principal. Silas seguía sentado ahí, vestido con el esmoquin que yo le había comprado y usando el Patek Philippe que le regalé. Tres años atrás, no era más que un simple extorsionador de bodegas en Brooklyn, pero usé mi patrimonio y mis contactos para convertirlo en Don.

Entonces, ¿qué había sido de los supuestos fondos «desviados»? Habían servido para conseguir cuarenta y cinco millones de dólares en apoyo político, una red de blanqueo de ochenta millones a punto de comenzar e inmunidad de por vida ante jueces federales y senadores estatales. Pero nadie quería saber la verdad.

Silas alzó la vista. En sus ojos no existía ni un rastro de culpa, solo un juicio frío.

—Parece que el premio es perfecto para ti, Valentina —dijo con voz grave y autoritaria, haciendo eco en el silencioso salón—. Pero ante estas pruebas, ¿tienes alguna excusa?

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