Durante la semana siguiente, actué como la subalterna ejemplar. Llegaba temprano, me iba tarde, clasificaba papeles inservibles y registraba a los matones con el rostro inexpresivo, manteniendo un perfil bajo. Mientras tanto, en el penthouse, Chloe disfrutaba de la vida. Cada día estrenaba ropa de diseñador: Prada el lunes, Versace el martes, Saint Laurent el miércoles, un bolso Hermès nuevo en cada ocasión… Con esto, le gritaba al mundo que lo había logrado.Su cuenta de Instagram era aún peor; cada dos horas publicaba algo nuevo: «Vida de mafia muy ocupada #MujerAlMando #Esfuerzo», «Almuerzo de poder con VIPs #MujerDeNegocios #Élite», «Noches largas para el gran proyecto #SinDescanso #ValeLaPena». Tenía decenas de «me gusta», pero era publicidad falsa.Era adicta; creía que la popularidad en redes sociales equivalía al verdadero poder en la mafia. Sin embargo, la realidad la golpeó poco después. El martes la escuché entrar en pánico por teléfono:—¿Senador Morrison? Habla Chloe, la n
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